Los comentaristas respetables están atónitos. Los argentinos acaban de reelegir al peor gobierno de su historia con un margen casi sin precedentes. ¡Tan raro! El que otrora fuera un pueblo culto, inteligente y civilizado se deja manipular grotescamente y vota en masa por Cristina Fernández de Kirchner. ¿Qué habrá pasado?
Esto es aún más misterioso si tenemos en cuenta lo que tuvo que hacer este gobierno para ganarse el título de "el peor gobierno de la historia argentina." No desapareció a 20 mil argentinos como Videla. No lanzó una irresponsable e incompetente invasión militar como Galtieri. No sostuvo un tipo de cambio insalvable hasta el fracaso estrepitoso como De la Rúa. No dejó que los trabajadores perdieran poder adquisitivo mientras un brujo profesional dirigía la represión contra ellos y los estudiantes como lo hizo Isabel Perón. No permitió que se saliera de madre una oleada hiperinflacionaria como Alfonsín. No apresó opositores ni destruyó a palos la universidad pública como Onganía. No, nada de eso. Hizo algo muchísimo peor, un crimen por el que tendrá que responder ante los tribunales de la historia: puso los intereses de los argentinos por encima del de los mercados financieros internacionales. ¡Habráse visto insolencia!
Si los hechos contradicen la teoría, hay que cambiar los hechos. Ese parece ser el principio rector de los analistas en estos días. Néstor Kirchner al comienzo de su mandato declaró el impago de la deuda argentina. Obviamente, esto tenía que conducir al desastre. Pero desafortunadamente para Kirchner, la economía argentina comenzó a crecer a tasas inusitadas, cosa que los formadores de opinión respetables no le perdonan ni siquiera en la tumba. Por eso tenemos artículos como este del New York Times. Y no es el único. Cualquiera que lea la prensa de Estados Unidos en estos días (o la de Colombia, me temo) creerá que Argentina es un desastre cuando en realidad lleva un periodo de ocho años de crecimiento acelerado, después de que desde los años 30 nunca había completado un trienio de crecimiento positivo.
Si miramos las cosas seriamente y con ponderación, habrá que reconocer que no todo de esto es mérito de los Kirchner. Al fin y al cabo, el boom de la soya se debe al mercado chino. Por otra parte, aunque se convirtió en su peor derrota política, yo creo que Cristina tenía razón en su intento de aumentar las retenciones para repartir mejor los beneficios de ese boom. (A propósito, siempre me llamó la atención que el plan de retenciones de Cristina, combinando devaluación con impuestos a los exportadores, era denunciado por todos como "populismo chavista" de lo peor cuando en realidad se parecía muchísimo al Plan Krieger Vasena del 69, así llamado en referencia al ministro de hacienda conservador de la dictadura de Onganía.) Igualmente, no se puede negar que los dos gobiernos de los esposos Kirchner han tenido defectos y cometido errores. A mí, por ejemplo, ya me empieza a preocupar la inflación no porque sea demasiado alta (al fin y al cabo en Colombia tuvimos inflaciones de ese estilo por años) sino porque en Argentina la inflación siempre tiene el peligro de dispararse con nefastas consecuencias. Máxime en este caso cuando buena parte del éxito económico depende de la misma ventaja competitiva que la inflación amenaza con erosionar. Ojalá Cristina pueda preparar un "aterrizaje suave" de la economía en los próximos años.
Es decir, si miramos las cosas seriamente y con ponderación concluiremos que los gobiernos de Néstor y Cristina han tenido, como todos los gobiernos del mundo, aciertos y errores y que, como siempre, el éxito pasado no garantiza éxitos futuros. Eso es normal. Pero la ortodoxia se niega a verlo así.
El artículo del New York Times es representativo. ¡Argentina recibe menos inversión extranjera que Chile! Pero crece más que es lo importante. Bueno, no. No es lo importante para todos los diseñadores de "reformas estructurales" que siempre consideran que las reformas (privatizaciones, reducciones de gasto, disminuciones de la progresividad tributaria) son fines en sí mismos y no medios. Pero al resto de la gente lo que le importa es que la economía funcione bien no que se amolde a cierto ideal de texto de algún esclarecido de los organismos multilaterales. ¡Argentina tiene inflación de dos dígitos! Pero los salarios están subiendo a la par. ¡Ah, pero eso es por los nexos del peronismo con los sindicatos! Bueno. Pero está pasando y eso está bien. ¿Sería mejor que se rezagara el salario y que el gobierno aplastara a los sindicatos? ¡Ya verán cuando se acabe la plata! Por supuesto. Cuando vengan las vacas flacas, las cosas se pondrán difíciles. Como en cualquier país. Al parecer uno puede cobrar sueldo de analista calificado por decir idioteces de ese estilo siempre y cuando sean para defender la ortodoxia. ¡Argentina no tiene ningún peso geopolítico! Cuando murió, Kirchner era un respetado líder de Unasur. ¿Eso no cuenta?
No tengo a mano el vínculo, pero hoy Clarín, enemigo jurado de Cristina, se lamentaba del uso de los programas de transferencias en efectivo diciendo que son asistencialistas. Es cierto. Yo mismo he dicho cosas similares sobre las transferencias del gobierno de Uribe. Pero la diferencia es que yo, ahem, ahem, sí tengo autoridad moral para criticar por una razón muy sencilla: soy socialista y creo que la forma de redistribuir sería mediante sistemas de renta básica que afirmen la propiedad colectiva sobre la riqueza nacional. Pero quienes atacan a Cristina (o a Lula) por estos programas, son casi siempre las mismas personas que se han opuesto a todas las demás opciones de redistribución: socialización de los medios de producción, reforma agraria, negociación salarial centralizada, estado del bienestar universalista, etc, etc, etc. Se han opuesto a todos los mecanismos no asistencialistas y cuando los gobiernos de América Latina, la región más desigual del mundo, echan mano de lo único que queda sobre el tapete, las transferencias directas, entonces los critican por clientelistas. (A menos que sean el Dr. Uribe, y en ese caso sí todo está perfecto.)
A estas alturas tal vez les sorprenda una confesión: si yo fuera argentino, tal vez NO hubiera votado por Cristina. Tal vez habría votado por Hermes Binner, del Frente Amplio Progresista que recoge muchos sectores de la izquierda no peronista. Pues bien, Binner quedó de segundo. Alfonsín, que, hijo de su padre, no es ningún derechista, quedó tercero. Mejor dicho: Argentina es hoy por hoy tal vez el electorado más de izquierda del mundo. Ningún candidato salió a defender el modelo neoliberal de los 90s (y Menem anda en maniobras electorales en La Rioja para congraciarse con la coalición de gobierno).
Un gobierno que, en medio de muchos desatinos, preside la mejor racha económica que ha conocido Argentina en más de ochenta años, que ha utilizado esa racha para redistribuir ingreso y reducir la pobreza, que ha sido vertical a la hora de reconocer los abusos de la dictadura militar, sí, no hay duda, los argentinos tienen que estar locos para haberlo reelegido.
Tuesday, October 25, 2011
Tuesday, October 18, 2011
Movilidad Social, Igualdad y Relaciones de Poder
Como ven, llevo varios días dándole vueltas en la cabeza a la noción de "relaciones de poder." Me tomará mucho tiempo ya que es parte de un asunto de más largo plazo así que les pido paciencia. Por ahora quiero utilizar esta perspectiva para reflexionar sobre un debate muy viejo y manido: el de la relación entre movilidad social e igualdad.
He notado que entre economistas ya prácticamente se acepta que los dos conceptos son tan cercanos que podrían ser equivalentes. Hace unos días escuché a un economista decir que Estados Unidos (el país industrializado más desigual) no tenía mayores problemas de desigualdad porque el ingreso esperado de negros y blancos con educación secundaria es prácticamente el mismo (lo cual, dicho sea de paso, no parece ser cierto). No se trata de un caso aislado. En Estados Unidos existe una creencia muy arraigada de que la verdadera justicia social es la movilidad y su pariente cercano la "igualdad de oportunidades."
Hoy no quiero referirme únicamente a las cuestiones normativas subyacentes, aunque será inevitable. Lo que quiero es pensar qué tipo de teoría de la sociedad es necesaria para sustentar cada una de las distintas visiones normativas en esta materia. Me explico.
Supongamos que la economía de una sociedad se puede entender como un conjunto de productores independientes, idénticos que operan todos con la misma tecnología para producir el mismo bien. (Obviamente surgiría la pregunta de por qué intercambiarían agentes que producen lo mismo, pero para no complicarnos con eso supongamos que venden su producto en el mercado mundial y usan las ganancias para comprar todo lo demás.) En ese caso, la noción de igualdad de oportunidades tendría un sentido muy claro: una vez eliminadas las diferencias entre tecnologías, toda diferencia adicional en ingreso entre los individuos se deberá a que algunos deciden trabajar menos porque valoran más el ocio. Siendo así, muy seguramente la noción de justicia más aceptable para los miembros de esa sociedad sería la de la pura igualdad de oportunidades. Buscar la igualdad de resultados sería simplemente premiar a algunos individuos por gustarles más el ocio.
Supongamos ahora un caso totalmente distinto: una sociedad en la que a todos los individuos se les reparten tiquetes con probabilidad exactamente igual para jugar una lotería que definirá su ingreso para toda la vida. En ese caso, hay perfecta igualdad de oportunidades pero toda diferencia en ingreso se deberá a suerte. Muy seguramente, en ese caso, los ciudadanos considerarían que, de ser posible, sería necesario moderar las diferencias resultantes de la lotería, bien sea mediante tributación redistributiva o, de ser posible, cambiando los parámetros de la lotería misma.
Ninguna sociedad real se parece a ninguno de estos dos modelos que no son más que abstracciones. Pero, ¿cuál de los dos es más plausible? Aunque parezca un tanto absurdo, es probable que el segundo modelo sea un poco más realista. Al fin y al cabo, en toda sociedad existen jerarquías y relaciones de poder, especialmente en las organizaciones a las que los individuos pertenecen. No tengo los datos a la mano, pero sospecho que buena parte de la movilidad social que la gente experimenta en su vida se debe más a ascensos dentro de una estructura jerárquica que a incrementos en productividad. Curiosamente, según algunas cifras, Estados Unidos, el país del culto a la igualdad de oportunidades, es también el país en el que el tamaño de la empresa promedio es más alto. La razón por la cual un joven de raza negra que complete su título universitario puede aspirar a ingreso similar al de un joven de raza blanca no es porque ambos vayan a tener iguales probabilidades de hacer grandes innovaciones científicas sino más bien porque ambos tendrán similares oportunidades de terminar como gerentes de alguna sucursal de alguna empresa.
Desde el punto de vista analítico el problema es el siguiente: en una organización jerárquica, no hay razones para creer que las diferencias de remuneración se deban a diferencias en "productividad" porque la tal productividad se vuelve un concepto muy vago. La empresa en su conjunto es productiva y es capaz de apropiarse rentas en el mercado. Pero de esa apropiación no determina cómo se reparten esas rentas entre empleados de oficina y empleados de planta. Existen mercados externos para ambos tipos pero también hay todo tipo de rentas implícitas y costos de transacción que hacen que la "productividad" que miden esos mercados sea muy imprecisa.
Con esto llego a una cosa que he pensado desde hace un tiempo acerca de muchos de nuestros modelos de economía política: aunque se trata de modelos que buscan captar elementos cruciales del capitalismo, son modelos en los que nadie contrata a nadie, en los que no existen firmas sino productores independientes, sin ninguna relación de autoridad entre ellos, es decir, nada que se parezca al capitalismo como lo conocemos en la vida real. De eso se desprenden muchísimas implicaciones. Sospecho que buena parte de las teorías recientes sobre la conexión entre capitalismo y democracia se tambalearían si tomáramos esto en cuenta. Pero aunque traté de ahondar un poco en este punto en mi primer libro, me falta mucho todavía.
He notado que entre economistas ya prácticamente se acepta que los dos conceptos son tan cercanos que podrían ser equivalentes. Hace unos días escuché a un economista decir que Estados Unidos (el país industrializado más desigual) no tenía mayores problemas de desigualdad porque el ingreso esperado de negros y blancos con educación secundaria es prácticamente el mismo (lo cual, dicho sea de paso, no parece ser cierto). No se trata de un caso aislado. En Estados Unidos existe una creencia muy arraigada de que la verdadera justicia social es la movilidad y su pariente cercano la "igualdad de oportunidades."
Hoy no quiero referirme únicamente a las cuestiones normativas subyacentes, aunque será inevitable. Lo que quiero es pensar qué tipo de teoría de la sociedad es necesaria para sustentar cada una de las distintas visiones normativas en esta materia. Me explico.
Supongamos que la economía de una sociedad se puede entender como un conjunto de productores independientes, idénticos que operan todos con la misma tecnología para producir el mismo bien. (Obviamente surgiría la pregunta de por qué intercambiarían agentes que producen lo mismo, pero para no complicarnos con eso supongamos que venden su producto en el mercado mundial y usan las ganancias para comprar todo lo demás.) En ese caso, la noción de igualdad de oportunidades tendría un sentido muy claro: una vez eliminadas las diferencias entre tecnologías, toda diferencia adicional en ingreso entre los individuos se deberá a que algunos deciden trabajar menos porque valoran más el ocio. Siendo así, muy seguramente la noción de justicia más aceptable para los miembros de esa sociedad sería la de la pura igualdad de oportunidades. Buscar la igualdad de resultados sería simplemente premiar a algunos individuos por gustarles más el ocio.
Supongamos ahora un caso totalmente distinto: una sociedad en la que a todos los individuos se les reparten tiquetes con probabilidad exactamente igual para jugar una lotería que definirá su ingreso para toda la vida. En ese caso, hay perfecta igualdad de oportunidades pero toda diferencia en ingreso se deberá a suerte. Muy seguramente, en ese caso, los ciudadanos considerarían que, de ser posible, sería necesario moderar las diferencias resultantes de la lotería, bien sea mediante tributación redistributiva o, de ser posible, cambiando los parámetros de la lotería misma.
Ninguna sociedad real se parece a ninguno de estos dos modelos que no son más que abstracciones. Pero, ¿cuál de los dos es más plausible? Aunque parezca un tanto absurdo, es probable que el segundo modelo sea un poco más realista. Al fin y al cabo, en toda sociedad existen jerarquías y relaciones de poder, especialmente en las organizaciones a las que los individuos pertenecen. No tengo los datos a la mano, pero sospecho que buena parte de la movilidad social que la gente experimenta en su vida se debe más a ascensos dentro de una estructura jerárquica que a incrementos en productividad. Curiosamente, según algunas cifras, Estados Unidos, el país del culto a la igualdad de oportunidades, es también el país en el que el tamaño de la empresa promedio es más alto. La razón por la cual un joven de raza negra que complete su título universitario puede aspirar a ingreso similar al de un joven de raza blanca no es porque ambos vayan a tener iguales probabilidades de hacer grandes innovaciones científicas sino más bien porque ambos tendrán similares oportunidades de terminar como gerentes de alguna sucursal de alguna empresa.
Desde el punto de vista analítico el problema es el siguiente: en una organización jerárquica, no hay razones para creer que las diferencias de remuneración se deban a diferencias en "productividad" porque la tal productividad se vuelve un concepto muy vago. La empresa en su conjunto es productiva y es capaz de apropiarse rentas en el mercado. Pero de esa apropiación no determina cómo se reparten esas rentas entre empleados de oficina y empleados de planta. Existen mercados externos para ambos tipos pero también hay todo tipo de rentas implícitas y costos de transacción que hacen que la "productividad" que miden esos mercados sea muy imprecisa.
Con esto llego a una cosa que he pensado desde hace un tiempo acerca de muchos de nuestros modelos de economía política: aunque se trata de modelos que buscan captar elementos cruciales del capitalismo, son modelos en los que nadie contrata a nadie, en los que no existen firmas sino productores independientes, sin ninguna relación de autoridad entre ellos, es decir, nada que se parezca al capitalismo como lo conocemos en la vida real. De eso se desprenden muchísimas implicaciones. Sospecho que buena parte de las teorías recientes sobre la conexión entre capitalismo y democracia se tambalearían si tomáramos esto en cuenta. Pero aunque traté de ahondar un poco en este punto en mi primer libro, me falta mucho todavía.
Monday, October 10, 2011
"Dejà vu" librecambista
Leo hoy la buena columna de Salomón Kalmanovitz sobre el TLC y me entra una sensación extraña: me estoy poniendo viejo. Kalmanovitz dice, con razón, que Colombia no ha hecho la tarea en materia de infraestructura y tecnología para prepararse con miras al TLC. (Para no hablar del álgido tema de los derechos sindicales. Como les dije, me estoy poniendo viejo y tengo que guardar energías.)
Lo que me produce extrañas sensaciones en todo esto es que es la misma historia que con la apertura de los 90. Colombia lleva casi un cuarto de siglo abriendo su comercio internacional dizque para aumentar la competitividad de la economía y siempre pasa lo mismo: los requisitos de inversión pública nunca se cumplen.
Lo curioso es que cuando empezó a hablarse de apertura, ese era uno de los argumentos de los defensores. Supuestamente, la presión competitiva de los productos del resto del mundo iba a hacer que el país se "pusiera las pilas" en estos temas. Y no pasó.
Es fácil culpar de todo esto a los gobiernos. Pero esto invita a otras reflexiones. Supuestamente, el libre comercio iba a obligar a las clases rentistas a modenizarse. Recuerdo que, entre otros, Kalmanovitz defendía la apertura comercial con argumentos de ese estilo. Yo no estaba convencido pero eso no es mérito mío. Lo mío era puro prejuicio. El argumento de Kalmanovitz no era absurdo ni mucho menos estúpido. Pero ahora, veinte años después, parece que el efecto modernizador no termina de darse. Es más, las clases rentistas siguen siendo capaces de captar los recursos sin transformar sus métodos.
Hay matices, por supuesto. La apertura comercial ha generado nuevos intereses agrarios, intensivos en capital y bastante modernizantes, como es el caso de la palma africana.
Se me ocurre que, de pronto, ese fue un punto que no tuvimos en cuenta hace veinte años cuando se debatía la apertura. Probablemente todos estuvimos debatiendo como si la oferta de tierra fuera fija. En ese caso, el libre comercio sí podía tener los efectos que sus defensores le atribuían: aumentar la competencia agraria y, por tanto, reducir las rentas de la tierra, debilitando a los grandes terratenientes.
Tal vez lo que ese pronóstico ignoraba era que en Colombia la frontera agraria aún se podía abrir más. El libre comercio podía valorizar nuevas tierras "libres" (bueno, no tan libres, llenas de campesinos, indígenas y negritudes pero para eso están los "paras"...), reasignándolas a la exportación de recursos intensivos en capital. Pero entonces los efectos del libre comercio ya no son como el modelo original decía.
Todo esto es un tanto incoherente. No lo he podido pensar a cabalidad y tengo que parar aquí. Dejo este apunte como una forma para recordarme que tengo que pensarlo más.
Lo que me produce extrañas sensaciones en todo esto es que es la misma historia que con la apertura de los 90. Colombia lleva casi un cuarto de siglo abriendo su comercio internacional dizque para aumentar la competitividad de la economía y siempre pasa lo mismo: los requisitos de inversión pública nunca se cumplen.
Lo curioso es que cuando empezó a hablarse de apertura, ese era uno de los argumentos de los defensores. Supuestamente, la presión competitiva de los productos del resto del mundo iba a hacer que el país se "pusiera las pilas" en estos temas. Y no pasó.
Es fácil culpar de todo esto a los gobiernos. Pero esto invita a otras reflexiones. Supuestamente, el libre comercio iba a obligar a las clases rentistas a modenizarse. Recuerdo que, entre otros, Kalmanovitz defendía la apertura comercial con argumentos de ese estilo. Yo no estaba convencido pero eso no es mérito mío. Lo mío era puro prejuicio. El argumento de Kalmanovitz no era absurdo ni mucho menos estúpido. Pero ahora, veinte años después, parece que el efecto modernizador no termina de darse. Es más, las clases rentistas siguen siendo capaces de captar los recursos sin transformar sus métodos.
Hay matices, por supuesto. La apertura comercial ha generado nuevos intereses agrarios, intensivos en capital y bastante modernizantes, como es el caso de la palma africana.
Se me ocurre que, de pronto, ese fue un punto que no tuvimos en cuenta hace veinte años cuando se debatía la apertura. Probablemente todos estuvimos debatiendo como si la oferta de tierra fuera fija. En ese caso, el libre comercio sí podía tener los efectos que sus defensores le atribuían: aumentar la competencia agraria y, por tanto, reducir las rentas de la tierra, debilitando a los grandes terratenientes.
Tal vez lo que ese pronóstico ignoraba era que en Colombia la frontera agraria aún se podía abrir más. El libre comercio podía valorizar nuevas tierras "libres" (bueno, no tan libres, llenas de campesinos, indígenas y negritudes pero para eso están los "paras"...), reasignándolas a la exportación de recursos intensivos en capital. Pero entonces los efectos del libre comercio ya no son como el modelo original decía.
Todo esto es un tanto incoherente. No lo he podido pensar a cabalidad y tengo que parar aquí. Dejo este apunte como una forma para recordarme que tengo que pensarlo más.
Fetichismo Tecnológico en los Mercados Financieros
Como habrán notado, desde hace un tiempo he decidido que uno de los blancos de mis diatribas es la movilidad del capital. No. No estoy en contra de que el capital fluya hacia los usos más eficientes. Lo que pasa es que la globalización ha aumentado dicha movilidad en formas que tienen, como yo veo, dos efectos muy nocivos.
Primero, concentra los beneficios de la movilidad en los propietarios del mismo sin redistribuirlos de manera que aumenta la desigualdad. En segundo lugar, termina por desnaturalizar el concepto mismo de democracia ya que uno de los actores centrales de cualquier pacto social (el capital) ahora puede simplemente irse cuando le de la gana. De modo que no solo aumenta la desigualdad sino que estrangula los mecanismos políticos para corregirla.
Pero bueno, por hoy me quiero concentrar en otro punto. Cuando se habla sobre la globalización y la creciente movilidad del capital se suele hablar como si se tratara de cambios tecnológicos, científicos que ocurrieron en algún laboratorio. Con esa maniobra retórica, los críticos quedamos como si fuéramos la versión del siglo XXI de los ludditas que destruían las máquinas de vapor de los orígenes de la revolución industrial. Oponerse a la movilidad del capital es, según esa visión, oponerse al progreso técnico.
Pero la movilidad del capital no es una innovación tecnológica. Se nos dice que lo que pasa es que hoy en día con solo hacer click con el ratón de un computador ya se puede desencadenar una fuga de capitales, cosa que antes era imposible.
Pamplinas. La globalización del capital tiene algo que ver con la revolución informática pero no tanto como se suele hacer creer. Antes del internet ya existían cables telefónicos transoceánicos: un inversionista grande podía dar instrucciones casi en tiempo real.
La globalización del capital ha resultado de decisiones de política de muchos países, decisiones que han afectado el marco legal en el que se mueve el capital de un país a otro. Si el capital es más móvil hoy en día es porque en su momento los posibles beneficiarios de tal movilidad ganaron batallas políticas cruciales que permitieron eliminar controles de cambios y otras barreras similares.
Es decir, la globalización no es un fenómeno natural o tecnológico. Es el producto de más de treinta años de conflictos políticos en distintas partes del mundo.
Casi siento que al escribir esto estoy insultando la inteligencia de mis lectores por lo obvio que resulta. Pero es que a veces los debates ideológicos consisten en ocultar verdades obvias para poder presentar mentiras absurdas como hechos ineluctables.
Primero, concentra los beneficios de la movilidad en los propietarios del mismo sin redistribuirlos de manera que aumenta la desigualdad. En segundo lugar, termina por desnaturalizar el concepto mismo de democracia ya que uno de los actores centrales de cualquier pacto social (el capital) ahora puede simplemente irse cuando le de la gana. De modo que no solo aumenta la desigualdad sino que estrangula los mecanismos políticos para corregirla.
Pero bueno, por hoy me quiero concentrar en otro punto. Cuando se habla sobre la globalización y la creciente movilidad del capital se suele hablar como si se tratara de cambios tecnológicos, científicos que ocurrieron en algún laboratorio. Con esa maniobra retórica, los críticos quedamos como si fuéramos la versión del siglo XXI de los ludditas que destruían las máquinas de vapor de los orígenes de la revolución industrial. Oponerse a la movilidad del capital es, según esa visión, oponerse al progreso técnico.
Pero la movilidad del capital no es una innovación tecnológica. Se nos dice que lo que pasa es que hoy en día con solo hacer click con el ratón de un computador ya se puede desencadenar una fuga de capitales, cosa que antes era imposible.
Pamplinas. La globalización del capital tiene algo que ver con la revolución informática pero no tanto como se suele hacer creer. Antes del internet ya existían cables telefónicos transoceánicos: un inversionista grande podía dar instrucciones casi en tiempo real.
La globalización del capital ha resultado de decisiones de política de muchos países, decisiones que han afectado el marco legal en el que se mueve el capital de un país a otro. Si el capital es más móvil hoy en día es porque en su momento los posibles beneficiarios de tal movilidad ganaron batallas políticas cruciales que permitieron eliminar controles de cambios y otras barreras similares.
Es decir, la globalización no es un fenómeno natural o tecnológico. Es el producto de más de treinta años de conflictos políticos en distintas partes del mundo.
Casi siento que al escribir esto estoy insultando la inteligencia de mis lectores por lo obvio que resulta. Pero es que a veces los debates ideológicos consisten en ocultar verdades obvias para poder presentar mentiras absurdas como hechos ineluctables.
Friday, October 7, 2011
Está Bien, Sí He Estado Leyendo Franceses Ultimamente...
Entre racionalistas ceñudos, de los que hacemos ecuaciones y regresiones y cosas de esas, está muy mal visto leer franceses. Todos ellos. Desde Rousseau y Voltaire hasta Foucault y Bourdieu. (Hay una pequeña cláusula de excepción para De Tocqueville, pero porque le encantaba Estados Unidos.) Pero resulta que yo tengo gustos eclécticos y me encanta leer cosas prohibidas. Entonces, lo confieso, sí. Ultimamente estuve leyendo cosas de Foucault. No. No los trabajos importantes, porque estoy ocupadísimo, sino cosas breves.
¿A qué viene todo esto? A que una de las cosas que me parecen fascinantes de Foucault y de Bourdieu, cada uno a su manera, es que colocan la noción de poder en el centro mismo del análisis social. La tradición de la economía política anglosajona comienza con la noción de individuos, luego pasa a teorizar el intercambio mutuamente benéfico, y después trata (con muy poco éxito) de explicar cómo de ese intercambio surgen relaciones de poder. Bourdieu y Foucault hacen lo contrario. Para ellos primero existen las relaciones de poder y luego, con base en esas relaciones, se definen los individuos que luego van a participar en intercambios.
Siempre he creído que el segundo enfoque tiene la intuición correcta, pero que el primero ha logrado ser más riguroso. Mi sueño de años ha sido fusionar lo mejor de ambos. Pero para eso falta muchísimo. Entre tanto, dos reflexiones totalmente inconexas.
Primera: Creo que parte de la razón por la cual los economistas odian a gente como Bourdieu es porque, por su naturaleza, el poder no se puede definir atomísticamente. Yo puedo imaginarme que quiere decir un individuo con cierta dotación de factores que entra libremente a intercambios con otros. (Lo que Marx llamaba las "robinsonadas de la economía política.") Pero no tiene ningún sentido decir que alguien es "poderoso" o "débil" por fuera de una estructura social. El concepto de poder es siempre relacional: poder sobre alguien. Entonces, si uno quiere una teoría que convierta al poder en el punto de partida, tiene que renunciar al atomismo racionalista.
Segunda: Después de mi última entrada caí en cuenta de algo que es viejo tema entre quienes se toman en serio el tema del poder. Toda relación de poder necesita un lenguaje legitimador. Pero para ser legitimador, para que genere aceptación por parte de aquellos sobre quienes se ejerce el poder, es necesario que ese lenguaje tenga nociones de igualdad. Pero aquí el camino se bifurca.
El ramal "habermasiano" del camino considera que, por eso mismo, el lenguaje puede ser un elemento liberador. Es decir, el lenguaje, así sea el lenguaje del poder, obliga a todos a tomarlo en serio de modo que sus nociones de igualdad terminan por subvertir (o por lo menos erosionar) el poder.
El ramal "bourdieuano" diría que, al contrario, las nociones de igualdad sirven precisamente para consolidar las relaciones de poder. Es decir, el lenguaje igualitario lo que logra es ocultar aún más el poder y termina por silenciar a quienes están sometidos a él.
Sospecho que en los últimos días hemos visto un ejemplo en el que Bourdieu tiene razón y Habermas no. (No se imaginan cuánto me ha costado escribir una frase reconociendo que Habermas puede estar equivocado...)
Me explico. Retomando lo que dije en mi última entrada, lo que noto en la reacción de los medios a las manifestaciones de "indignados" es un intento de volver contra ellos el lenguaje democrático, precisamente como una herramienta para silenciarlos.
Cuando uno le dice a una manifestación de indignados que hagan propuestas, está tratándolos como ciudadanos de una democracia, dotados de iguales potestades que cualquier otra persona. Está reafirmando el principio igualitario de toda democracia. Pero resulta que ese principio en las democracias actuales es simplemente formal. Los verdaderos mecanismos de poder, los centros de toma de decisiones están aislados de cualquier proceso democrático. De eso se trata precisamente la globalización y la financialización del capital: de eximir al capital de cualquier pacto social.
Entonces, en ese contexto, tratar a los subordinados como iguales no genera igualdad sino estupor y silencio. Es decir, es una forma de reafirmar el poder. ¿Por qué tienen los indignados que hacer propuestas? ¿Acaso alguien les consultó los cambios en el modelo económico que ahora resienten? ¿Acaso alguien les dio herramientas para formar su propia opinión? Al contrario, la premisa era que el sistema era demasiado complejo y que solo los técnicos sabían de regulación financiera.
Dadas esas condiciones, centrarse en la falta de propuestas de los indignados es una trampa finamente calibrada para silenciarlos. Se les da momentáneamente el tratamiento de ciudadanos participantes en una democracia auténtica, imponiéndoles estándares imposibles de cumplir, para luego decir que fallaron en la tarea y proceder a silenciarlos.
Lo curioso es que es un mecanismo muy sútil que se encuentra en varias esferas de la sociedad. Uno podría pensar que todo "El Capital" de Marx es precisamente su intento por tratar de entender cómo el lenguaje de la igualdad en la relación laboral, el lenguaje de la libre compra y venta de servicios laborales, no solo encubre relaciones de poder asimétricas sino que también sirve para silenciar a aquellos sobre los que el poder se ejerce y para legitimar dichas relaciones.
En fin, tocará seguir leyendo a los franceses...
¿A qué viene todo esto? A que una de las cosas que me parecen fascinantes de Foucault y de Bourdieu, cada uno a su manera, es que colocan la noción de poder en el centro mismo del análisis social. La tradición de la economía política anglosajona comienza con la noción de individuos, luego pasa a teorizar el intercambio mutuamente benéfico, y después trata (con muy poco éxito) de explicar cómo de ese intercambio surgen relaciones de poder. Bourdieu y Foucault hacen lo contrario. Para ellos primero existen las relaciones de poder y luego, con base en esas relaciones, se definen los individuos que luego van a participar en intercambios.
Siempre he creído que el segundo enfoque tiene la intuición correcta, pero que el primero ha logrado ser más riguroso. Mi sueño de años ha sido fusionar lo mejor de ambos. Pero para eso falta muchísimo. Entre tanto, dos reflexiones totalmente inconexas.
Primera: Creo que parte de la razón por la cual los economistas odian a gente como Bourdieu es porque, por su naturaleza, el poder no se puede definir atomísticamente. Yo puedo imaginarme que quiere decir un individuo con cierta dotación de factores que entra libremente a intercambios con otros. (Lo que Marx llamaba las "robinsonadas de la economía política.") Pero no tiene ningún sentido decir que alguien es "poderoso" o "débil" por fuera de una estructura social. El concepto de poder es siempre relacional: poder sobre alguien. Entonces, si uno quiere una teoría que convierta al poder en el punto de partida, tiene que renunciar al atomismo racionalista.
Segunda: Después de mi última entrada caí en cuenta de algo que es viejo tema entre quienes se toman en serio el tema del poder. Toda relación de poder necesita un lenguaje legitimador. Pero para ser legitimador, para que genere aceptación por parte de aquellos sobre quienes se ejerce el poder, es necesario que ese lenguaje tenga nociones de igualdad. Pero aquí el camino se bifurca.
El ramal "habermasiano" del camino considera que, por eso mismo, el lenguaje puede ser un elemento liberador. Es decir, el lenguaje, así sea el lenguaje del poder, obliga a todos a tomarlo en serio de modo que sus nociones de igualdad terminan por subvertir (o por lo menos erosionar) el poder.
El ramal "bourdieuano" diría que, al contrario, las nociones de igualdad sirven precisamente para consolidar las relaciones de poder. Es decir, el lenguaje igualitario lo que logra es ocultar aún más el poder y termina por silenciar a quienes están sometidos a él.
Sospecho que en los últimos días hemos visto un ejemplo en el que Bourdieu tiene razón y Habermas no. (No se imaginan cuánto me ha costado escribir una frase reconociendo que Habermas puede estar equivocado...)
Me explico. Retomando lo que dije en mi última entrada, lo que noto en la reacción de los medios a las manifestaciones de "indignados" es un intento de volver contra ellos el lenguaje democrático, precisamente como una herramienta para silenciarlos.
Cuando uno le dice a una manifestación de indignados que hagan propuestas, está tratándolos como ciudadanos de una democracia, dotados de iguales potestades que cualquier otra persona. Está reafirmando el principio igualitario de toda democracia. Pero resulta que ese principio en las democracias actuales es simplemente formal. Los verdaderos mecanismos de poder, los centros de toma de decisiones están aislados de cualquier proceso democrático. De eso se trata precisamente la globalización y la financialización del capital: de eximir al capital de cualquier pacto social.
Entonces, en ese contexto, tratar a los subordinados como iguales no genera igualdad sino estupor y silencio. Es decir, es una forma de reafirmar el poder. ¿Por qué tienen los indignados que hacer propuestas? ¿Acaso alguien les consultó los cambios en el modelo económico que ahora resienten? ¿Acaso alguien les dio herramientas para formar su propia opinión? Al contrario, la premisa era que el sistema era demasiado complejo y que solo los técnicos sabían de regulación financiera.
Dadas esas condiciones, centrarse en la falta de propuestas de los indignados es una trampa finamente calibrada para silenciarlos. Se les da momentáneamente el tratamiento de ciudadanos participantes en una democracia auténtica, imponiéndoles estándares imposibles de cumplir, para luego decir que fallaron en la tarea y proceder a silenciarlos.
Lo curioso es que es un mecanismo muy sútil que se encuentra en varias esferas de la sociedad. Uno podría pensar que todo "El Capital" de Marx es precisamente su intento por tratar de entender cómo el lenguaje de la igualdad en la relación laboral, el lenguaje de la libre compra y venta de servicios laborales, no solo encubre relaciones de poder asimétricas sino que también sirve para silenciar a aquellos sobre los que el poder se ejerce y para legitimar dichas relaciones.
En fin, tocará seguir leyendo a los franceses...
Wednesday, October 5, 2011
Primero la Indignación, los Programas Después.
Ahora resulta que el movimiento de los "indignados" de Madrid hizo una metástasis extraña al centro mismo del capitalismo mundial: Wall Street. De modo que estamos otra vez repasando las quejas de antes: que esta clase de movimientos no representan a nadie, excepto jovencitos aburridos de sus comodidades burguesas, que no sirven para nada porque el cambio social no se hace así, que no tienen ningún tipo de programa, que de hecho se la pasan contradiciéndose, mostrando que no tienen ni idea de lo que quieren, y así, ad nauseam.
Estoy un poco de prisa y algunos de estos temas merecen una reflexión muy profunda. Pero para comenzar diré dos cosas.
Primero, es muy poco probable que estos movimientos generen cambios de verdad. Eso es obvio. Pero ¿y qué? Vivimos en una época en la que ni siquiera ganando elecciones se pueden hacer cambios de verdad. Si no pregúntenle a Obama. Ganó las elecciones, con mayorías amplias en ambas cámaras y ¿qué cambió? Muy, muy poco. Entonces, en lugar de estar mofándonos de los indignados porque no van a lograr ningún cambio, la verdadera pregunta es cómo se pueden hacer cambios. No se puede en las calles porque se trata de movimientos inorgánicos, no se puede en las urnas porque los intereses de las élites bloquean, no se puede por las armas porque termina siendo peor el remedio que la enfermedad. Entonces, ¿cómo? ¿Qué tipo de sociedad es esta? ¿No debería eso ser motivo de debate público?
Segundo, los defensores del statu quo se la pasan señalando que estos movimientos no tienen programa. Cierto. Lamentable. Yo, que me alcanzo a acordar lo que era un movimiento socialista global echo mucho de menos los tiempos en los que las agitaciones sociales eran organizadas por grupos políticos de trayectoria, con consignas, con programas, etc. Pero eso se acabó. Se acabó por errores del socialismo de entonces pero también porque las élites, las mismas que ahora derraman lagrimas de cocodrilo por la falta de programas, se encargaron de cerrar opciones.
Llevamos ya casi treinta años (si no más) en que nos dicen que las ideologías se acabaron, que las realidades del capital global son inevitables y que, por lo tanto, la política debe ser simplemente un ejercicio de escoger al tecnócrata más competente para que amolde la situación a los requerimientos del capital. Es decir, para que haga un poquito de gasto social cuando sea necesario, pero que vele por el mantenimiento del orden económico "natural."
Pues si los defensores del statu quo quieren que las ideologías se acaben, entonces tienen que aceptar lo que hay ahora: movimientos desorganizados, caóticos, probablemente sin programa. Eso es lo que pidieron. Como decía Bernard Shaw, uno tiene que tener cuidado con lo que desea porque de pronto lo obtiene.
Si, supuestamente, se acabaron las ideologías, si, supuestamente, la economía global es un asunto muy complejo sobre el que los ciudadanos no pueden opinar, entonces es perfectamente válido indignarse sin programa. Si a mi me prohibieran cocinar y me obligaran a ir siempre a un mismo restaurante de "haute cuisine" diciéndome que se trata de recetas muy sofisticadas que yo no puedo entender y que los platos los preparan expertos que saben exactamente como se hacen las cosas, y resulta que la comida sabe espantoso y no se puede ni siquiera tragar, tengo todo el derecho de tirar los platos contra las paredes sin tener que ofrecer ninguna receta a cambio. ¿No dizque yo no sé cocinar? ¿No dizque yo no debo meterme a decir nada sobre ingredientes y técnicas? Entonces, si no me gusta lo que hay, ¿por qué me corresponde a mí, el ignorante, salir ahora con "propuestas"?
Y la verdad es que lo que están sirviendo en estos días en los restaurantes del capitalismo global es incomible. Desempleos estratosféricos, ajustes fiscales implacables sin ningún horizonte, ganancias record para los bancos, etc, etc. Esto es lo que han producido los "genios," los "tecnócratas," los que sí saben. Pués si tanto pidieron que los dejaran hacer, que nadie se metiera, pués que ahora asuman la responsabilidad. O que se vayan.
Estoy un poco de prisa y algunos de estos temas merecen una reflexión muy profunda. Pero para comenzar diré dos cosas.
Primero, es muy poco probable que estos movimientos generen cambios de verdad. Eso es obvio. Pero ¿y qué? Vivimos en una época en la que ni siquiera ganando elecciones se pueden hacer cambios de verdad. Si no pregúntenle a Obama. Ganó las elecciones, con mayorías amplias en ambas cámaras y ¿qué cambió? Muy, muy poco. Entonces, en lugar de estar mofándonos de los indignados porque no van a lograr ningún cambio, la verdadera pregunta es cómo se pueden hacer cambios. No se puede en las calles porque se trata de movimientos inorgánicos, no se puede en las urnas porque los intereses de las élites bloquean, no se puede por las armas porque termina siendo peor el remedio que la enfermedad. Entonces, ¿cómo? ¿Qué tipo de sociedad es esta? ¿No debería eso ser motivo de debate público?
Segundo, los defensores del statu quo se la pasan señalando que estos movimientos no tienen programa. Cierto. Lamentable. Yo, que me alcanzo a acordar lo que era un movimiento socialista global echo mucho de menos los tiempos en los que las agitaciones sociales eran organizadas por grupos políticos de trayectoria, con consignas, con programas, etc. Pero eso se acabó. Se acabó por errores del socialismo de entonces pero también porque las élites, las mismas que ahora derraman lagrimas de cocodrilo por la falta de programas, se encargaron de cerrar opciones.
Llevamos ya casi treinta años (si no más) en que nos dicen que las ideologías se acabaron, que las realidades del capital global son inevitables y que, por lo tanto, la política debe ser simplemente un ejercicio de escoger al tecnócrata más competente para que amolde la situación a los requerimientos del capital. Es decir, para que haga un poquito de gasto social cuando sea necesario, pero que vele por el mantenimiento del orden económico "natural."
Pues si los defensores del statu quo quieren que las ideologías se acaben, entonces tienen que aceptar lo que hay ahora: movimientos desorganizados, caóticos, probablemente sin programa. Eso es lo que pidieron. Como decía Bernard Shaw, uno tiene que tener cuidado con lo que desea porque de pronto lo obtiene.
Si, supuestamente, se acabaron las ideologías, si, supuestamente, la economía global es un asunto muy complejo sobre el que los ciudadanos no pueden opinar, entonces es perfectamente válido indignarse sin programa. Si a mi me prohibieran cocinar y me obligaran a ir siempre a un mismo restaurante de "haute cuisine" diciéndome que se trata de recetas muy sofisticadas que yo no puedo entender y que los platos los preparan expertos que saben exactamente como se hacen las cosas, y resulta que la comida sabe espantoso y no se puede ni siquiera tragar, tengo todo el derecho de tirar los platos contra las paredes sin tener que ofrecer ninguna receta a cambio. ¿No dizque yo no sé cocinar? ¿No dizque yo no debo meterme a decir nada sobre ingredientes y técnicas? Entonces, si no me gusta lo que hay, ¿por qué me corresponde a mí, el ignorante, salir ahora con "propuestas"?
Y la verdad es que lo que están sirviendo en estos días en los restaurantes del capitalismo global es incomible. Desempleos estratosféricos, ajustes fiscales implacables sin ningún horizonte, ganancias record para los bancos, etc, etc. Esto es lo que han producido los "genios," los "tecnócratas," los que sí saben. Pués si tanto pidieron que los dejaran hacer, que nadie se metiera, pués que ahora asuman la responsabilidad. O que se vayan.
Saturday, October 1, 2011
¿Para Qué Son las Ciencias Sociales?
Adolfo Meisel es uno de los historiadores y economistas más serios y respetables del país. (Además de muy buen tipo a juzgar por mis pocas interacciones con él.) Hoy escribió una columna sobre Raymond Aron donde hace unas observaciones que me dan la oportunidad de decir algo que nunca puedo decir en recintos profesionales, pero que me da vueltas en la cabeza hace mucho. Dice Meisel, citando a Aron:
Aron señaló en alguna ocasión: “Los intelectuales (…) no buscan entender el mundo ni transformarlo, sino denunciarlo”. La razón para ello es que prefieren moverse en el terreno de las ideologías y las generalidades de los problemas de las sociedades, donde se encuentran con una perfección casi poética. En contraste, quien baje al terreno de los hechos concretos se encontrará en el mundo de la prosa, de los matices, de las fronteras difusas y de las elecciones difíciles. El coro de muchos intelectuales parecería ser: “Criticar, criticar, criticar, aunque no contribuya a nada”.
Muchas veces me he preguntado para qué sirven las ciencias sociales y no encuentro una respuesta satisfactoria. Mejor dicho, no creo que haya una única respuesta; probablemente hay muchas y tendremos que aceptar que distintos científicos sociales adopten distintas respuestas.
Pero resulta que la respuesta que a mí me gusta es muy parecida a la que tanto desdén provoca en Aron y en Meisel. Hoy en día la posición dominante en ciencias sociales enfatiza la capacidad predictiva, la verificación empírica, ojalá estadística, de proposiciones falseables. En cierto modo se parte de la base de que el objetivo central de las ciencias sociales es explicar fenómenos. Es decir, tenemos a la mano una teoría, con sus principios, axiomas, mecanismos y tratamos de ver si con ella podemos entender conjuntos de eventos, regularidades, aparentes anomalías, etc.
Pero, por dominante que sea esta posición, no es la única y aquí quiero articular un poco cuál sería una alternativa. Mi puerta de entrada a las ciencias sociales fue precisamente la tradición de la llamada "Teoría Crítica," es decir, la escuela de Frankfurt de la cual surgió Habermas. Pocas veces he tenido oportunidad de hacer una reflexión sistemática sobre qué quiere decir "teoría crítica" pero voy a aprovechar este blog para empezar.
De entrada, fíjense que en el nombre ya está la intención de la que Aron se burla: criticar. Pero esto parece inconsistente: el científico no es un predicador, ni un reformador, ni un político. Su objetivo debe ser entender, explicar desapasionadamente y dejarle la crítica a otros. (Bueno, puede criticar en cuanto político, o ciudadano, pero eso ya no debe ser parte de su labor científica). Según esa postura, teoría crítica es una contradicción en los términos. O es teoría, o es crítica. Pero no las dos. ¿Cómo conciliar estos dos extremos?
A mi juicio teoría y crítica no son necesariamente contradictorias. La razón es que lo que solemos llamar fenómenos en ciencias sociales, o eventos, en fin, nuestro explanandum son contingentes en el sentido aristotélico del término, es decir, bien hubieran podido ser de otra manera. Las sociedades que observamos, los procesos que observamos, son solo unos de los posibles resultados. Hasta aquí todo bien. Pero quienes creemos en algo como "teoría crítica" creemos que una de las condiciones de posibilidad de los fenómenos que observamos es la serie de estructuras de poder que permanecen ocultas a los miembros de una sociedad. Es decir, en todos los procesos sociales somos agentes, pero también productos de estructuras de poder que no podemos tematizar mientras actuamos. Esto no es por pereza o miopía sino porque las estructuras de poder son necesarias para que la realidad social sea lo que es y dichas estructuras, a su vez, dependen de su ocultamiento.
Entonces, el teórico se puede dar el lujo que no se pueden dar los demás: volver explícitas las estructuras de poder, señalar su existencia, su funcionamiento, sus beneficiarios. En esa medida, teoría y crítica no son dos cosas aparte: hacer teoría de la sociedad es hacer una crítica de la sociedad. Recíprocamente, para hacer una crítica de la sociedad es necesario comenzar por hacer una teoría de la misma.
Si yo tengo razón, el objetivo del científico social es un poco similar al del psiquiatra (a la antigua). Con el auge de las drogas para manipular la química cerebral, se ha puesto en boga el psiquiatra moderno que busca administrar medicamentos que mantengan al individuo funcionando. El psiquiatra de antes se limitaba con hacerle ver al individuo el origen de sus conductas, la forma en la que su historia personal lo había llevado a ser quien es, con la esperanza de que, habiendo entendido mejor su origen el individuo mismo pudiera cambiar.
Del mismo modo, es probable que la tarea del científico social sea exponer las estructuras de poder para que la sociedad entienda mejor por qué es como es y, de ese modo, cambiar ella misma. Es un modelo caído en desuso, ya lo sé. Pero para mí no es obvio que sea ridículo. Si yo tengo razón, no hay tal de que "criticar no contribuya a nada." Al contrario, criticar sería en sí misma una contribución ya que nos permitiría entendernos mejor, le daría voz a muchos sectores que no la tienen.
Una adenda metodólogica. Otra consecuencia de lo anterior es que tal vez las teorías no deben medirse únicamente por su capacidad de verificación empírica. Hace mucho quiero pensar con más calma este punto para no decir ridiculeces. Pero no he tenido tiempo. Por ahora lo pongo aquí para que no se me olvide. Hagan de cuenta que he estado pensando en voz alta.
Aron señaló en alguna ocasión: “Los intelectuales (…) no buscan entender el mundo ni transformarlo, sino denunciarlo”. La razón para ello es que prefieren moverse en el terreno de las ideologías y las generalidades de los problemas de las sociedades, donde se encuentran con una perfección casi poética. En contraste, quien baje al terreno de los hechos concretos se encontrará en el mundo de la prosa, de los matices, de las fronteras difusas y de las elecciones difíciles. El coro de muchos intelectuales parecería ser: “Criticar, criticar, criticar, aunque no contribuya a nada”.
Muchas veces me he preguntado para qué sirven las ciencias sociales y no encuentro una respuesta satisfactoria. Mejor dicho, no creo que haya una única respuesta; probablemente hay muchas y tendremos que aceptar que distintos científicos sociales adopten distintas respuestas.
Pero resulta que la respuesta que a mí me gusta es muy parecida a la que tanto desdén provoca en Aron y en Meisel. Hoy en día la posición dominante en ciencias sociales enfatiza la capacidad predictiva, la verificación empírica, ojalá estadística, de proposiciones falseables. En cierto modo se parte de la base de que el objetivo central de las ciencias sociales es explicar fenómenos. Es decir, tenemos a la mano una teoría, con sus principios, axiomas, mecanismos y tratamos de ver si con ella podemos entender conjuntos de eventos, regularidades, aparentes anomalías, etc.
Pero, por dominante que sea esta posición, no es la única y aquí quiero articular un poco cuál sería una alternativa. Mi puerta de entrada a las ciencias sociales fue precisamente la tradición de la llamada "Teoría Crítica," es decir, la escuela de Frankfurt de la cual surgió Habermas. Pocas veces he tenido oportunidad de hacer una reflexión sistemática sobre qué quiere decir "teoría crítica" pero voy a aprovechar este blog para empezar.
De entrada, fíjense que en el nombre ya está la intención de la que Aron se burla: criticar. Pero esto parece inconsistente: el científico no es un predicador, ni un reformador, ni un político. Su objetivo debe ser entender, explicar desapasionadamente y dejarle la crítica a otros. (Bueno, puede criticar en cuanto político, o ciudadano, pero eso ya no debe ser parte de su labor científica). Según esa postura, teoría crítica es una contradicción en los términos. O es teoría, o es crítica. Pero no las dos. ¿Cómo conciliar estos dos extremos?
A mi juicio teoría y crítica no son necesariamente contradictorias. La razón es que lo que solemos llamar fenómenos en ciencias sociales, o eventos, en fin, nuestro explanandum son contingentes en el sentido aristotélico del término, es decir, bien hubieran podido ser de otra manera. Las sociedades que observamos, los procesos que observamos, son solo unos de los posibles resultados. Hasta aquí todo bien. Pero quienes creemos en algo como "teoría crítica" creemos que una de las condiciones de posibilidad de los fenómenos que observamos es la serie de estructuras de poder que permanecen ocultas a los miembros de una sociedad. Es decir, en todos los procesos sociales somos agentes, pero también productos de estructuras de poder que no podemos tematizar mientras actuamos. Esto no es por pereza o miopía sino porque las estructuras de poder son necesarias para que la realidad social sea lo que es y dichas estructuras, a su vez, dependen de su ocultamiento.
Entonces, el teórico se puede dar el lujo que no se pueden dar los demás: volver explícitas las estructuras de poder, señalar su existencia, su funcionamiento, sus beneficiarios. En esa medida, teoría y crítica no son dos cosas aparte: hacer teoría de la sociedad es hacer una crítica de la sociedad. Recíprocamente, para hacer una crítica de la sociedad es necesario comenzar por hacer una teoría de la misma.
Si yo tengo razón, el objetivo del científico social es un poco similar al del psiquiatra (a la antigua). Con el auge de las drogas para manipular la química cerebral, se ha puesto en boga el psiquiatra moderno que busca administrar medicamentos que mantengan al individuo funcionando. El psiquiatra de antes se limitaba con hacerle ver al individuo el origen de sus conductas, la forma en la que su historia personal lo había llevado a ser quien es, con la esperanza de que, habiendo entendido mejor su origen el individuo mismo pudiera cambiar.
Del mismo modo, es probable que la tarea del científico social sea exponer las estructuras de poder para que la sociedad entienda mejor por qué es como es y, de ese modo, cambiar ella misma. Es un modelo caído en desuso, ya lo sé. Pero para mí no es obvio que sea ridículo. Si yo tengo razón, no hay tal de que "criticar no contribuya a nada." Al contrario, criticar sería en sí misma una contribución ya que nos permitiría entendernos mejor, le daría voz a muchos sectores que no la tienen.
Una adenda metodólogica. Otra consecuencia de lo anterior es que tal vez las teorías no deben medirse únicamente por su capacidad de verificación empírica. Hace mucho quiero pensar con más calma este punto para no decir ridiculeces. Pero no he tenido tiempo. Por ahora lo pongo aquí para que no se me olvide. Hagan de cuenta que he estado pensando en voz alta.
Wednesday, September 28, 2011
Patacones a la Griega
Esto más que un comentario es una pregunta a ver si alguien me puede ayudar. A medida que se acerca la hora cero de la crisis griega, con potenciales consecuencias catastróficas para el euro y la economía mundial, se empiezan a barajar medidas desesperadas. Por ejemplo, la más radical es que simplemente Grecia se salga de la zona euro y devalúe su moneda (digamos, el "nuevo dracma").
Todos estamos de acuerdo en que si Grecia abandona el euro en el instante t0, en el instante t1 se beneficiará de la devaluación resultante, aumentarán las exportaciones griegas, el shock de demanda que esto implica permitirá la expansión de la economía que tanto se necesita para volver a hacer pagables las deudas, etc., etc. El problema es que, al parecer, la transición entre t0 y t1 puede resultar terriblemente traumática, incluyendo quiebras masivas de bancos, racionamientos de divisas y, si Argentina sirve de ejemplo, un promedio de tres gobiernos por mes. De ahí el temor de muchos a que Grecia se salga del euro.
Lo cual me lleva a mi pregunta, basada en la experiencia argentina. Por allá en las postrimerías de la convertibilidad, el gobierno argentino emitió unos bonos, llamados los "lecop" que, en principio debían servir como medio de pago. Hasta donde recuerdo, los lecop (y otras variantes como los "patacones") murieron ignominiosamente y se convirtieron en objeto de ridículo por todos. Pero me pregunto si, en vista de lo desesperada que es la situación griega, no tendría sentido intentar algo así.
El mecanismo puede variar pero se me ocurre que podría funcionar más o menos así: a la par que el gobierno griego negocia con el Banco Central Europeo y con los acreedores un plan de sostenibilidad fiscal, podría emitir unos bonos (llamémoslos "patacones a la griega" o "patakos") con una madurez relativamente corta. Digamos, unos tres o cinco años cuando se estime que, razonablemente, la tormenta ya habrá pasado. Con esos bonos, el gobierno se comprometería a pagarle al tenedor una suma específica de euros, de los de verdad, cuando madure la deuda. En principio, se podría llegar a acuerdos con contratistas del estado y con trabajadores del sector público para que acepten pagos en esos bonos. Claramente, en el mercado esos bonos van a tener un descuento apreciable. Los ciudadanos particulares van a querer deshacerse de ellos lo más pronto posible, pero posiblemente bancos y empresas que puedan esperar hasta la madurez final los quieran guardar.
En últimas, sería una forma de suavizar la trayectoria del gasto público griego en los próximos años. En vez de tener que hacer recortes draconianos ahora, podría pasarse parte del peso de esos recortes hacia el futuro. Además, sería una especie de expansión monetaria de muy dudosa ortografía, pero que tendría la capacidad de expandir un poco la economía cuando más se necesita.
Es obvio por qué ningún gobierno serio quisiera hacer una cosa de esas en tiempos normales. Las probabilidades de fracaso son muchísimas. (El gabinete girondino de la Revolución Francesa se la pasaba emitiendo bonos que caían en picada tan pronto salían al mercado, lo cual explica en buena medida la caída de la Gironda.) Pero es que estos tiempos no son normales. Si al gobierno griego solo le quedan opciones desesperadas, esta puede ser simplemente una más.
No se trataría de que los "patakos" fueran la única herramienta de ajuste. Hay obvias complementariedades entre los "patakos" y las negociaciones de la deuda. Mientras mejor salgan las negociaciones, menos caería el precio de los bonos y viceversa, mientras más aguanten los bonos en el mercado, más probable es que el gobierno logre reducir sus obligaciones más urgentes. Es decir, los bonos no podrían ser un sustituto de los planes que se hagan. Pero podrían ser una ayuda importante.
¿Estoy equivocado en algo? ¿Hay algún detalle de la experiencia argentina que yo no haya tenido en cuenta?
Todos estamos de acuerdo en que si Grecia abandona el euro en el instante t0, en el instante t1 se beneficiará de la devaluación resultante, aumentarán las exportaciones griegas, el shock de demanda que esto implica permitirá la expansión de la economía que tanto se necesita para volver a hacer pagables las deudas, etc., etc. El problema es que, al parecer, la transición entre t0 y t1 puede resultar terriblemente traumática, incluyendo quiebras masivas de bancos, racionamientos de divisas y, si Argentina sirve de ejemplo, un promedio de tres gobiernos por mes. De ahí el temor de muchos a que Grecia se salga del euro.
Lo cual me lleva a mi pregunta, basada en la experiencia argentina. Por allá en las postrimerías de la convertibilidad, el gobierno argentino emitió unos bonos, llamados los "lecop" que, en principio debían servir como medio de pago. Hasta donde recuerdo, los lecop (y otras variantes como los "patacones") murieron ignominiosamente y se convirtieron en objeto de ridículo por todos. Pero me pregunto si, en vista de lo desesperada que es la situación griega, no tendría sentido intentar algo así.
El mecanismo puede variar pero se me ocurre que podría funcionar más o menos así: a la par que el gobierno griego negocia con el Banco Central Europeo y con los acreedores un plan de sostenibilidad fiscal, podría emitir unos bonos (llamémoslos "patacones a la griega" o "patakos") con una madurez relativamente corta. Digamos, unos tres o cinco años cuando se estime que, razonablemente, la tormenta ya habrá pasado. Con esos bonos, el gobierno se comprometería a pagarle al tenedor una suma específica de euros, de los de verdad, cuando madure la deuda. En principio, se podría llegar a acuerdos con contratistas del estado y con trabajadores del sector público para que acepten pagos en esos bonos. Claramente, en el mercado esos bonos van a tener un descuento apreciable. Los ciudadanos particulares van a querer deshacerse de ellos lo más pronto posible, pero posiblemente bancos y empresas que puedan esperar hasta la madurez final los quieran guardar.
En últimas, sería una forma de suavizar la trayectoria del gasto público griego en los próximos años. En vez de tener que hacer recortes draconianos ahora, podría pasarse parte del peso de esos recortes hacia el futuro. Además, sería una especie de expansión monetaria de muy dudosa ortografía, pero que tendría la capacidad de expandir un poco la economía cuando más se necesita.
Es obvio por qué ningún gobierno serio quisiera hacer una cosa de esas en tiempos normales. Las probabilidades de fracaso son muchísimas. (El gabinete girondino de la Revolución Francesa se la pasaba emitiendo bonos que caían en picada tan pronto salían al mercado, lo cual explica en buena medida la caída de la Gironda.) Pero es que estos tiempos no son normales. Si al gobierno griego solo le quedan opciones desesperadas, esta puede ser simplemente una más.
No se trataría de que los "patakos" fueran la única herramienta de ajuste. Hay obvias complementariedades entre los "patakos" y las negociaciones de la deuda. Mientras mejor salgan las negociaciones, menos caería el precio de los bonos y viceversa, mientras más aguanten los bonos en el mercado, más probable es que el gobierno logre reducir sus obligaciones más urgentes. Es decir, los bonos no podrían ser un sustituto de los planes que se hagan. Pero podrían ser una ayuda importante.
¿Estoy equivocado en algo? ¿Hay algún detalle de la experiencia argentina que yo no haya tenido en cuenta?
Tuesday, September 27, 2011
¡De Regreso!
Después de casi dos meses de ausencia, vuelvo a este blog. En los próximos días lo verán.
Friday, August 5, 2011
¡¡Y Llegó el Histórico Agosto del 2011!!
Cuando dije hace unos días que sus nietos les preguntarían sobre Agosto del 2011, lo hice en parte en chiste. En realidad las probabilidades de que Estados Unidos declararan impago de la deuda nunca fueron muy altas. Pero aunque se evitó el impago, las consecuencias de la batalla del déficit ya se han hecho sentir y lo que viene parece ser, en el largo plazo, tanto o más grave que el impago.
Las noticias inmediatas no son buenas. Como ya sabrán, hoy las bolsas del mundo tuvieron un día fatal; la recesión en las potencias industrializadas va para largo. Pero eso no es todo. Recesiones vienen y van. Lo que me llama la atención es que esta recesión de ahora, aparte de ser mucho más prolongada y profunda que las que la precedieron, parece ser simultáneamente efecto y causa de un severo traumatismo en la estructura política de Estados Unidos y eso tiene implicaciones en todo el mundo.
Está bien, no hubo impago. Pero ya quedó sentado el precedente de que cada vez será más probable una crisis de deuda de Estados Unidos. El Partido Republicano ya ha dejado claro que de ahora en adelante esa será su forma de operar: creando una crisis de deuda cada que no se le hagan las concesiones que considere necesarias.
Sería fácil decir que esto es simplemente problema del extremismo ideológico del Partido Republicano. Pero la pregunta es a qué se debe ese extremismo y qué nos dice sobre el sistema político norteamericano.
Durante la crisis de la deuda, el Partido Republicano hizo algo muy extraño: puso en peligro los intereses de Wall Street. Los bonos del Tesoro de Estados Unidos son la barra de iridio del sistema financiero mundial; son el activo de riesgo cero que todo inversionista necesita tener a su disposición cuando quiera diversificar riesgos. Hay otros países capaces de emitir bonos de riesgo cero, pero no en las magnitudes necesarios para mantener los mercados mundiales funcionando. Afectar la credibilidad de la deuda estadounidense sería un golpe durísimo a las finanzas del mundo entero. Y sin embargo el Partido Republicano, siempre tan obsecuente con los intereses plutocráticos, estuvo considerando la posibilidad de hacerlo. ¿Por qué?
Se me ocurre una explicación. En su ascenso a superpotencia mundial, los Estados Unidos contaron con motores económicos de altísima propulsión en el sector real. Una economía muy diversificada, con gran riqueza en recursos naturales pero a la vez líder mundial en innovación, el gran productor de manufacturas, el gran exportador y gran importador del mundo y por tanto, el garante del libre comercio global. Al mismo tiempo, el sector financiero cumplía el papel de leal y diligente transportador de capital pero nunca ocupando un papel protagónico. Fiel al estereotipo de los banqueros que viene desde la edad media, el sector financiero operaba lejos del escenario. Se le visitaba de noche, cuando nadie lo viera a uno para no dar la impresión de que se necesitaba.
Las cosas han cambiado en los últimos treinta años y ahora el sector financiero norteamericano es, no solamente el que más ganancias genera, sino que también sus servicios son una de las exportaciones más cuantiosas de Estados Unidos. Ya hemos visto las consecuencias económicas de esa expansión. Pero ahora quiero discutir la economía política de ese proceso.
El sector financiero ha adquirido un enorme peso político en el sistema norteamericano. Cuando vino la crisis del 2008, tanto Paulson como su sucesor Geithner mostraron que su prioridad como Secretarios del Tesoro era cuidar los intereses de la banca, así sus jefes incurrieran en un altísimo costo político. (Buen negocio para Bush que ya estaba de salida, pésimo negocio para Obama que hasta ahora empezaba.)
Pero el poder político del sector financiero tiene una morfología similar a la de su poder económico. Se trata de un sector muchísimo más concentrado, con instituciones de alcance nacional y global que la enorme dispersión de pequeños bancos regionales que tipificó al sector hasta los 80s. Por tanto, el sector financiero tiene aliados políticos muy poderosos, pero todos ellos son actores de alcance nacional. En contraste, los otros sectores de la economía tienen apoyos políticos regionales.
El Presidente (cualquiera que sea), su Secretario del Tesoro (cualquiera que sea), el Presidente de la Reserva Federal, los dirigentes nacionales de ambos partidos, senadores importantes son todos defensores incondicionales de los bancos. En cambio, los dirigentes regionales, por ejemplo, representantes a la Cámara, obtienen enormes réditos políticos atacándolos.
Pero esto genera una escisión en el bloque de poder como lo muestra la división interna del Partido Republicano. Se trata, sin duda, de un partido plutocrático. Pero es que ahora hay varias formas de ser plutócrata. La facción más "provinciana" del Partido se alineó con los intereses de empresarios manufactureros de distintos tamaños en contra de cualquier aumento de impuestos mientras que la dirigencia de alcance nacional trató de mostrarse más conciliadora.
Cuando el sector financiero era pequeño, cuando las empresas dependían mucho más de su ahorro interno para financiarse, el problema de la deuda pública se manejaba dentro de cauces claros. A los empresarios no les gustaba pagar impuestos (obvio) pero reconocían que gracias a esos impuestos podían acceder a la caja fuerte más inexpugnable jamás construida por el ser humano: los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Pero ahora los beneficiarios y los que corren los costos son distintos y esto genera conflicto.
Las repercusiones políticas de este nuevo conflicto amenazan con tornarse muy serias. Estados Unidos dio muestras de ser una democracia disfuncional donde no hay ningún actor político capaz de inducir cohesión entre su clase dirigente. La facción del Tea Party fue capaz de imponer un ajuste fiscal violentamente procíclico, en el peor momento posible, sin tener más del 25% de la Cámara de Representantes: no se me vienen a la mente muchos casos similares en la historia política de Estados Unidos en que una minoría obtenga tanto. La última vez que pasó algo similar fue cuando los segregacionistas blancos del Sur bloquearon los avances en derechos civiles durante los 50s, cosa que resulta particularmente curiosa si tenemos en cuenta que el Tea Party deriva buena parte de su apoyo político de, precisamente, los blancos del Sur.
Es probable que la democracia norteamericana no vuelva a ser la misma después de estas fracturas. Pero hay un elemento muy curioso, de enormes consecuencias globales. Históricamente, la democracia norteamericana ha funcionado, como toda democracia, otorgándole poder desproporcionado a ciertos grupos económicos. En los albores de la República, Hamilton hizo lo posible por crear una clase de acreedores del gobierno que fuera la encargada de garantizar el orden fiscal. A finales del siglo XIX el gran capital del Noreste fue capaz de imponer su agenda de moneda firme, oligopolización ferroviaria y disciplina capitalista en el mercado laboral, por encima de las objeciones del resto. Así se consolidaron los grandes capitales que luego proyectarían la influencia de Estados Unidos en el mundo.
Pero lo que estamos viendo ahora es que los grupos minoritarios que están adquiriendo poder de veto en la política norteamericana son económicamente retrógrados. Los sectores de derecha que más ganaron en la batalla del déficit representan generalmente sectores en declive, como las manufacturas o las empresas medianas y pequeñas. Su dichosa enmienda de presupuesto balanceado es el tipo de proyecto político que proponen grupos que tienen miedo del proceso político. Las élites de antes eran capaces de tolerar, e incluso alentar, expansiones del Estado porque tenían la cohesión interna necesaria para financiar la producción de bienes públicos y controlar el proceso político de asignación de los mismos. En cambio estos sectores de ahora tienen pavor del Estado porque saben que ellos mismos, dada su creciente debilidad, no van a poder influir sobre él.
Es la primera vez en mi vida que veo que la derecha de Estados Unidos acepta implícitamente que ya no puede financiar aventuras de política externa, como quedó claro cuando aceptaron recortes en defensa para reducir el déficit. Para gente de mi edad esto es inconcebible.
Los imperios en expansión no entran en pánico por sus deudas. Saben que las deudas financian la expansión que luego permite pagarlas. La deuda de Estados Unidos no era la excepción: un estado fuerte, capaz de gravar a la economía más grande del mundo era el fulcro perfecto donde apoyar cualquier portafolio de inversión.
Pero lo que estamos viendo ahora es, al parecer, la decadencia. Una élite política que ya no es capaz ni siquiera de imaginar la expansión de su imperio sino que vive temerosa de su propia sombra, que se despierta por la noche pensando en que las deudas la carcomen cuando en realidad tiene cantidades de recursos ociosos (millones de desempleados, por ejemplo).
No es para alegrarse. Nosotros los izquierdistas somos, casi por definición, antiimperialistas. Pero la caída de un imperio suele ser un espectáculo desagradable, grotesco e incluso criminal. La decadencia del imperio británico lo indujo a comportarse con saña brutal en la India y en Africa, por ejemplo. (Y estamos hablando de un imperio que tenía normas de comportamiento mejores que otros.)
A nivel doméstico, las élites que presiden estas fases de decadencia suelen ser ellas mismas decadentes, incluso en lo personal. En ese sentido, el Partido Republicano parece no querernos decepcionar. Muy seguramente no va a ganar las elecciones, ni siquiera la nominación del partido. Pero el solo hecho de que Michelle Bachmann sea considerada una seria precandidata presidencial ya es una señal. En sus momentos de gloria, el sistema político norteamericano nunca le hubiera concedido la más mínima oportunidad a una oscurantista religiosa que desprecia todo tipo de análisis racional. Políticos de baja calaña ha habido siempre en Estados Unidos. Pero no se les tomaba en serio a nivel nacional. Si Bachmann es candidata republicana, los libros de historia tendrán otro ejemplo más de decadencia de un imperio. Algo así como las frivolidades de María Antonieta, la corte de pacotilla de la emperatriz Cixi de la China, o el caballo procónsul de Calígula. Aunque sospecho que el caballo de Calígula entendía más de economía que Michelle Bachmann.
Las noticias inmediatas no son buenas. Como ya sabrán, hoy las bolsas del mundo tuvieron un día fatal; la recesión en las potencias industrializadas va para largo. Pero eso no es todo. Recesiones vienen y van. Lo que me llama la atención es que esta recesión de ahora, aparte de ser mucho más prolongada y profunda que las que la precedieron, parece ser simultáneamente efecto y causa de un severo traumatismo en la estructura política de Estados Unidos y eso tiene implicaciones en todo el mundo.
Está bien, no hubo impago. Pero ya quedó sentado el precedente de que cada vez será más probable una crisis de deuda de Estados Unidos. El Partido Republicano ya ha dejado claro que de ahora en adelante esa será su forma de operar: creando una crisis de deuda cada que no se le hagan las concesiones que considere necesarias.
Sería fácil decir que esto es simplemente problema del extremismo ideológico del Partido Republicano. Pero la pregunta es a qué se debe ese extremismo y qué nos dice sobre el sistema político norteamericano.
Durante la crisis de la deuda, el Partido Republicano hizo algo muy extraño: puso en peligro los intereses de Wall Street. Los bonos del Tesoro de Estados Unidos son la barra de iridio del sistema financiero mundial; son el activo de riesgo cero que todo inversionista necesita tener a su disposición cuando quiera diversificar riesgos. Hay otros países capaces de emitir bonos de riesgo cero, pero no en las magnitudes necesarios para mantener los mercados mundiales funcionando. Afectar la credibilidad de la deuda estadounidense sería un golpe durísimo a las finanzas del mundo entero. Y sin embargo el Partido Republicano, siempre tan obsecuente con los intereses plutocráticos, estuvo considerando la posibilidad de hacerlo. ¿Por qué?
Se me ocurre una explicación. En su ascenso a superpotencia mundial, los Estados Unidos contaron con motores económicos de altísima propulsión en el sector real. Una economía muy diversificada, con gran riqueza en recursos naturales pero a la vez líder mundial en innovación, el gran productor de manufacturas, el gran exportador y gran importador del mundo y por tanto, el garante del libre comercio global. Al mismo tiempo, el sector financiero cumplía el papel de leal y diligente transportador de capital pero nunca ocupando un papel protagónico. Fiel al estereotipo de los banqueros que viene desde la edad media, el sector financiero operaba lejos del escenario. Se le visitaba de noche, cuando nadie lo viera a uno para no dar la impresión de que se necesitaba.
Las cosas han cambiado en los últimos treinta años y ahora el sector financiero norteamericano es, no solamente el que más ganancias genera, sino que también sus servicios son una de las exportaciones más cuantiosas de Estados Unidos. Ya hemos visto las consecuencias económicas de esa expansión. Pero ahora quiero discutir la economía política de ese proceso.
El sector financiero ha adquirido un enorme peso político en el sistema norteamericano. Cuando vino la crisis del 2008, tanto Paulson como su sucesor Geithner mostraron que su prioridad como Secretarios del Tesoro era cuidar los intereses de la banca, así sus jefes incurrieran en un altísimo costo político. (Buen negocio para Bush que ya estaba de salida, pésimo negocio para Obama que hasta ahora empezaba.)
Pero el poder político del sector financiero tiene una morfología similar a la de su poder económico. Se trata de un sector muchísimo más concentrado, con instituciones de alcance nacional y global que la enorme dispersión de pequeños bancos regionales que tipificó al sector hasta los 80s. Por tanto, el sector financiero tiene aliados políticos muy poderosos, pero todos ellos son actores de alcance nacional. En contraste, los otros sectores de la economía tienen apoyos políticos regionales.
El Presidente (cualquiera que sea), su Secretario del Tesoro (cualquiera que sea), el Presidente de la Reserva Federal, los dirigentes nacionales de ambos partidos, senadores importantes son todos defensores incondicionales de los bancos. En cambio, los dirigentes regionales, por ejemplo, representantes a la Cámara, obtienen enormes réditos políticos atacándolos.
Pero esto genera una escisión en el bloque de poder como lo muestra la división interna del Partido Republicano. Se trata, sin duda, de un partido plutocrático. Pero es que ahora hay varias formas de ser plutócrata. La facción más "provinciana" del Partido se alineó con los intereses de empresarios manufactureros de distintos tamaños en contra de cualquier aumento de impuestos mientras que la dirigencia de alcance nacional trató de mostrarse más conciliadora.
Cuando el sector financiero era pequeño, cuando las empresas dependían mucho más de su ahorro interno para financiarse, el problema de la deuda pública se manejaba dentro de cauces claros. A los empresarios no les gustaba pagar impuestos (obvio) pero reconocían que gracias a esos impuestos podían acceder a la caja fuerte más inexpugnable jamás construida por el ser humano: los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Pero ahora los beneficiarios y los que corren los costos son distintos y esto genera conflicto.
Las repercusiones políticas de este nuevo conflicto amenazan con tornarse muy serias. Estados Unidos dio muestras de ser una democracia disfuncional donde no hay ningún actor político capaz de inducir cohesión entre su clase dirigente. La facción del Tea Party fue capaz de imponer un ajuste fiscal violentamente procíclico, en el peor momento posible, sin tener más del 25% de la Cámara de Representantes: no se me vienen a la mente muchos casos similares en la historia política de Estados Unidos en que una minoría obtenga tanto. La última vez que pasó algo similar fue cuando los segregacionistas blancos del Sur bloquearon los avances en derechos civiles durante los 50s, cosa que resulta particularmente curiosa si tenemos en cuenta que el Tea Party deriva buena parte de su apoyo político de, precisamente, los blancos del Sur.
Es probable que la democracia norteamericana no vuelva a ser la misma después de estas fracturas. Pero hay un elemento muy curioso, de enormes consecuencias globales. Históricamente, la democracia norteamericana ha funcionado, como toda democracia, otorgándole poder desproporcionado a ciertos grupos económicos. En los albores de la República, Hamilton hizo lo posible por crear una clase de acreedores del gobierno que fuera la encargada de garantizar el orden fiscal. A finales del siglo XIX el gran capital del Noreste fue capaz de imponer su agenda de moneda firme, oligopolización ferroviaria y disciplina capitalista en el mercado laboral, por encima de las objeciones del resto. Así se consolidaron los grandes capitales que luego proyectarían la influencia de Estados Unidos en el mundo.
Pero lo que estamos viendo ahora es que los grupos minoritarios que están adquiriendo poder de veto en la política norteamericana son económicamente retrógrados. Los sectores de derecha que más ganaron en la batalla del déficit representan generalmente sectores en declive, como las manufacturas o las empresas medianas y pequeñas. Su dichosa enmienda de presupuesto balanceado es el tipo de proyecto político que proponen grupos que tienen miedo del proceso político. Las élites de antes eran capaces de tolerar, e incluso alentar, expansiones del Estado porque tenían la cohesión interna necesaria para financiar la producción de bienes públicos y controlar el proceso político de asignación de los mismos. En cambio estos sectores de ahora tienen pavor del Estado porque saben que ellos mismos, dada su creciente debilidad, no van a poder influir sobre él.
Es la primera vez en mi vida que veo que la derecha de Estados Unidos acepta implícitamente que ya no puede financiar aventuras de política externa, como quedó claro cuando aceptaron recortes en defensa para reducir el déficit. Para gente de mi edad esto es inconcebible.
Los imperios en expansión no entran en pánico por sus deudas. Saben que las deudas financian la expansión que luego permite pagarlas. La deuda de Estados Unidos no era la excepción: un estado fuerte, capaz de gravar a la economía más grande del mundo era el fulcro perfecto donde apoyar cualquier portafolio de inversión.
Pero lo que estamos viendo ahora es, al parecer, la decadencia. Una élite política que ya no es capaz ni siquiera de imaginar la expansión de su imperio sino que vive temerosa de su propia sombra, que se despierta por la noche pensando en que las deudas la carcomen cuando en realidad tiene cantidades de recursos ociosos (millones de desempleados, por ejemplo).
No es para alegrarse. Nosotros los izquierdistas somos, casi por definición, antiimperialistas. Pero la caída de un imperio suele ser un espectáculo desagradable, grotesco e incluso criminal. La decadencia del imperio británico lo indujo a comportarse con saña brutal en la India y en Africa, por ejemplo. (Y estamos hablando de un imperio que tenía normas de comportamiento mejores que otros.)
A nivel doméstico, las élites que presiden estas fases de decadencia suelen ser ellas mismas decadentes, incluso en lo personal. En ese sentido, el Partido Republicano parece no querernos decepcionar. Muy seguramente no va a ganar las elecciones, ni siquiera la nominación del partido. Pero el solo hecho de que Michelle Bachmann sea considerada una seria precandidata presidencial ya es una señal. En sus momentos de gloria, el sistema político norteamericano nunca le hubiera concedido la más mínima oportunidad a una oscurantista religiosa que desprecia todo tipo de análisis racional. Políticos de baja calaña ha habido siempre en Estados Unidos. Pero no se les tomaba en serio a nivel nacional. Si Bachmann es candidata republicana, los libros de historia tendrán otro ejemplo más de decadencia de un imperio. Algo así como las frivolidades de María Antonieta, la corte de pacotilla de la emperatriz Cixi de la China, o el caballo procónsul de Calígula. Aunque sospecho que el caballo de Calígula entendía más de economía que Michelle Bachmann.
Friday, July 29, 2011
¡Vamos Carlos Vicente!
Como Uds. saben, he sido simpatizante del Polo Democrático desde su fundación y siempre he insistido en la necesidad de que preserve su unidad. Pero las cosas no siempre funcionan como uno quiere. El Polo se embarcó en la desastrosa empresa electoral de llevar a Samuel Moreno a la alcaldía de Bogotá y ahora tiene que pagar un costo muy alto por ese error. (No es por presumir, pero yo ya sospechaba desde mucho antes que esto iba a terminar mal. No pensé que tanto.)
Una de las peores consecuencias políticas de esta debacle es la división del Polo. Yo quiero creer, más por optimismo empecinado que por otra cosa, que se trate de una división transitoria y que dentro de un tiempo, cuando el Polo haya ya purgado la pena de esta alcaldía, se pueda producir una reunificación de las fuerzas de izquierda. En fin, el hecho es que no quiero ser fatalista. Sigo creyendo que la izquierda colombiana tiene futuro, que es cuestión de superar unos cuantos escollos como los que enfrenta cualquier movimiento político y que, con un poco de voluntad y organización puede conquistar un espacio decisivo.
Pero en el corto plazo se presenta una coyuntura que hay que abordar: las elecciones locales. A raíz de la división del Polo Democrático, se quedó por fuera una de las figuras más interesantes de la izquierda en Bogotá: Carlos Vicente de Roux. Gran concejal, conocedor como pocos de los problemas de la ciudad y capaz de proponer soluciones de izquierda para afrontarlos, demócrata hasta los tuétanos, transparente, capaz de trabajar con otros sectores, de tender puentes de entendimiento bien sea con gente de empresa o con líderes comunitarios sin que por ello renuncie a su identidad de izquierda.
No siempre estoy de acuerdo con sus decisiones en política. Merece grandes elogios por habérsele medido a denunciar la corrupción de la alcaldía de su propio partido. Pero, aunque no tengo todos los elementos de juicio, me hubiera gustado verlo como precandidato a la alcaldía por el Polo. De ese modo hubiera matado dos pájaros de un tiro: habría atacado la corrupción y las prácticas más retrógradas del partido a la vez que habría formulado una alternativa moderna dentro de él. El hecho es que no fue así. Pero el hecho es que las circunstancias llevaron a que en este momento él no esté en el Polo y se corre el riesgo de que se quede por fuera del Concejo de Bogotá si no consigue las firmas necesarias para su candidatura.
Bogotá necesita concejales como él. Hay que hacer lo posible para que Carlos Vicente pueda medírsele a ese pulso. Por eso invito a todos mis lectores a que lean esta carta que él puso a circular donde pide apoyo para lanzarse y que, si es posible, contribuyan con su firma para ello.
A mi me gustan los partidos disciplinados, sobre todo los de izquierda. Pero el Polo no se va a recomponer de aquí a Octubre, eso tomará tiempo. Así que ahora la prioridad es que le vaya bien a figuras progresistas, dentro y fuera del Polo, para después tratar de recuperar el terreno en la construcción de un partido fuerte. Y en Bogotá eso significa apoyar a Carlos Vicente de Roux.
Aquí está la carta (allí se refiere a un formulario, pero no sé cómo colgarlo en este blog; si alguien sabe dígame cómo):
Ahora, desde el movimiento Progresistas, liderado por Gustavo Petro, con quien comparto la lucha vertical contra la corrupción y un firme deseo de trabajar para construir una Bogotá incluyente, digna y con equidad, encabezaré la lista de candidatos progresistas al Cabildo Distrital.
*Sólo en caso de que la persona que firma no sepa escribir
Una de las peores consecuencias políticas de esta debacle es la división del Polo. Yo quiero creer, más por optimismo empecinado que por otra cosa, que se trate de una división transitoria y que dentro de un tiempo, cuando el Polo haya ya purgado la pena de esta alcaldía, se pueda producir una reunificación de las fuerzas de izquierda. En fin, el hecho es que no quiero ser fatalista. Sigo creyendo que la izquierda colombiana tiene futuro, que es cuestión de superar unos cuantos escollos como los que enfrenta cualquier movimiento político y que, con un poco de voluntad y organización puede conquistar un espacio decisivo.
Pero en el corto plazo se presenta una coyuntura que hay que abordar: las elecciones locales. A raíz de la división del Polo Democrático, se quedó por fuera una de las figuras más interesantes de la izquierda en Bogotá: Carlos Vicente de Roux. Gran concejal, conocedor como pocos de los problemas de la ciudad y capaz de proponer soluciones de izquierda para afrontarlos, demócrata hasta los tuétanos, transparente, capaz de trabajar con otros sectores, de tender puentes de entendimiento bien sea con gente de empresa o con líderes comunitarios sin que por ello renuncie a su identidad de izquierda.
No siempre estoy de acuerdo con sus decisiones en política. Merece grandes elogios por habérsele medido a denunciar la corrupción de la alcaldía de su propio partido. Pero, aunque no tengo todos los elementos de juicio, me hubiera gustado verlo como precandidato a la alcaldía por el Polo. De ese modo hubiera matado dos pájaros de un tiro: habría atacado la corrupción y las prácticas más retrógradas del partido a la vez que habría formulado una alternativa moderna dentro de él. El hecho es que no fue así. Pero el hecho es que las circunstancias llevaron a que en este momento él no esté en el Polo y se corre el riesgo de que se quede por fuera del Concejo de Bogotá si no consigue las firmas necesarias para su candidatura.
Bogotá necesita concejales como él. Hay que hacer lo posible para que Carlos Vicente pueda medírsele a ese pulso. Por eso invito a todos mis lectores a que lean esta carta que él puso a circular donde pide apoyo para lanzarse y que, si es posible, contribuyan con su firma para ello.
A mi me gustan los partidos disciplinados, sobre todo los de izquierda. Pero el Polo no se va a recomponer de aquí a Octubre, eso tomará tiempo. Así que ahora la prioridad es que le vaya bien a figuras progresistas, dentro y fuera del Polo, para después tratar de recuperar el terreno en la construcción de un partido fuerte. Y en Bogotá eso significa apoyar a Carlos Vicente de Roux.
Aquí está la carta (allí se refiere a un formulario, pero no sé cómo colgarlo en este blog; si alguien sabe dígame cómo):
Estimado(a) amigo(a):
No me quedó otro camino que retirarme del Polo Democrático Alternativo y renunciar a la curul en el Concejo de Bogotá, después de una dura pelea contra la corrupción en el gobierno de Samuel Moreno.
Ahora, desde el movimiento Progresistas, liderado por Gustavo Petro, con quien comparto la lucha vertical contra la corrupción y un firme deseo de trabajar para construir una Bogotá incluyente, digna y con equidad, encabezaré la lista de candidatos progresistas al Cabildo Distrital.
Mi candidatura, así como la de los otros aspirantes al Concejo de la ciudad, depende de un proceso de recolección de firmas, ya que “Progresistas” no es un partido, sino que actúa como “grupo significativo de ciudadanos”. Por esta razón me dirijo a usted, para pedirle su apoyo en este nuevo camino electoral que estoy iniciando.
Su aporte será muy valioso para nosotros. Si desea acompañarnos, le agradezco que:
Piense en las personas cercanas a usted (familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.) que estarían dispuestas a apoyarnos para inscribir nuestras candidaturas. Aunque su voto en octubre sea para otro partido u otros candidatos, su firma en este momento nos da la oportunidad de medirnos en la contienda y participar en las próximas elecciones.
Hay varias formas de participar en el proceso de recolección de firmas:
1. Usted puede imprimir el formulario adjunto, aprobado por la Registraduría para la recolección de firmas. Imprima tantos formularios como esté en capacidad de llenar, cada uno contiene 10 espacios.
Para diligenciar el formulario tenga en cuenta las siguientes recomendaciones:
- Todos los datos deben ser escritos del puño y letra de la persona que firma, en letra imprenta.
- La primera casilla (N°) se debe dejar en blanco. Este espacio es exclusivo para la campaña.
- En la segunda casilla debe ir la fecha del día en que cada persona llena la planilla.
- En la tercera casilla debe ir el número de cédula del firmante que está apoyando la candidatura.
- En la cuarta casilla deben ir los nombres completos, como aparecen en la cédula.
- En la quinta casilla deben ir los apellidos completos, como aparecen en la cédula.
- En la sexta casilla debe ir la firma de la persona.
- Sólo en caso de que la persona que firma no sepa escribir, en la séptima casilla debe ir la huella digital del índice derecho.
| N° | Fecha | Número de Cédula | Nombres Completos | Apellidos Completos | Firma | | Huella |
| | 12/07/2011 | 52.547.899 | María Camila | Morales Zuluaga | MariaMoralesZ | * |
Los formularios diligenciados podrán ser entregados en un sobre de manila cerrado, marcado con su nombre y el de Carlos Vicente de Roux, de 8:00 a 12:00 m y 2:00 a 5:00 p.m., en los siguientes puntos:
- Asociación de Vivienda Popular, AVP, diagonal 40 A Nº 14-66 (dirección nueva)
- Confecampo, transversal 28 B Nº 37-20 (preguntar por Daisy o Carlos Simancas)
O puede indicarnos la dirección en la cual podremos recogerlos, del 29 de julio al 4 de agosto.
2. En la Asociación de Vivienda Popular, AVP, diagonal 40 A Nº 14-66, habrá formularios disponibles para las personas que deseen contribuir directamente con su firma.
3. Si lo desea, usted puede también reenviar este mensaje a su lista de contactos.
Si está interesado en vincularse a este proceso, por favor responda este mensaje al correo info@carlosvicentederoux.org o comuníquese a los números fijos: 2872213, 2453382 o al celular: 301-2378115.
Mil gracias por su colaboración.
Carlos Vicente de Roux
Wednesday, July 27, 2011
¡Adiós Joe!
No tengo nada original que decir sobre la muerte de Joe Arroyo. Pero tampoco me puedo callar. Se nos fue el más grande músico popular de Colombia en los últimos 30 años. Una voz privilegiada de las que tardaremos muchos años en encontrar de nuevo, compositor nato, audaz innovador de ritmos. Si no tuvo el éxito global de Shakira o Juanes no fue por falta de merecimiento sino por la estructura del mercado. (Aunque, obviamente, como era de esperarse de semejante artista, alcanzó un éxito internacional nada despreciable.) Peor para las audiencias del mundo que no han encontrado su música y que aún están a tiempo de corregir semejante bache, oyendo a un músico auténtico que no pasó por los tamices del "marketing" que todo lo homogenizan. Los que sí ya hemos tenido el privilegio de escucharlo no lo olvidaremos.
Tuesday, July 19, 2011
Estados Unidos: Sigue el Declive
Cada día me convenzo más de que si vivo dentro de las estadísticas del grueso de la población, yo alcanzaré a presenciar el momento en el que Estados Unidos dejará de ser la gran superpotencia mundial. Seguramente no será una crisis apocalíptica, pero sí puede haber algún punto en el que Estados Unidos vea que, como le pasó a Inglaterra en la Crisis de Suez, que ya no puede extender su influencia.
(A propósito, no lo he comentado aquí, pero ¿vieron que China quiere contruir su primer portaviones? Eso me lleva a nominar mi primer candidato para la "Crisis de Suez" de Estados Unidos: Taiwan.)
Pero hoy no quiero hablar de geopolítica sino de los factores internos que están llevando a ese declive. En estos días se ha sumado uno más: la insistencia del Partido Republicano en su dichosa "enmienda de presupuesto balanceado." Es curioso que el partido más nacionalista e imperialista de los dos es el que más está haciendo por destronar a Estados Unidos de su papel de superpotencia mundial. Pero es así.
Todo el mundo está de acuerdo en que el plan no va a pasar. Es puro teatro del Partido Republicano para congraciarse con algunos de sus simpatizantes, justo en la semana en la que tienen que decidir qué hacer con el cupo de endeudamiento. Pero aunque sea puro teatro, la idea ya está andando. Ya hace parte del arsenal propagandístico del Partido Republicano y, muy seguramente, se va a abrir paso, poco a poco.
La idea es reformar la Constitución para que el gasto público nunca pase del 18% del PIB y para que se necesiten mayorías calificadas de dos tercios para aumentar los impuestos. Muchos comentaristas americanos han expresado claramente el carácter antidemocrático de esta propuesta, que le quita al proceso político su capacidad de decisión sobre asuntos fundamentales. Muchos comentaristas de izquierda han hecho la queja obvia de que semejante enmienda requeriría socavar aspectos fundamentales del ya precario estado del bienestar americano. Pero aquí quiero concentrarme en un aspecto un poco más frívolo pero que debe llamarle la atención a cualquier no-americano.
Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos era el país capaz de atraer recursos del mundo entero para lanzar iniciativas que dejaban boquiabierta la humanidad. Iniciativas buenas (internet) y malas (casi toda la política exterior). Pero, fuera como fuera, era una potencia formidable; la mayor de la historia. Buena parte de esto se lograba precisamente porque el Estado tenía la flexibilidad para pensar en grande. Para eso se necesita un andamiaje institucional complicadísimo. El Estado debe poder ejercer su autoridad sobre una economía descomunal (para cobrar impuestos) y debe tener un proceso político y económico que persuada al mundo entero de prestarle a las tasas de interés más bajas posibles. Ahora, en una sola semana, el Partido Republicano quiere destruir piezas fundamentales de ese andamiaje. Quiere decirle al mundo que su deuda no es tan segura como creían (al no aumentar el cupo de endeudamiento cuando se necesita) y ahora insisten en que el Estado americano no debe pensar en grande sino que debe convertirse en un apéndice molesto y atrofiado, incapaz de formar proyectos colectivos. Increíble. Aunque tiene mucho qué criticar, en estas fotos se puede ver cómo funciona un país que sí va encaminado a ser potencia mundial. Sin límites imbéciles como el 18%. Le parece a uno estar viendo lo que era Estados Unidos hace un siglo.
(A propósito, no lo he comentado aquí, pero ¿vieron que China quiere contruir su primer portaviones? Eso me lleva a nominar mi primer candidato para la "Crisis de Suez" de Estados Unidos: Taiwan.)
Pero hoy no quiero hablar de geopolítica sino de los factores internos que están llevando a ese declive. En estos días se ha sumado uno más: la insistencia del Partido Republicano en su dichosa "enmienda de presupuesto balanceado." Es curioso que el partido más nacionalista e imperialista de los dos es el que más está haciendo por destronar a Estados Unidos de su papel de superpotencia mundial. Pero es así.
Todo el mundo está de acuerdo en que el plan no va a pasar. Es puro teatro del Partido Republicano para congraciarse con algunos de sus simpatizantes, justo en la semana en la que tienen que decidir qué hacer con el cupo de endeudamiento. Pero aunque sea puro teatro, la idea ya está andando. Ya hace parte del arsenal propagandístico del Partido Republicano y, muy seguramente, se va a abrir paso, poco a poco.
La idea es reformar la Constitución para que el gasto público nunca pase del 18% del PIB y para que se necesiten mayorías calificadas de dos tercios para aumentar los impuestos. Muchos comentaristas americanos han expresado claramente el carácter antidemocrático de esta propuesta, que le quita al proceso político su capacidad de decisión sobre asuntos fundamentales. Muchos comentaristas de izquierda han hecho la queja obvia de que semejante enmienda requeriría socavar aspectos fundamentales del ya precario estado del bienestar americano. Pero aquí quiero concentrarme en un aspecto un poco más frívolo pero que debe llamarle la atención a cualquier no-americano.
Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos era el país capaz de atraer recursos del mundo entero para lanzar iniciativas que dejaban boquiabierta la humanidad. Iniciativas buenas (internet) y malas (casi toda la política exterior). Pero, fuera como fuera, era una potencia formidable; la mayor de la historia. Buena parte de esto se lograba precisamente porque el Estado tenía la flexibilidad para pensar en grande. Para eso se necesita un andamiaje institucional complicadísimo. El Estado debe poder ejercer su autoridad sobre una economía descomunal (para cobrar impuestos) y debe tener un proceso político y económico que persuada al mundo entero de prestarle a las tasas de interés más bajas posibles. Ahora, en una sola semana, el Partido Republicano quiere destruir piezas fundamentales de ese andamiaje. Quiere decirle al mundo que su deuda no es tan segura como creían (al no aumentar el cupo de endeudamiento cuando se necesita) y ahora insisten en que el Estado americano no debe pensar en grande sino que debe convertirse en un apéndice molesto y atrofiado, incapaz de formar proyectos colectivos. Increíble. Aunque tiene mucho qué criticar, en estas fotos se puede ver cómo funciona un país que sí va encaminado a ser potencia mundial. Sin límites imbéciles como el 18%. Le parece a uno estar viendo lo que era Estados Unidos hace un siglo.
¿Puede Alguien Ser Socialdemócrata en el Siglo XXI?
Hace tiempos he soñado con escribir un ensayo largo defendiendo mi credo ideológico con el manido título de "¿Por Qué No Soy Socialdemócrata?" Algún día lo haré. Por ahora me detienen dos cosas: 1. falta de tiempo y 2. ya tanta gente ha plagiado el título de Russell que no sé si valga la pena reciclarlo más. Pero bueno, aquí va una de las cosas que incluiré en aquel gran ensayo cuando salga. Es una que no había pensado antes pero que la crisis financiera actual me ha hecho pensar.
Keynes siempre creyó que su objetivo principal era salvar al capitalismo de su autodestrucción. A juicio de los keynesianos, la enseñanza fundamental de la Gran Depresión era que los mercados podían en ocasiones entrar en dinámicas de mal desempeño autoinfligido y que en esos casos ciertas dosis prudentes de acción del Estado podían ser la solución. La fórmula resultaba, en últimas, muy sencilla: superávit fiscal en tiempos de auge y déficit fiscal en tiempos de recesión. De esa manera se podían amortiguar los ciclos económicos preservando el punto central del pacto social capitalista: la propiedad privada sobre los medios de producción. El Estado no entraría a disputar el control de la inversión ni nada por el estilo sino que se limitaría a jugar un papel remedial en tiempos de necesidad, financiado con la prudencia fiscal en las fases expansivas del ciclo.
Hasta ahí, todo bien. Pero en la práctica, el capitalismo keynesiano de la postguerra resultó ser más intervencionista de lo que se hubiera podido creer en sus albores. No estoy seguro de cuál es la causa. Dudo que tuviera que ver con el mismo Keynes quien en realidad no era un entusiasta del "dirigismo económico."
Se me ocurre que parte del asunto tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra todo el mundo, ganadores y perdedores, se embarcaron, por obvias razones, en una movilización de recursos a cargo del Estado sin precedentes. (Está bien, en la Unión Soviética esto venía desde antes, pero la idea es clara.) En tiempos normales, la fórmula keynesiana del pleno empleo era perfectamente compatible con el mercado. Por ejemplo, un subsidio a los salarios del sector privado podría constituir un programa keynesiano de estímulo a la demanda agregada sin afectar para nada la estructura de propiedad del capital. Pero en tiempos de guerra, el Estado termina por asumir un papel central.
Cuando vuelve la paz resulta que sobre el terreno es difícil reducir el papel del Estado. Me gustaría documentar esto bien, pero por ahora se me ocurren algunos factores. No sé si Europa Occidental hubiera podido encajar el shock de desempleo que hubiera representado suprimir de un plumazo toda la inversión en reconstrucción. Estados Unidos, aunque sin la devastación de la guerra, también atravesaba problemas similares. A eso hay que sumarle el efecto democratizador de la guerra, en la medida en volvión incontrovertible (por lo menos en público) la necesidad de atender las necesidades de los que la pelearon. El caso más claro es cómo, gradualmente, el legado de la guerra fue erosionando las bases legitimadoras del sistema de segregación racial en Estados Unidos. En Inglaterra la guerra sentó las bases políticas para la creación del Sistema Nacional de Salud.
Sea por las razones que sea, tras la Segunda Guerra Mundial, las economías capitalistas de Occidente se orientaron por una mezcla de keynesianismo en asuntos fiscales, una presencia significativa del Estado como gestor de recursos y, como legado de las luchas políticas de la pre-guerra, árbitro de las relaciones entre capital y trabajo. ¿Resultado? Treinta años de oro para la socialdemocracia.
A partir de la primera mitad de los 70s el sistema comienza a resquebrajarse. No voy a entrar en detalles pero lo que me importa señalar es que ya para los 90s se ha establecido un vasto consenso en torno a la necesidad de reducir el papel de Estado como gestor de recursos.
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. La gestión estatal de la economía, aunque no fuera parte del plan original de Keynes, era un excelente complemento político para su doctrina económica. Aunque en teoría suena muy bien la idea de prudencia fiscal en la expansión y déficit fiscal en la recesión, en la práctica es muy difícil implementar esa idea si el Estado es un simple recaudador al que se le puede tomar el pelo sin que pase nada. Es casi imposible crear un pacto político que vuelva sostenible esa doctrina de mitigación del ciclo. En las fases expansivas nadie quiere votar por subir impuestos y acumular superávits.
De ahí el déficit de legitimidad que tiene la actual crisis financiera, un déficit tanto o más grave que los déficits fiscales. Es muy común oír a los voceros de la derecha hacer acto de contrición en estos tiempos diciendo cosas como "Cierto, nos llegó la época de la resaca después de la embriaguez del boom."
¿Nos llegó? ¿A quiénes? ¿Cuál es ese "nosotros"? ¿Todos los ciudadanos se beneficiaron del boom y ahora les toca a todos pagar? Mmmm, no sé. Yo no viví en España en los años del boom, pero mi impresión de observador casual es que para muchas familias el boom no se tradujo en ríos de leche y miel sino simplemente en un contrato un poquito mejor en el sector de la construcción. (Y eso para no hablar de los jóvenes que dejaron de estudiar por eso.) Yo viví en Estados Unidos en los años del boom y nunca tuve la impresión de que los sectores más pobres estaban saliendo definitivamente de la pobreza, acumulando activos, educándose, viajando, dándose gustos. No. Si acaso, pasaban de alquilar una casa a "comprar" otra un poco mejor y ahora sabemos que dicha "compra" era una ficción.
Mientras más subimos en la escala social, más vemos los beneficios del boom. La clase media americana pudo pedir préstamos ofreciendo como garantía su casa (sobrevalorada) para comprar otro carro, unas vacaciones mejores que las del año anterior, de pronto un poquito para la universidad de los hijos, cosas de esas. Nada despreciables, de acuerdo. Pero tampoco una cornucopia inagotable de abundancia. Para ver quiénes sí se beneficiaron en grande del boom, hay que llegar a donde están los más ricos. Allí sí que se hicieron fortunas.
Esto es sabido de todos. Lo que quiero subrayar ahora es que, desde el punto de vista político, tenemos un sistema que hace que la asignación de recursos en tiempos de expansión es fundamentalmente privada pero que, a diferencia del capitalismo victoriano, trata de hacer recaer sobre el sector público el peso de la contracción. Como se ha dicho tantas veces, privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas.
Lo que pasa es que eso no es únicamente perversidad de unos políticos (por supuesto que la hay). Es una propiedad inherente a un sistema en el que el Estado juega un papel puramente remedial: mitigar las peores consecuencias del mercado ("gasto social") pero que no tiene nada qué decir ni qué hacer cuando las cosas van bien. Tiene toda la responsabilidad en la época de las vacas flacas, pero no participa en las decisiones durante la época de las vacas gordas. Ese es el déficit democrático. Por eso la gente no entiende ahora que le hablen de ajustes fiscales dizque para "pagar lo que nos comimos." La inmensa maýoría de la población nunca sintió que tuviera ninguna participación en decidir qué hacer con el boom, a dónde se iban los recursos, cómo se invertían, cuáles eran las perspectivas de valorización de los mismos, etc. Y ahora le pasan la factura de un banquete que no pidió y del que acaso probó unos cuantos bocados.
Para cerrar por ahora, creo que esta es una fisura gravísima en los cimientos de cualquier posible socialdemocracia del siglo XXI. No veo a ningún partido político importante hablando ahora de cómo repensar el papel del Estado en la economía, o, más general, cómo cambiar las relaciones de propiedad, para evitar que el ciclo económico típico de una economía de mercado genere este tipo de déficit de legitimación. Y mientras ese déficit no se resuelva, no veo cómo será viable el pacto socialdemócrata.
Keynes siempre creyó que su objetivo principal era salvar al capitalismo de su autodestrucción. A juicio de los keynesianos, la enseñanza fundamental de la Gran Depresión era que los mercados podían en ocasiones entrar en dinámicas de mal desempeño autoinfligido y que en esos casos ciertas dosis prudentes de acción del Estado podían ser la solución. La fórmula resultaba, en últimas, muy sencilla: superávit fiscal en tiempos de auge y déficit fiscal en tiempos de recesión. De esa manera se podían amortiguar los ciclos económicos preservando el punto central del pacto social capitalista: la propiedad privada sobre los medios de producción. El Estado no entraría a disputar el control de la inversión ni nada por el estilo sino que se limitaría a jugar un papel remedial en tiempos de necesidad, financiado con la prudencia fiscal en las fases expansivas del ciclo.
Hasta ahí, todo bien. Pero en la práctica, el capitalismo keynesiano de la postguerra resultó ser más intervencionista de lo que se hubiera podido creer en sus albores. No estoy seguro de cuál es la causa. Dudo que tuviera que ver con el mismo Keynes quien en realidad no era un entusiasta del "dirigismo económico."
Se me ocurre que parte del asunto tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra todo el mundo, ganadores y perdedores, se embarcaron, por obvias razones, en una movilización de recursos a cargo del Estado sin precedentes. (Está bien, en la Unión Soviética esto venía desde antes, pero la idea es clara.) En tiempos normales, la fórmula keynesiana del pleno empleo era perfectamente compatible con el mercado. Por ejemplo, un subsidio a los salarios del sector privado podría constituir un programa keynesiano de estímulo a la demanda agregada sin afectar para nada la estructura de propiedad del capital. Pero en tiempos de guerra, el Estado termina por asumir un papel central.
Cuando vuelve la paz resulta que sobre el terreno es difícil reducir el papel del Estado. Me gustaría documentar esto bien, pero por ahora se me ocurren algunos factores. No sé si Europa Occidental hubiera podido encajar el shock de desempleo que hubiera representado suprimir de un plumazo toda la inversión en reconstrucción. Estados Unidos, aunque sin la devastación de la guerra, también atravesaba problemas similares. A eso hay que sumarle el efecto democratizador de la guerra, en la medida en volvión incontrovertible (por lo menos en público) la necesidad de atender las necesidades de los que la pelearon. El caso más claro es cómo, gradualmente, el legado de la guerra fue erosionando las bases legitimadoras del sistema de segregación racial en Estados Unidos. En Inglaterra la guerra sentó las bases políticas para la creación del Sistema Nacional de Salud.
Sea por las razones que sea, tras la Segunda Guerra Mundial, las economías capitalistas de Occidente se orientaron por una mezcla de keynesianismo en asuntos fiscales, una presencia significativa del Estado como gestor de recursos y, como legado de las luchas políticas de la pre-guerra, árbitro de las relaciones entre capital y trabajo. ¿Resultado? Treinta años de oro para la socialdemocracia.
A partir de la primera mitad de los 70s el sistema comienza a resquebrajarse. No voy a entrar en detalles pero lo que me importa señalar es que ya para los 90s se ha establecido un vasto consenso en torno a la necesidad de reducir el papel de Estado como gestor de recursos.
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. La gestión estatal de la economía, aunque no fuera parte del plan original de Keynes, era un excelente complemento político para su doctrina económica. Aunque en teoría suena muy bien la idea de prudencia fiscal en la expansión y déficit fiscal en la recesión, en la práctica es muy difícil implementar esa idea si el Estado es un simple recaudador al que se le puede tomar el pelo sin que pase nada. Es casi imposible crear un pacto político que vuelva sostenible esa doctrina de mitigación del ciclo. En las fases expansivas nadie quiere votar por subir impuestos y acumular superávits.
De ahí el déficit de legitimidad que tiene la actual crisis financiera, un déficit tanto o más grave que los déficits fiscales. Es muy común oír a los voceros de la derecha hacer acto de contrición en estos tiempos diciendo cosas como "Cierto, nos llegó la época de la resaca después de la embriaguez del boom."
¿Nos llegó? ¿A quiénes? ¿Cuál es ese "nosotros"? ¿Todos los ciudadanos se beneficiaron del boom y ahora les toca a todos pagar? Mmmm, no sé. Yo no viví en España en los años del boom, pero mi impresión de observador casual es que para muchas familias el boom no se tradujo en ríos de leche y miel sino simplemente en un contrato un poquito mejor en el sector de la construcción. (Y eso para no hablar de los jóvenes que dejaron de estudiar por eso.) Yo viví en Estados Unidos en los años del boom y nunca tuve la impresión de que los sectores más pobres estaban saliendo definitivamente de la pobreza, acumulando activos, educándose, viajando, dándose gustos. No. Si acaso, pasaban de alquilar una casa a "comprar" otra un poco mejor y ahora sabemos que dicha "compra" era una ficción.
Mientras más subimos en la escala social, más vemos los beneficios del boom. La clase media americana pudo pedir préstamos ofreciendo como garantía su casa (sobrevalorada) para comprar otro carro, unas vacaciones mejores que las del año anterior, de pronto un poquito para la universidad de los hijos, cosas de esas. Nada despreciables, de acuerdo. Pero tampoco una cornucopia inagotable de abundancia. Para ver quiénes sí se beneficiaron en grande del boom, hay que llegar a donde están los más ricos. Allí sí que se hicieron fortunas.
Esto es sabido de todos. Lo que quiero subrayar ahora es que, desde el punto de vista político, tenemos un sistema que hace que la asignación de recursos en tiempos de expansión es fundamentalmente privada pero que, a diferencia del capitalismo victoriano, trata de hacer recaer sobre el sector público el peso de la contracción. Como se ha dicho tantas veces, privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas.
Lo que pasa es que eso no es únicamente perversidad de unos políticos (por supuesto que la hay). Es una propiedad inherente a un sistema en el que el Estado juega un papel puramente remedial: mitigar las peores consecuencias del mercado ("gasto social") pero que no tiene nada qué decir ni qué hacer cuando las cosas van bien. Tiene toda la responsabilidad en la época de las vacas flacas, pero no participa en las decisiones durante la época de las vacas gordas. Ese es el déficit democrático. Por eso la gente no entiende ahora que le hablen de ajustes fiscales dizque para "pagar lo que nos comimos." La inmensa maýoría de la población nunca sintió que tuviera ninguna participación en decidir qué hacer con el boom, a dónde se iban los recursos, cómo se invertían, cuáles eran las perspectivas de valorización de los mismos, etc. Y ahora le pasan la factura de un banquete que no pidió y del que acaso probó unos cuantos bocados.
Para cerrar por ahora, creo que esta es una fisura gravísima en los cimientos de cualquier posible socialdemocracia del siglo XXI. No veo a ningún partido político importante hablando ahora de cómo repensar el papel del Estado en la economía, o, más general, cómo cambiar las relaciones de propiedad, para evitar que el ciclo económico típico de una economía de mercado genere este tipo de déficit de legitimación. Y mientras ese déficit no se resuelva, no veo cómo será viable el pacto socialdemócrata.
Sunday, July 17, 2011
Epistemología y Sociedad
Desde hace años tengo cierta fascinación por las "teorías conspirativas." No presumo de ser experto en ellas aunque sé que hay estudiosos serios al respecto. Lo mío es más que siempre me ha asaltado la inquietud de que ellas esconden una clave epistemológica o sociológica importante que no alcanzo a entender. Pues bien, creo que en estos días he entendido un poco más el asunto, sin haber llegado al fondo de él. Si esto ya es archisabido por los expertos en la materia, me disculpan.
Durante muchísimo tiempo la filosofía occidental partió de la base de que el conocimiento es algo que el individuo se puede apropiar totalmente mediante el uso de la razón. En el esquema de Platón, que tanto influyó sobre los sucesores, la búsqueda del conocimiento comienza por asegurarse un punto fijo (por ejemplo, la geometría euclideana) y luego aplicar sucesivas operaciones racionales, sancionadas por la lógica, para acrecentar la cantidad de conclusiones que pueden ser sabidas en forma apodíctica. A pesar de las enormes diferencias entre Platón, Aristóteles, Descartes y Kant, todos ellos comparten una noción similar. (Aunque Kant ya empieza a tener sus dudas sobre la posibilidad de que un esquema de ese estilo dé cuenta de todo lo que es necesario saber.)
Pero después de Kant ese paradigma se empieza a resquebrajar. Hegel comienza a considerar la posibilidad de que el conocimiento y la racionalidad son productos colectivos. Para Hegel el conocimiento absoluto no es accesible a un único individuo sino que es, como mínimo, algo que si acaso una formación social en su conjunto, con ciertas condiciones específicas, puede llegar a apropiarse.
De esa noción de Hegel vienen dos tradiciones distintas pero no irreconciliables: la tradición marxista sobre la crítica de las ideologías (incluida la religión) y algunos elementos del pragmatismo americano. No soy experto en pragmatismo pero me llama la atención que Dewey siempre se consideró a sí mismo como un hegeliano de izquierda.
La idea central del pragmatismo (hasta donde se me alcanza por mis pocas lecturas del asunto) es que el conocimiento es, ante todo, una actividad colectiva. Por lo tanto, no existe un árbitro del conocimiento inmanente a la conciencia sino que el conocimiento se valida únicamente por su éxito en llevarnos (colectivamente) de A a B.
Por ejemplo, lo que le da su status de conocimiento a la física contemporánea no es que sea resultado de una serie de operaciones lógicas o de que tenga un cuerpo axiomático cierto. De hecho, es muy probable que el cuerpo axiomático de la física esté equivocado, cosa que admiten los mismos físicos. Lo que hace que la física contemporánea sea conocimiento es su éxito. Es decir, no podemos decir que la física es conocimiento válido o inválido. Podemos simplemente decir que la física es un conocimiento que podemos considerar tan válido como nos es posible considerar algo dadas nuestras limitaciones, por el hecho de que la física contemporánea funciona. En este momento estoy escribiendo estas líneas en Madrid y algunos de Uds. las van a leer en otra parte del mundo en unas pantallas de plástico. Esto constituye evidencia de que los computadores funcionan, de que internet funciona, y por lo tanto, constituye evidencia de que algo de cierto debe haber en todas las teorías sobre ondas electromagnéticas que hemos acumulado durante más de un siglo. Probablemente esas teorías tengan problemas con partículas elementales y cosas de esas. Pero por lo pronto es lo mejor que tenemos.
En el párrafo anterior utilicé muy deliberadamente la primera persona del plural. Yo no soy físico. No tengo ni idea de partículas elementales. Pero mi actividad diaria reposa sobre ese conocimiento y lo valida. Maxwell, Planck, Heisenberg, Uds mis lectores y yo, pertenecemos todos a una colectividad que ha ido acumulando evidencias, teorías y prácticas que las validan. El conocimiento es inherentemente colectivo.
Por lo tanto, el conocimiento, para poderse acumular, para podernos llevar de A a B requiere relaciones sociales, fundamentalmente, relaciones de confianza. Yo tengo que poder confiar en todo el conocimiento previo para poder seguir con mi vida. La división del trabajo nos obliga a todos a confiar en que cada uno ha hecho su parte correctamente. De otro modo yo tendría que estar permanentemente revisando los cómputos de Maxwell, Planck, y tantos otros para poder usar mi computador.
Con esto vuelvo al tema inicial. Lo que le da su carácter fascinante a las teorías conspirativas es que sus proponentes aspiran a tener conocimiento cierto sobre algo pero sin aceptar ningún lazo de confianza con nadie. El proponente de una teoría conspirativa duda de cualquier autoridad que los demás consideramos como legítima. Si le mostramos una autopsia de Elvis Presley va a decir que es falsa y que, obviamente, los falsificadores van a tratar de presentarla como verdadera. Si le mostramos las confesiones de Nuremberg sobre el Holocausto, va a decir que son falsas y que, obviamente, las autoridades Aliadas iban a mentir al respecto. Si le mostramos el video de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas va a decir que es un holograma y que, obviamente, todas las cadenas de televisión van a mentir al respecto.
Generalmente toda teoría conspirativa tiene dos puntos flacos. Primero, no existe evidencia sobre la conspiración misma. Segundo, la supuesta conspiración involucra a miles de personas, a veces muy separadas en el tiempo y el espacio, a tal punto que a los demás nos cuesta trabajo creer que todos esos participantes estén de acuerdo. Pero lo curioso es que nuestro conocimiento es un poco así. Nuestro conocimiento es resultado de la actividad de millones de personas, sin necesidad de un plan maestro. Es como si la teoría conspirativa nos ofrece una imagen de nuestro conocimiento reflejada en uno de aquellos espejos curvos de los parques de atracciones; podemos reconocer los rasgos básicos pero distorsionados grotescamente.
Este es el punto en el que el pragmatismo americano y la crítica marxista resultan ser dos lados de la misma moneda. ¿Por qué podemos confiar en el conocimiento generado por millones de personas? Porque esos millones de personas operan dentro de una comunidad, la comunidad científica, que está sujeta a unas reglas, unas tácitas, otras explícitas, que supuestamente permiten la generación de esa confianza. Se trata de reglas que regulan la interferencia del interés personal, o de los prejuicios colectivos, para garantizar, tanto como sea posible, que la producción de conocimiento funcione.
Pero ninguna comunidad humana, constituida por personas reales, va a satisfacer plenamente las condiciones ideales del pragmatismo. Esto es tanto más cierto cuanto más alejados estemos de la simple producción de conocimiento y más cerca nos encontremos de una comunidad regida por relaciones de poder.
La comunidad científica tiene relaciones de poder. Pero, por lo menos en su ideal, los abusos de poder se encuentran bajo control por el imperativo de encontrar la verdad. Digo imperativo en serio. Supuestamente, la búsqueda de la verdad es el criterio último. A manera de metáfora, pensemos en lo que ocurre en grupos humanos donde haya jerarquías pero también imperativos externos de supervivencia. Por ejemplo, una unidad militar, una flota naval, un grupo de exploradores, en fin. Dentro de ese grupo puede que haya relaciones de poder. Pero el ejercicio del poder está subordinado al fin último de la supervivencia. Por eso puede haber motines contra líderes ineptos que pongan en peligro la supervivencia del grupo. Por eso las insubordinaciones solo ocurren en contextos relativamente inocuos.
La comunidad científica ideal funciona en forma un tanto análoga (supuestamente sin latigazos, pero también los hay...). Es decir, existen relaciones de poder pero el legitimador último del poder es el éxito en la búsqueda del conocimiento.
Pero aún si existiera una comunidad científica ideal así, la sociedad como tal no funciona de esa manera. La sociedad como tal no tiene imperativos externos de éxito. La sociedad como tal no desaparece. Por lo tanto, las relaciones de poder no tienen un factor legitimador externo que mantenga a raya sus abusos. En tanto que las ideologías son formas de entender la sociedad pero sin ninguna de las condiciones de generación de una comunidad científica ideal, son vulnerables a todo tipo de contaminación por parte de los intereses particulares, los prejuicios y cosas de esas.
No se me ocurre una conclusión deslumbrante de todo esto. Pero me gusta que por fin me he logrado aclarar a mí mismo por qué es que me dan tanta curiosidad las teorías conspirativas.
Durante muchísimo tiempo la filosofía occidental partió de la base de que el conocimiento es algo que el individuo se puede apropiar totalmente mediante el uso de la razón. En el esquema de Platón, que tanto influyó sobre los sucesores, la búsqueda del conocimiento comienza por asegurarse un punto fijo (por ejemplo, la geometría euclideana) y luego aplicar sucesivas operaciones racionales, sancionadas por la lógica, para acrecentar la cantidad de conclusiones que pueden ser sabidas en forma apodíctica. A pesar de las enormes diferencias entre Platón, Aristóteles, Descartes y Kant, todos ellos comparten una noción similar. (Aunque Kant ya empieza a tener sus dudas sobre la posibilidad de que un esquema de ese estilo dé cuenta de todo lo que es necesario saber.)
Pero después de Kant ese paradigma se empieza a resquebrajar. Hegel comienza a considerar la posibilidad de que el conocimiento y la racionalidad son productos colectivos. Para Hegel el conocimiento absoluto no es accesible a un único individuo sino que es, como mínimo, algo que si acaso una formación social en su conjunto, con ciertas condiciones específicas, puede llegar a apropiarse.
De esa noción de Hegel vienen dos tradiciones distintas pero no irreconciliables: la tradición marxista sobre la crítica de las ideologías (incluida la religión) y algunos elementos del pragmatismo americano. No soy experto en pragmatismo pero me llama la atención que Dewey siempre se consideró a sí mismo como un hegeliano de izquierda.
La idea central del pragmatismo (hasta donde se me alcanza por mis pocas lecturas del asunto) es que el conocimiento es, ante todo, una actividad colectiva. Por lo tanto, no existe un árbitro del conocimiento inmanente a la conciencia sino que el conocimiento se valida únicamente por su éxito en llevarnos (colectivamente) de A a B.
Por ejemplo, lo que le da su status de conocimiento a la física contemporánea no es que sea resultado de una serie de operaciones lógicas o de que tenga un cuerpo axiomático cierto. De hecho, es muy probable que el cuerpo axiomático de la física esté equivocado, cosa que admiten los mismos físicos. Lo que hace que la física contemporánea sea conocimiento es su éxito. Es decir, no podemos decir que la física es conocimiento válido o inválido. Podemos simplemente decir que la física es un conocimiento que podemos considerar tan válido como nos es posible considerar algo dadas nuestras limitaciones, por el hecho de que la física contemporánea funciona. En este momento estoy escribiendo estas líneas en Madrid y algunos de Uds. las van a leer en otra parte del mundo en unas pantallas de plástico. Esto constituye evidencia de que los computadores funcionan, de que internet funciona, y por lo tanto, constituye evidencia de que algo de cierto debe haber en todas las teorías sobre ondas electromagnéticas que hemos acumulado durante más de un siglo. Probablemente esas teorías tengan problemas con partículas elementales y cosas de esas. Pero por lo pronto es lo mejor que tenemos.
En el párrafo anterior utilicé muy deliberadamente la primera persona del plural. Yo no soy físico. No tengo ni idea de partículas elementales. Pero mi actividad diaria reposa sobre ese conocimiento y lo valida. Maxwell, Planck, Heisenberg, Uds mis lectores y yo, pertenecemos todos a una colectividad que ha ido acumulando evidencias, teorías y prácticas que las validan. El conocimiento es inherentemente colectivo.
Por lo tanto, el conocimiento, para poderse acumular, para podernos llevar de A a B requiere relaciones sociales, fundamentalmente, relaciones de confianza. Yo tengo que poder confiar en todo el conocimiento previo para poder seguir con mi vida. La división del trabajo nos obliga a todos a confiar en que cada uno ha hecho su parte correctamente. De otro modo yo tendría que estar permanentemente revisando los cómputos de Maxwell, Planck, y tantos otros para poder usar mi computador.
Con esto vuelvo al tema inicial. Lo que le da su carácter fascinante a las teorías conspirativas es que sus proponentes aspiran a tener conocimiento cierto sobre algo pero sin aceptar ningún lazo de confianza con nadie. El proponente de una teoría conspirativa duda de cualquier autoridad que los demás consideramos como legítima. Si le mostramos una autopsia de Elvis Presley va a decir que es falsa y que, obviamente, los falsificadores van a tratar de presentarla como verdadera. Si le mostramos las confesiones de Nuremberg sobre el Holocausto, va a decir que son falsas y que, obviamente, las autoridades Aliadas iban a mentir al respecto. Si le mostramos el video de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas va a decir que es un holograma y que, obviamente, todas las cadenas de televisión van a mentir al respecto.
Generalmente toda teoría conspirativa tiene dos puntos flacos. Primero, no existe evidencia sobre la conspiración misma. Segundo, la supuesta conspiración involucra a miles de personas, a veces muy separadas en el tiempo y el espacio, a tal punto que a los demás nos cuesta trabajo creer que todos esos participantes estén de acuerdo. Pero lo curioso es que nuestro conocimiento es un poco así. Nuestro conocimiento es resultado de la actividad de millones de personas, sin necesidad de un plan maestro. Es como si la teoría conspirativa nos ofrece una imagen de nuestro conocimiento reflejada en uno de aquellos espejos curvos de los parques de atracciones; podemos reconocer los rasgos básicos pero distorsionados grotescamente.
Este es el punto en el que el pragmatismo americano y la crítica marxista resultan ser dos lados de la misma moneda. ¿Por qué podemos confiar en el conocimiento generado por millones de personas? Porque esos millones de personas operan dentro de una comunidad, la comunidad científica, que está sujeta a unas reglas, unas tácitas, otras explícitas, que supuestamente permiten la generación de esa confianza. Se trata de reglas que regulan la interferencia del interés personal, o de los prejuicios colectivos, para garantizar, tanto como sea posible, que la producción de conocimiento funcione.
Pero ninguna comunidad humana, constituida por personas reales, va a satisfacer plenamente las condiciones ideales del pragmatismo. Esto es tanto más cierto cuanto más alejados estemos de la simple producción de conocimiento y más cerca nos encontremos de una comunidad regida por relaciones de poder.
La comunidad científica tiene relaciones de poder. Pero, por lo menos en su ideal, los abusos de poder se encuentran bajo control por el imperativo de encontrar la verdad. Digo imperativo en serio. Supuestamente, la búsqueda de la verdad es el criterio último. A manera de metáfora, pensemos en lo que ocurre en grupos humanos donde haya jerarquías pero también imperativos externos de supervivencia. Por ejemplo, una unidad militar, una flota naval, un grupo de exploradores, en fin. Dentro de ese grupo puede que haya relaciones de poder. Pero el ejercicio del poder está subordinado al fin último de la supervivencia. Por eso puede haber motines contra líderes ineptos que pongan en peligro la supervivencia del grupo. Por eso las insubordinaciones solo ocurren en contextos relativamente inocuos.
La comunidad científica ideal funciona en forma un tanto análoga (supuestamente sin latigazos, pero también los hay...). Es decir, existen relaciones de poder pero el legitimador último del poder es el éxito en la búsqueda del conocimiento.
Pero aún si existiera una comunidad científica ideal así, la sociedad como tal no funciona de esa manera. La sociedad como tal no tiene imperativos externos de éxito. La sociedad como tal no desaparece. Por lo tanto, las relaciones de poder no tienen un factor legitimador externo que mantenga a raya sus abusos. En tanto que las ideologías son formas de entender la sociedad pero sin ninguna de las condiciones de generación de una comunidad científica ideal, son vulnerables a todo tipo de contaminación por parte de los intereses particulares, los prejuicios y cosas de esas.
No se me ocurre una conclusión deslumbrante de todo esto. Pero me gusta que por fin me he logrado aclarar a mí mismo por qué es que me dan tanta curiosidad las teorías conspirativas.
¡Felicitaciones Medófilo!
Hace unos días Medófilo Medina (no, no somos parientes) envió una carta abierta a Alfonso Cano. Es una carta excelente por sí misma pero además hace parte de una idea de más largo plazo que viene desde los tiempos de "Colombian@s por la Paz." En aquel entonces la idea de varios que participamos en el asunto era establecer cierta interlocución ciudadana con las FARC. Hay que recordar el contexto: el gobierno Uribe había cerrado todo tipo de mecanismo de interlocución (ni siquiera hablo de diálogo o negociación) y se empeñaba en calificar a todo disidente de auxiliador del terrorismo. Pero en toda guerra es importante que haya mecanismos políticos. Las "cartas abiertas a las FARC" de aquella época eran un intento por crear un mecanismo de ese estilo. Las cosas se fueron diluyendo, cosa que me decepcionó. Pero ahora veo que Medófilo sigue trabajando en esa idea. Excelente. El es la persona idónea para abrir trocha: tiene los quilates intelectuales, conoce a las FARC como pocos, las entiende a la vez que las critica, es civilista y pacifista intachable, es progresista. Desde acá le envío una felicitación. Si este diálogo crece, es algo en lo que todos debemos aportar algo.
Saturday, July 9, 2011
Ahh, Pensar que Estados Unidos Alguna Vez Tuvo Un Presidente Así...
Lectores de este blog saben lo que pienso de FDR (el gran estadista del siglo XX). Ahora viendo como Obama se va rindiendo cada vez más ante el Peor Partido Político del Mundo, Ronald Dworkin nos recuerda este episodio. Definitivamente eran otros tiempos.
Thursday, July 7, 2011
No Entiendo Qué Es un "Evento Crediticio."
A medida que la crisis griega sigue su curso ineluctable hacia la reestructuración (inserten aquí Uds. su propio símil erudito con su tragedia clásica predilecta), nos vamos enterando de más detalles sobre los mecanismos finos del asunto. Una de las cosas que me han llamado la atención es que, según todos los recuentos, lo que puede ocurrir en cualquier momento es: Grecia toma algún paso que no esté previsto en los contratos de los bonos e inmediatamente las agencias calificadoras declaran un "evento crediticio" y comienza el show.
La pregunta que me hago (y no soy el único) es: ¿por qué diablos a estas alturas del partido todavía las agencias calificadoras tienen el poder de declarar cualquier cosa? ¿Por qué diablos los actores relevantes siguen escuchando lo que dicen las agencias calificadoras? Estas son las mismas agencias calificadoras que hasta hace poco estaban diciendo que hipotecas inmobiliarias titularizadas ¡tenían el mismo riesgo que los bonos del Tesoro de Estados Unidos! Por una fracción de la millonada de dólares que se ganaron diciendo eso yo hubiera podido dar un estimativo mejor. Un chimpancé escogiendo timbres al azar hubiera dado un estimativo mejor.
Si hablamos de responsabilidad institucional, esto es de lo peor que hemos visto. Podemos criticar todo lo que queramos a la Iglesia Católica. Pero por lo menos, cuando se descubrieron los manejos oscuros del Cardenal Law en Boston, en materia de cómo tratar con sacerdotes acusados de pedofilia, el Cardenal Law cesó sus funciones. Nadie volvió a prestar atención a sus opiniones sobre nada. Podemos criticar la Administración de Samuel Moreno todo lo que queramos (y lo que se merece), pero nadie está pensando en nombrar a Samuel Moreno como interventor de ninguna obra. En cambio en este caso, las mismas firmas calificadoras siguen encargadas del mismo trabajo. Y los mercados siguen pendientes de ellas. No entiendo.
La pregunta que me hago (y no soy el único) es: ¿por qué diablos a estas alturas del partido todavía las agencias calificadoras tienen el poder de declarar cualquier cosa? ¿Por qué diablos los actores relevantes siguen escuchando lo que dicen las agencias calificadoras? Estas son las mismas agencias calificadoras que hasta hace poco estaban diciendo que hipotecas inmobiliarias titularizadas ¡tenían el mismo riesgo que los bonos del Tesoro de Estados Unidos! Por una fracción de la millonada de dólares que se ganaron diciendo eso yo hubiera podido dar un estimativo mejor. Un chimpancé escogiendo timbres al azar hubiera dado un estimativo mejor.
Si hablamos de responsabilidad institucional, esto es de lo peor que hemos visto. Podemos criticar todo lo que queramos a la Iglesia Católica. Pero por lo menos, cuando se descubrieron los manejos oscuros del Cardenal Law en Boston, en materia de cómo tratar con sacerdotes acusados de pedofilia, el Cardenal Law cesó sus funciones. Nadie volvió a prestar atención a sus opiniones sobre nada. Podemos criticar la Administración de Samuel Moreno todo lo que queramos (y lo que se merece), pero nadie está pensando en nombrar a Samuel Moreno como interventor de ninguna obra. En cambio en este caso, las mismas firmas calificadoras siguen encargadas del mismo trabajo. Y los mercados siguen pendientes de ellas. No entiendo.
La Constitución Colombiana Cumple 20 Años. (IV)
Termina su artículo Daniel García-Peña señalando que hoy en día las dos fuerzas políticas más interesadas en una nueva constituyente son la extrema derecha del uribismo (para poder hacer su restauración bonapartista) y la extrema izquierda de las FARC. Eso me puso a pensar porque yo mismo he defendido en algunas ocasiones la posibilidad de ofrecerle a las FARC algunas reformas constitucionales si es preciso para acabar el conflicto armado.
De pronto me toca cambiar de opinión no lo sé. Se me viene a la cabeza la frase de Keynes tan citada en estos días: "Cuando los hechos cambian, yo cambio de parecer. ¿Ud. qué hace?"
Desde hace años he creído que el conflicto armado con las FARC se puede y se debe acabar mediante una vía política que incluya reformas importantes a la economía política del país. Por ejemplo, si yo pudiera hacer reformas constitucionales con una varita mágica, yo incluiría el principio de renta básica en la constitución, para no dejarlo al arbitrio del gobierno de turno. En mi mundo ideal, cada gobierno podría decidir cuánta renta básica garantizar, cómo recaudarla, cómo redistribuirla, pero no podría simplemente burlar el principio general. Si además uno pudiera convencer a las FARC de que eso, junto con otros cambios en materia de recursos naturales y erradicación de droga y cosas de esas, es el mejor acuerdo que van a obtener en los próximos 50 años y, como resultado, las llevara a dejar las armas y volverse partido político, yo estaría de plácemes.
Pero los procesos políticos no se diseñan en un blog y por lo tanto ahora nos encontramos con que el uribismo también le ha cogido el "gustico" (para usar términos de su jefe) a las reformas constitucionales. De modo que las opciones han cambiado. A mi me atraía la idea de un paquete muy reducido pero audaz de reformas constitucionales que sirvieran para profundizar la democracia y al mismo tiempo asegurar la paz. Ahora en cambio lo que empieza a proponerse desde el uribismo es un proceso constituyente mucho más ambicioso con unos propósitos distintos.
No se me ocurre una forma más ignominiosa de enterrar la Constitución del 91 que dejándola en el medio de los zarpazos de la izquierda armada y la extrema derecha de origen paramilitar. La Constitución es reformable, como ya lo dije. Pero creo que el punto de partida debería ser que ella tiene la primacía, ella tiene más legitimidad que cualquier otro proyecto político. Quien quiera reformarla tiene primero que mostrarle respeto y aceptar que cualquier proceso de reformas es una concesión y que, por eso mismo, debe ser limitado en sus propósitos y alcances y no debe ir a contramano de los principios cardinales del estado social de derecho. Para decirlo en términos prácticos: reforma constitucional, sí, pero pequeña, asamblea constituyente, no.
De hecho, aunque no soy experto en derecho constitucional, me da la impresión de que muchísimas de las cosas que se le podrían ofrecer a las FARC (como las que mencioné atrás) se pueden hacer sin necesidad de una reforma constitucional. Es más asunto de voluntad política.
Ya metidos a pensar en esto, me queda una pregunta suelta: el régimen semi-parlamentario. A mí desde hace mucho me han gustado los regímenes parlamentarios. La inmensa mayoría de las grandes democracias del mundo son regímenes parlamentarios (la excepción más prominente es Estados Unidos). Esas democracias son más igualitarias, más prósperas, más respetuosas de los derechos individuales que el resto del mundo. No. No soy tan torpe como para no darme cuenta que la prosperidad, la democracia, la igualdad y todas esas maravillas no son resultado del régimen parlamentario. Pero claramente un régimen parlamentario es compatible con ellas.
Entonces, desde hace mucho, es más desde antes del 91, me he preguntado si no sería buena idea adoptar un régimen parlamentario. Como sé que en Colombia eso es imposible, me he preguntado si no sería buena idea una aproximación: un régimen semi-parlamentario, como el de Francia.
Pues resulta que ahora en Colombia son los uribistas los grandes abanderados del régimen semiparlamentario. Uribe, calculan ellos, sería el perfecto Putin y solo sería cuestión de buscarle un Medvedev que le haga el mandado. (Aunque en la vida real el dúo Putin-Medvedev no funciona en forma tan acompasada.)
No sé qué pensar. Pero creo que si uno cree en unos principios constitucionales debe defenderlos independientemente de que gente en la otra orilla ideológica se pueda beneficiar de ellos. Si uno, como yo, es izquierdista y cree que un régimen semi-parlamentario es deseable (por razones que tengo que pensar mejor) no debería dejar de defender esa idea porque coyunturalmente Uribe y su bando puedan sacarle partido. Los principios constitucionales deben ser neutrales ante esta clase de consideraciones. Por ahora dejo ahí. Claramente tengo que pensar mejor algunos aspectos de este asunto.
De pronto me toca cambiar de opinión no lo sé. Se me viene a la cabeza la frase de Keynes tan citada en estos días: "Cuando los hechos cambian, yo cambio de parecer. ¿Ud. qué hace?"
Desde hace años he creído que el conflicto armado con las FARC se puede y se debe acabar mediante una vía política que incluya reformas importantes a la economía política del país. Por ejemplo, si yo pudiera hacer reformas constitucionales con una varita mágica, yo incluiría el principio de renta básica en la constitución, para no dejarlo al arbitrio del gobierno de turno. En mi mundo ideal, cada gobierno podría decidir cuánta renta básica garantizar, cómo recaudarla, cómo redistribuirla, pero no podría simplemente burlar el principio general. Si además uno pudiera convencer a las FARC de que eso, junto con otros cambios en materia de recursos naturales y erradicación de droga y cosas de esas, es el mejor acuerdo que van a obtener en los próximos 50 años y, como resultado, las llevara a dejar las armas y volverse partido político, yo estaría de plácemes.
Pero los procesos políticos no se diseñan en un blog y por lo tanto ahora nos encontramos con que el uribismo también le ha cogido el "gustico" (para usar términos de su jefe) a las reformas constitucionales. De modo que las opciones han cambiado. A mi me atraía la idea de un paquete muy reducido pero audaz de reformas constitucionales que sirvieran para profundizar la democracia y al mismo tiempo asegurar la paz. Ahora en cambio lo que empieza a proponerse desde el uribismo es un proceso constituyente mucho más ambicioso con unos propósitos distintos.
No se me ocurre una forma más ignominiosa de enterrar la Constitución del 91 que dejándola en el medio de los zarpazos de la izquierda armada y la extrema derecha de origen paramilitar. La Constitución es reformable, como ya lo dije. Pero creo que el punto de partida debería ser que ella tiene la primacía, ella tiene más legitimidad que cualquier otro proyecto político. Quien quiera reformarla tiene primero que mostrarle respeto y aceptar que cualquier proceso de reformas es una concesión y que, por eso mismo, debe ser limitado en sus propósitos y alcances y no debe ir a contramano de los principios cardinales del estado social de derecho. Para decirlo en términos prácticos: reforma constitucional, sí, pero pequeña, asamblea constituyente, no.
De hecho, aunque no soy experto en derecho constitucional, me da la impresión de que muchísimas de las cosas que se le podrían ofrecer a las FARC (como las que mencioné atrás) se pueden hacer sin necesidad de una reforma constitucional. Es más asunto de voluntad política.
Ya metidos a pensar en esto, me queda una pregunta suelta: el régimen semi-parlamentario. A mí desde hace mucho me han gustado los regímenes parlamentarios. La inmensa mayoría de las grandes democracias del mundo son regímenes parlamentarios (la excepción más prominente es Estados Unidos). Esas democracias son más igualitarias, más prósperas, más respetuosas de los derechos individuales que el resto del mundo. No. No soy tan torpe como para no darme cuenta que la prosperidad, la democracia, la igualdad y todas esas maravillas no son resultado del régimen parlamentario. Pero claramente un régimen parlamentario es compatible con ellas.
Entonces, desde hace mucho, es más desde antes del 91, me he preguntado si no sería buena idea adoptar un régimen parlamentario. Como sé que en Colombia eso es imposible, me he preguntado si no sería buena idea una aproximación: un régimen semi-parlamentario, como el de Francia.
Pues resulta que ahora en Colombia son los uribistas los grandes abanderados del régimen semiparlamentario. Uribe, calculan ellos, sería el perfecto Putin y solo sería cuestión de buscarle un Medvedev que le haga el mandado. (Aunque en la vida real el dúo Putin-Medvedev no funciona en forma tan acompasada.)
No sé qué pensar. Pero creo que si uno cree en unos principios constitucionales debe defenderlos independientemente de que gente en la otra orilla ideológica se pueda beneficiar de ellos. Si uno, como yo, es izquierdista y cree que un régimen semi-parlamentario es deseable (por razones que tengo que pensar mejor) no debería dejar de defender esa idea porque coyunturalmente Uribe y su bando puedan sacarle partido. Los principios constitucionales deben ser neutrales ante esta clase de consideraciones. Por ahora dejo ahí. Claramente tengo que pensar mejor algunos aspectos de este asunto.
La Constitución Colombiana Cumple 20 Años. (III)
Sí ya sé: el cumpleaños ya pasó. Pero tratándose de una constitución, no tiene nada malo seguirlo celebrando después de la fecha exacta.
Cuando comencé esta miniserie sobre la Constitución del 91 lo hice motivado por los artículos de economistas, especialmente de corte neoliberal como Carrasquilla y Montenegro. Aún no me he referido, como me lo proponía, al artículo de Carrasquilla. Pero mientras más lo pienso más difícil me queda porque veo que en él Carrasquilla repite uno de sus argumentos centrales y ese argumento nunca lo he podido entender.
Según Carrasquilla, el problema de la desigualdad en Colombia es ante todo, un problema de informalidad. No está mal como punto de partida. Pero yo en mi ingenuidad pensaría que si ese es el problema, la solución es aumentar el alcance de la formalidad, extendiendo las garantías del empleo formal mediante una agresiva regulación de los mercados laborales, precisamente para obligar a los empleadores a ofrecer empleo formal. Yo en mi ingenuidad pensaría que las fuerzas del mercado por sí mismas no crean empleo formal para todos. Algunas personas tienen suficiente capacidad de negociación en el mercado laboral para obtener condiciones maravillosas: vacaciones pagadas, servicio médico, flexibilidad de horario, en fin. Pero no todas tienen esa capacidad porque no todas tienen acceso a títulos de educación superior y cosas de esas. Entonces, a esas personas el mercado por sí solo no les permite contratos estables y de buena calidad. ¿Cómo lo sé? Porque la legislación laboral en Colombia no le prohibe a ningún empleador ofrecer de su bolsillo toda clase de prebendas. Y sin embargo, los que no están obligados, no lo hacen.
Carrasquilla, en cambio, cree que la solución es liberalizar aún más el mercado laboral. Presuntamente existe algún mecanismo oculto, contraintuitivo, que hace que mientras más libre el mercado laboral, mayor va a ser la cobertura de contratos formales. No entiendo. En mi ingenuidad, me parece como si uno dijera: "la escandalosa desigualdad en la tasa de supervivencia al naufragio del Titanic se debe a que había unos cuantos privilegiados que pudieron acceder a botes salvavidas." Cierto. Pero entonces la solución es crear más botes salvavidas. No abolir su instalación. Ingenuo que soy yo.
Luego Carrasquilla arremete contra el Estado del bienestar para la clase media que se ha ido creando a la sombra de la Constitución. Viejo debate. Pero voy a tratar de enfocarlo desde otro ángulo.
Para neoliberales como Carrasquilla, el ideal normativo es el mercado. El problema es que el mercado genera desigualdades que, con el tiempo, pueden llegar a crear problemas de deslegitimidad política. Para eso hay varias posibles soluciones. Primera, represión. El pinochetismo de Hayek se debía en buena medida a que para él esa era la solución más sensata al "problema" del exceso de socialistas que dejó regados el régimen de Allende. Obviamente esta solución es solo para casos extremos. Segunda, predicación. Es decir, si logramos convencer a las masas de que la igualdad no es importante y que los pobres tienen la culpa de su propia condición, el problema de legitimidad del mercado desaparece. Lo que pasa es que esa solución toma mucho tiempo y casi nunca funciona del todo bien, como para evitar tener que apelar a la primera. Entonces, la tercera opción es: redistribución. Tomar las medidas económicas necesarias para aliviar la desigualdad en la medida que sea necesario para mantener la legitimidad del mercado.
Para socialistas como yo el mercado no es un ideal normativo. Es un mecanismo de asignación de recursos con excelentes propiedades y que, sí, contribuye a la autorealización de muchos individuos. Por lo tanto, una sociedad justa tiene que tener mercados. Pero eso no quiere decir que el mercado sea la estrella polar en el firmamento de la justicia en torno a la cual giran los demás cuerpos celestes. Para nosotros el mercado debe coexistir con otros principios. Uno de esos principios es el de la propiedad colectiva sobre la riqueza de la sociedad. Esto implica que todos los ciudadanos deben ser partícipes de los mecanismos de "redistribución." Uso redistribución entre comillas porque desde este punto de vista, no se trata de que exista una distribución originaria, incontaminada (la del mercado) que luego vamos a ensuciar mediante medidas de política pública. Al contrario, desde este punto de vista, la salud pública, la educación pública, todas esas cosas, son de legítima propiedad de todos. Resulta ser que el Estado es el mecanismo para entregarla pero eso no cambia el hecho de que los propietarios son todos los ciudadanos. Por lo tanto, en este esquema es de esperarse que también la clase media sea beneficiaria de subsidios y cosas de esas. Podemos discutir si el actual sistema le está entregando a la clase media más subsidios de los que debería. Pero eso no impugna el principio básico de universalidad.
Lo curioso de este debate es que ni la posición de Carrasquilla ni la mía son directamente relevantes a la hora de evaluar la Constitución del 91. Como bien lo dice hoy Rodolfo Arango (hace años que no lo veo, si lee esto, le mando un saludo), la Constitución colombiana no es ni socialista ni neoliberal: es un acuerdo político básico que, deliberadamente, deja abiertos estos debates para que sea el proceso político el que los decida. Lo que pasa es que en los últimos 20 años las fuerzas alineadas con Carrasquilla han ganado más batallas políticas que las fuerzas de inspiración socialista o social demócrata.
Curiosamente, no han ganado tanto como para dejar a Carrasquilla satisfecho. Eso es normal. Para Carrasquilla siempre habrá demasiada intervención estatal y para mí, a menos que Colombia se convirtiera en una Suecia tropical, siempre habrá demasiada desigualdad.
Cambiando de tema, pero para ir redondeando esta serie sobre la Constitución del 91, hace mucho he pensado una cosa que le leí en estos días a Daniel García-Peña: esa Constitución es resultado de un pacto político, no de una guerra civil ni de una revolución. Hoy en día procesos similares se han ido volviendo relativamente normales en América Latina. Venezuela, Ecuador y Bolivia han tenido profundas reformas constitucionales en los últimos años. Pero que en 1991, a escasos dos años de acabarse la guerra fría, en medio de una escalada de violencia terrorista sin precedentes, el país le hubiera apostado a un ejercicio constitucional de ese estilo es algo de lo cual los colombianos deberíamos estar orgullosos.
Cuando comencé esta miniserie sobre la Constitución del 91 lo hice motivado por los artículos de economistas, especialmente de corte neoliberal como Carrasquilla y Montenegro. Aún no me he referido, como me lo proponía, al artículo de Carrasquilla. Pero mientras más lo pienso más difícil me queda porque veo que en él Carrasquilla repite uno de sus argumentos centrales y ese argumento nunca lo he podido entender.
Según Carrasquilla, el problema de la desigualdad en Colombia es ante todo, un problema de informalidad. No está mal como punto de partida. Pero yo en mi ingenuidad pensaría que si ese es el problema, la solución es aumentar el alcance de la formalidad, extendiendo las garantías del empleo formal mediante una agresiva regulación de los mercados laborales, precisamente para obligar a los empleadores a ofrecer empleo formal. Yo en mi ingenuidad pensaría que las fuerzas del mercado por sí mismas no crean empleo formal para todos. Algunas personas tienen suficiente capacidad de negociación en el mercado laboral para obtener condiciones maravillosas: vacaciones pagadas, servicio médico, flexibilidad de horario, en fin. Pero no todas tienen esa capacidad porque no todas tienen acceso a títulos de educación superior y cosas de esas. Entonces, a esas personas el mercado por sí solo no les permite contratos estables y de buena calidad. ¿Cómo lo sé? Porque la legislación laboral en Colombia no le prohibe a ningún empleador ofrecer de su bolsillo toda clase de prebendas. Y sin embargo, los que no están obligados, no lo hacen.
Carrasquilla, en cambio, cree que la solución es liberalizar aún más el mercado laboral. Presuntamente existe algún mecanismo oculto, contraintuitivo, que hace que mientras más libre el mercado laboral, mayor va a ser la cobertura de contratos formales. No entiendo. En mi ingenuidad, me parece como si uno dijera: "la escandalosa desigualdad en la tasa de supervivencia al naufragio del Titanic se debe a que había unos cuantos privilegiados que pudieron acceder a botes salvavidas." Cierto. Pero entonces la solución es crear más botes salvavidas. No abolir su instalación. Ingenuo que soy yo.
Luego Carrasquilla arremete contra el Estado del bienestar para la clase media que se ha ido creando a la sombra de la Constitución. Viejo debate. Pero voy a tratar de enfocarlo desde otro ángulo.
Para neoliberales como Carrasquilla, el ideal normativo es el mercado. El problema es que el mercado genera desigualdades que, con el tiempo, pueden llegar a crear problemas de deslegitimidad política. Para eso hay varias posibles soluciones. Primera, represión. El pinochetismo de Hayek se debía en buena medida a que para él esa era la solución más sensata al "problema" del exceso de socialistas que dejó regados el régimen de Allende. Obviamente esta solución es solo para casos extremos. Segunda, predicación. Es decir, si logramos convencer a las masas de que la igualdad no es importante y que los pobres tienen la culpa de su propia condición, el problema de legitimidad del mercado desaparece. Lo que pasa es que esa solución toma mucho tiempo y casi nunca funciona del todo bien, como para evitar tener que apelar a la primera. Entonces, la tercera opción es: redistribución. Tomar las medidas económicas necesarias para aliviar la desigualdad en la medida que sea necesario para mantener la legitimidad del mercado.
Para socialistas como yo el mercado no es un ideal normativo. Es un mecanismo de asignación de recursos con excelentes propiedades y que, sí, contribuye a la autorealización de muchos individuos. Por lo tanto, una sociedad justa tiene que tener mercados. Pero eso no quiere decir que el mercado sea la estrella polar en el firmamento de la justicia en torno a la cual giran los demás cuerpos celestes. Para nosotros el mercado debe coexistir con otros principios. Uno de esos principios es el de la propiedad colectiva sobre la riqueza de la sociedad. Esto implica que todos los ciudadanos deben ser partícipes de los mecanismos de "redistribución." Uso redistribución entre comillas porque desde este punto de vista, no se trata de que exista una distribución originaria, incontaminada (la del mercado) que luego vamos a ensuciar mediante medidas de política pública. Al contrario, desde este punto de vista, la salud pública, la educación pública, todas esas cosas, son de legítima propiedad de todos. Resulta ser que el Estado es el mecanismo para entregarla pero eso no cambia el hecho de que los propietarios son todos los ciudadanos. Por lo tanto, en este esquema es de esperarse que también la clase media sea beneficiaria de subsidios y cosas de esas. Podemos discutir si el actual sistema le está entregando a la clase media más subsidios de los que debería. Pero eso no impugna el principio básico de universalidad.
Lo curioso de este debate es que ni la posición de Carrasquilla ni la mía son directamente relevantes a la hora de evaluar la Constitución del 91. Como bien lo dice hoy Rodolfo Arango (hace años que no lo veo, si lee esto, le mando un saludo), la Constitución colombiana no es ni socialista ni neoliberal: es un acuerdo político básico que, deliberadamente, deja abiertos estos debates para que sea el proceso político el que los decida. Lo que pasa es que en los últimos 20 años las fuerzas alineadas con Carrasquilla han ganado más batallas políticas que las fuerzas de inspiración socialista o social demócrata.
Curiosamente, no han ganado tanto como para dejar a Carrasquilla satisfecho. Eso es normal. Para Carrasquilla siempre habrá demasiada intervención estatal y para mí, a menos que Colombia se convirtiera en una Suecia tropical, siempre habrá demasiada desigualdad.
Cambiando de tema, pero para ir redondeando esta serie sobre la Constitución del 91, hace mucho he pensado una cosa que le leí en estos días a Daniel García-Peña: esa Constitución es resultado de un pacto político, no de una guerra civil ni de una revolución. Hoy en día procesos similares se han ido volviendo relativamente normales en América Latina. Venezuela, Ecuador y Bolivia han tenido profundas reformas constitucionales en los últimos años. Pero que en 1991, a escasos dos años de acabarse la guerra fría, en medio de una escalada de violencia terrorista sin precedentes, el país le hubiera apostado a un ejercicio constitucional de ese estilo es algo de lo cual los colombianos deberíamos estar orgullosos.
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