Friday, August 5, 2011

¡¡Y Llegó el Histórico Agosto del 2011!!

Cuando dije hace unos días que sus nietos les preguntarían sobre Agosto del 2011, lo hice en parte en chiste. En realidad las probabilidades de que Estados Unidos declararan impago de la deuda nunca fueron muy altas. Pero aunque se evitó el impago, las consecuencias de la batalla del déficit ya se han hecho sentir y lo que viene parece ser, en el largo plazo, tanto o más grave que el impago.

Las noticias inmediatas no son buenas. Como ya sabrán, hoy las bolsas del mundo tuvieron un día fatal; la recesión en las potencias industrializadas va para largo. Pero eso no es todo. Recesiones vienen y van. Lo que me llama la atención es que esta recesión de ahora, aparte de ser mucho más prolongada y profunda que las que la precedieron, parece ser simultáneamente efecto y causa de un severo traumatismo en la estructura política de Estados Unidos y eso tiene implicaciones en todo el mundo.

Está bien, no hubo impago. Pero ya quedó sentado el precedente de que cada vez será más probable una crisis de deuda de Estados Unidos. El Partido Republicano ya ha dejado claro que de ahora en adelante esa será su forma de operar: creando una crisis de deuda cada que no se le hagan las concesiones que considere necesarias.

Sería fácil decir que esto es simplemente problema del extremismo ideológico del Partido Republicano. Pero la pregunta es a qué se debe ese extremismo y qué nos dice sobre el sistema político norteamericano.

Durante la crisis de la deuda, el Partido Republicano hizo algo muy extraño: puso en peligro los intereses de Wall Street. Los bonos del Tesoro de Estados Unidos son la barra de iridio del sistema financiero mundial; son el activo de riesgo cero que todo inversionista necesita tener a su disposición cuando quiera diversificar riesgos. Hay otros países capaces de emitir bonos de riesgo cero, pero no en las magnitudes necesarios para mantener los mercados mundiales funcionando. Afectar la credibilidad de la deuda estadounidense sería un golpe durísimo a las finanzas del mundo entero. Y sin embargo el Partido Republicano, siempre tan obsecuente con los intereses plutocráticos, estuvo considerando la posibilidad de hacerlo. ¿Por qué?

Se me ocurre una explicación. En su ascenso a superpotencia mundial, los Estados Unidos contaron con motores económicos de altísima propulsión en el sector real. Una economía muy diversificada, con gran riqueza en recursos naturales pero a la vez líder mundial en innovación, el gran productor de manufacturas, el gran exportador y gran importador del mundo y por tanto, el garante del libre comercio global. Al mismo tiempo, el sector financiero cumplía el papel de leal y diligente transportador de capital pero nunca ocupando un papel protagónico. Fiel al estereotipo de los banqueros que viene desde la edad media, el sector financiero operaba lejos del escenario. Se le visitaba de noche, cuando nadie lo viera a uno para no dar la impresión de que se necesitaba.

Las cosas han cambiado en los últimos treinta años y ahora el sector financiero norteamericano es, no solamente el que más ganancias genera, sino que también sus servicios son una de las exportaciones más cuantiosas de Estados Unidos. Ya hemos visto las consecuencias económicas de esa expansión. Pero ahora quiero discutir la economía política de ese proceso.

El sector financiero ha adquirido un enorme peso político en el sistema norteamericano. Cuando vino la crisis del 2008, tanto Paulson como su sucesor Geithner mostraron que su prioridad como Secretarios del Tesoro era cuidar los intereses de la banca, así sus jefes incurrieran en un altísimo costo político. (Buen negocio para Bush que ya estaba de salida, pésimo negocio para Obama que hasta ahora empezaba.)

Pero el poder político del sector financiero tiene una morfología similar a la de su poder económico. Se trata de un sector muchísimo más concentrado, con instituciones de alcance nacional y global que la enorme dispersión de pequeños bancos regionales que tipificó al sector hasta los 80s. Por tanto, el sector financiero tiene aliados políticos muy poderosos, pero todos ellos son actores de alcance nacional. En contraste, los otros sectores de la economía tienen apoyos políticos regionales.

El Presidente (cualquiera que sea), su Secretario del Tesoro (cualquiera que sea), el Presidente de la Reserva Federal, los dirigentes nacionales de ambos partidos, senadores importantes son todos defensores incondicionales de los bancos. En cambio, los dirigentes regionales, por ejemplo, representantes a la Cámara, obtienen enormes réditos políticos atacándolos.

Pero esto genera una escisión en el bloque de poder como lo muestra la división interna del Partido Republicano. Se trata, sin duda, de un partido plutocrático. Pero es que ahora hay varias formas de ser plutócrata. La facción más "provinciana" del Partido se alineó con los intereses de empresarios manufactureros de distintos tamaños en contra de cualquier aumento de impuestos mientras que la dirigencia de alcance nacional trató de mostrarse más conciliadora.

Cuando el sector financiero era pequeño, cuando las empresas dependían mucho más de su ahorro interno para financiarse, el problema de la deuda pública se manejaba dentro de cauces claros. A los empresarios no les gustaba pagar impuestos (obvio) pero reconocían que gracias a esos impuestos podían acceder a la caja fuerte más inexpugnable jamás construida por el ser humano: los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Pero ahora los beneficiarios y los que corren los costos son distintos y esto genera conflicto.

Las repercusiones políticas de este nuevo conflicto amenazan con tornarse muy serias. Estados Unidos dio muestras de ser una democracia disfuncional donde no hay ningún actor político capaz de inducir cohesión entre su clase dirigente. La facción del Tea Party fue capaz de imponer un ajuste fiscal violentamente procíclico, en el peor momento posible, sin tener más del 25% de la Cámara de Representantes: no se me vienen a la mente muchos casos similares en la historia política de Estados Unidos en que una minoría obtenga tanto. La última vez que pasó algo similar fue cuando los segregacionistas blancos del Sur bloquearon los avances en derechos civiles durante los 50s, cosa que resulta particularmente curiosa si tenemos en cuenta que el Tea Party deriva buena parte de su apoyo político de, precisamente, los blancos del Sur.

Es probable que la democracia norteamericana no vuelva a ser la misma después de estas fracturas. Pero hay un elemento muy curioso, de enormes consecuencias globales. Históricamente, la democracia norteamericana ha funcionado, como toda democracia, otorgándole poder desproporcionado a ciertos grupos económicos. En los albores de la República, Hamilton hizo lo posible por crear una clase de acreedores del gobierno que fuera la encargada de garantizar el orden fiscal. A finales del siglo XIX el gran capital del Noreste fue capaz de imponer su agenda de moneda firme, oligopolización ferroviaria y disciplina capitalista en el mercado laboral, por encima de las objeciones del resto. Así se consolidaron los grandes capitales que luego proyectarían la influencia de Estados Unidos en el mundo.

Pero lo que estamos viendo ahora es que los grupos minoritarios que están adquiriendo poder de veto en la política norteamericana son económicamente retrógrados. Los sectores de derecha que más ganaron en la batalla del déficit representan generalmente sectores en declive, como las manufacturas o las empresas medianas y pequeñas. Su dichosa enmienda de presupuesto balanceado es el tipo de proyecto político que proponen grupos que tienen miedo del proceso político. Las élites de antes eran capaces de tolerar, e incluso alentar, expansiones del Estado porque tenían la cohesión interna necesaria para financiar la producción de bienes públicos y controlar el proceso político de asignación de los mismos. En cambio estos sectores de ahora tienen pavor del Estado porque saben que ellos mismos, dada su creciente debilidad, no van a poder influir sobre él.

Es la primera vez en mi vida que veo que la derecha de Estados Unidos acepta implícitamente que ya no puede financiar aventuras de política externa, como quedó claro cuando aceptaron recortes en defensa para reducir el déficit. Para gente de mi edad esto es inconcebible.

Los imperios en expansión no entran en pánico por sus deudas. Saben que las deudas financian la expansión que luego permite pagarlas. La deuda de Estados Unidos no era la excepción: un estado fuerte, capaz de gravar a la economía más grande del mundo era el fulcro perfecto donde apoyar cualquier portafolio de inversión.

Pero lo que estamos viendo ahora es, al parecer, la decadencia. Una élite política que ya no es capaz ni siquiera de imaginar la expansión de su imperio sino que vive temerosa de su propia sombra, que se despierta por la noche pensando en que las deudas la carcomen cuando en realidad tiene cantidades de recursos ociosos (millones de desempleados, por ejemplo).

No es para alegrarse. Nosotros los izquierdistas somos, casi por definición, antiimperialistas. Pero la caída de un imperio suele ser un espectáculo desagradable, grotesco e incluso criminal. La decadencia del imperio británico lo indujo a comportarse con saña brutal en la India y en Africa, por ejemplo. (Y estamos hablando de un imperio que tenía normas de comportamiento mejores que otros.)

A nivel doméstico, las élites que presiden estas fases de decadencia suelen ser ellas mismas decadentes, incluso en lo personal. En ese sentido, el Partido Republicano parece no querernos decepcionar. Muy seguramente no va a ganar las elecciones, ni siquiera la nominación del partido. Pero el solo hecho de que Michelle Bachmann sea considerada una seria precandidata presidencial ya es una señal. En sus momentos de gloria, el sistema político norteamericano nunca le hubiera concedido la más mínima oportunidad a una oscurantista religiosa que desprecia todo tipo de análisis racional. Políticos de baja calaña ha habido siempre en Estados Unidos. Pero no se les tomaba en serio a nivel nacional. Si Bachmann es candidata republicana, los libros de historia tendrán otro ejemplo más de decadencia de un imperio. Algo así como las frivolidades de María Antonieta, la corte de pacotilla de la emperatriz Cixi de la China, o el caballo procónsul de Calígula. Aunque sospecho que el caballo de Calígula entendía más de economía que Michelle Bachmann.

Friday, July 29, 2011

¡Vamos Carlos Vicente!

Como Uds. saben, he sido simpatizante del Polo Democrático desde su fundación y siempre he insistido en la necesidad de que preserve su unidad. Pero las cosas no siempre funcionan como uno quiere. El Polo se embarcó en la desastrosa empresa electoral de llevar a Samuel Moreno a la alcaldía de Bogotá y ahora tiene que pagar un costo muy alto por ese error. (No es por presumir, pero yo ya sospechaba desde mucho antes que esto iba a terminar mal. No pensé que tanto.)

Una de las peores consecuencias políticas de esta debacle es la división del Polo. Yo quiero creer, más por optimismo empecinado que por otra cosa, que se trate de una división transitoria y que dentro de un tiempo, cuando el Polo haya ya purgado la pena de esta alcaldía, se pueda producir una reunificación de las fuerzas de izquierda. En fin, el hecho es que no quiero ser fatalista. Sigo creyendo que la izquierda colombiana tiene futuro, que es cuestión de superar unos cuantos escollos como los que enfrenta cualquier movimiento político y que, con un poco de voluntad y organización puede conquistar un espacio decisivo.

Pero en el corto plazo se presenta una coyuntura que hay que abordar: las elecciones locales. A raíz de la división del Polo Democrático, se quedó por fuera una de las figuras más interesantes de la izquierda en Bogotá: Carlos Vicente de Roux. Gran concejal, conocedor como pocos de los problemas de la ciudad y capaz de proponer soluciones de izquierda para afrontarlos, demócrata hasta los tuétanos, transparente, capaz de trabajar con otros sectores, de tender puentes de entendimiento bien sea con gente de empresa o con líderes comunitarios sin que por ello renuncie a su identidad de izquierda.

No siempre estoy de acuerdo con sus decisiones en política. Merece grandes elogios por habérsele medido a denunciar la corrupción de la alcaldía de su propio partido. Pero, aunque no tengo todos los elementos de juicio, me hubiera gustado verlo como precandidato a la alcaldía por el Polo. De ese modo hubiera matado dos pájaros de un tiro: habría atacado la corrupción y las prácticas más retrógradas del partido a la vez que habría formulado una alternativa moderna dentro de él. El hecho es que no fue así. Pero el hecho es que las circunstancias llevaron a que en este momento él no esté en el Polo y se corre el riesgo de que se quede por fuera del Concejo de Bogotá si no consigue las firmas necesarias para su candidatura.

Bogotá necesita concejales como él. Hay que hacer lo posible para que Carlos Vicente pueda medírsele a ese pulso. Por eso invito a todos mis lectores a que lean esta carta que él puso a circular donde pide apoyo para lanzarse y que, si es posible, contribuyan con su firma para ello.

A mi me gustan los partidos disciplinados, sobre todo los de izquierda. Pero el Polo no se va a recomponer de aquí a Octubre, eso tomará tiempo. Así que ahora la prioridad es que le vaya bien a figuras progresistas, dentro y fuera del Polo, para después tratar de recuperar el terreno en la construcción de un partido fuerte. Y en Bogotá eso significa apoyar a Carlos Vicente de Roux.

Aquí está la carta (allí se refiere a un formulario, pero no sé cómo colgarlo en este blog; si alguien sabe dígame cómo):

Estimado(a) amigo(a):

No me quedó otro camino que retirarme del Polo Democrático Alternativo y renunciar a la curul en el Concejo de Bogotá, después de una dura pelea contra la corrupción en el gobierno de Samuel Moreno.

Ahora, desde el movimiento Progresistas, liderado por Gustavo Petro, con quien comparto la lucha vertical contra la corrupción y un firme deseo de trabajar para construir una Bogotá incluyente, digna y con equidad, encabezaré la lista de candidatos progresistas al Cabildo Distrital.

Mi candidatura, así como la de los otros aspirantes al Concejo de la ciudad, depende de un proceso de recolección de firmas, ya que “Progresistas” no es un partido, sino que actúa como “grupo significativo de ciudadanos”. Por esta razón me dirijo a usted, para pedirle su apoyo en este nuevo camino electoral que estoy iniciando.

Su aporte será muy valioso para nosotros. Si desea acompañarnos, le agradezco que:

Piense en las personas cercanas a usted (familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.) que estarían dispuestas a apoyarnos para inscribir nuestras candidaturas. Aunque su voto en octubre sea para otro partido u otros candidatos, su firma en este momento nos da la oportunidad de medirnos en la contienda y participar en las próximas elecciones.

Hay varias formas de participar en el proceso de recolección de firmas:


1. Usted puede imprimir el formulario adjunto, aprobado por la Registraduría para la recolección de firmas. Imprima tantos formularios como esté en capacidad de llenar, cada uno contiene 10 espacios.


Para diligenciar el formulario tenga en cuenta las siguientes recomendaciones:


  • Todos los datos deben ser escritos del puño y letra de la persona que firma, en letra imprenta.
  • La primera casilla (N°) se debe dejar en blanco. Este espacio es exclusivo para la campaña.
  • En la segunda casilla debe ir la fecha del día en que cada persona llena la planilla.
  • En la tercera casilla debe ir el número de cédula del firmante que está apoyando la candidatura.
  • En la cuarta casilla deben ir los nombres completos, como aparecen en la cédula.
  • En la quinta casilla deben ir los apellidos completos, como aparecen en la cédula.
  • En la sexta casilla debe ir la firma de la persona.
  • Sólo en caso de que la persona que firma no sepa escribir, en la séptima casilla debe ir la huella digital del índice derecho.
Ejemplo:

Fecha
Número de Cédula
Nombres Completos
Apellidos Completos
Firma
Huella
12/07/2011
52.547.899
María Camila
Morales Zuluaga
MariaMoralesZ
*

*Sólo en caso de que la persona que firma no sepa escribir


Los formularios diligenciados podrán ser entregados en un sobre de manila cerrado, marcado con su nombre y el de Carlos Vicente de Roux, de 8:00 a 12:00 m y 2:00 a 5:00 p.m., en los siguientes puntos:

  • Asociación de Vivienda Popular, AVP, diagonal 40 A Nº 14-66 (dirección nueva)
  • Confecampo, transversal 28 B Nº 37-20 (preguntar por Daisy o Carlos Simancas)

O puede indicarnos la dirección en la cual podremos recogerlos, del 29 de julio al 4 de agosto.


2. En la Asociación de Vivienda Popular, AVP, diagonal 40 A Nº 14-66, habrá formularios disponibles para las personas que deseen contribuir directamente con su firma.


3. Si lo desea, usted puede también reenviar este mensaje a su lista de contactos.


Si está interesado en vincularse a este proceso, por favor responda este mensaje al correo info@carlosvicentederoux.org o comuníquese a los números fijos: 2872213, 2453382 o al celular: 301-2378115.


Mil gracias por su colaboración.


Carlos Vicente de Roux

Wednesday, July 27, 2011

¡Adiós Joe!

No tengo nada original que decir sobre la muerte de Joe Arroyo. Pero tampoco me puedo callar. Se nos fue el más grande músico popular de Colombia en los últimos 30 años. Una voz privilegiada de las que tardaremos muchos años en encontrar de nuevo, compositor nato, audaz innovador de ritmos. Si no tuvo el éxito global de Shakira o Juanes no fue por falta de merecimiento sino por la estructura del mercado. (Aunque, obviamente, como era de esperarse de semejante artista, alcanzó un éxito internacional nada despreciable.) Peor para las audiencias del mundo que no han encontrado su música y que aún están a tiempo de corregir semejante bache, oyendo a un músico auténtico que no pasó por los tamices del "marketing" que todo lo homogenizan. Los que sí ya hemos tenido el privilegio de escucharlo no lo olvidaremos.

Tuesday, July 19, 2011

Estados Unidos: Sigue el Declive

Cada día me convenzo más de que si vivo dentro de las estadísticas del grueso de la población, yo alcanzaré a presenciar el momento en el que Estados Unidos dejará de ser la gran superpotencia mundial. Seguramente no será una crisis apocalíptica, pero sí puede haber algún punto en el que Estados Unidos vea que, como le pasó a Inglaterra en la Crisis de Suez, que ya no puede extender su influencia.

(A propósito, no lo he comentado aquí, pero ¿vieron que China quiere contruir su primer portaviones? Eso me lleva a nominar mi primer candidato para la "Crisis de Suez" de Estados Unidos: Taiwan.)

Pero hoy no quiero hablar de geopolítica sino de los factores internos que están llevando a ese declive. En estos días se ha sumado uno más: la insistencia del Partido Republicano en su dichosa "enmienda de presupuesto balanceado." Es curioso que el partido más nacionalista e imperialista de los dos es el que más está haciendo por destronar a Estados Unidos de su papel de superpotencia mundial. Pero es así.

Todo el mundo está de acuerdo en que el plan no va a pasar. Es puro teatro del Partido Republicano para congraciarse con algunos de sus simpatizantes, justo en la semana en la que tienen que decidir qué hacer con el cupo de endeudamiento. Pero aunque sea puro teatro, la idea ya está andando. Ya hace parte del arsenal propagandístico del Partido Republicano y, muy seguramente, se va a abrir paso, poco a poco.

La idea es reformar la Constitución para que el gasto público nunca pase del 18% del PIB y para que se necesiten mayorías calificadas de dos tercios para aumentar los impuestos. Muchos comentaristas americanos han expresado claramente el carácter antidemocrático de esta propuesta, que le quita al proceso político su capacidad de decisión sobre asuntos fundamentales. Muchos comentaristas de izquierda han hecho la queja obvia de que semejante enmienda requeriría socavar aspectos fundamentales del ya precario estado del bienestar americano. Pero aquí quiero concentrarme en un aspecto un poco más frívolo pero que debe llamarle la atención a cualquier no-americano.

Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos era el país capaz de atraer recursos del mundo entero para lanzar iniciativas que dejaban boquiabierta la humanidad. Iniciativas buenas (internet) y malas (casi toda la política exterior). Pero, fuera como fuera, era una potencia formidable; la mayor de la historia. Buena parte de esto se lograba precisamente porque el Estado tenía la flexibilidad para pensar en grande. Para eso se necesita un andamiaje institucional complicadísimo. El Estado debe poder ejercer su autoridad sobre una economía descomunal (para cobrar impuestos) y debe tener un proceso político y económico que persuada al mundo entero de prestarle a las tasas de interés más bajas posibles. Ahora, en una sola semana, el Partido Republicano quiere destruir piezas fundamentales de ese andamiaje. Quiere decirle al mundo que su deuda no es tan segura como creían (al no aumentar el cupo de endeudamiento cuando se necesita) y ahora insisten en que el Estado americano no debe pensar en grande sino que debe convertirse en un apéndice molesto y atrofiado, incapaz de formar proyectos colectivos. Increíble. Aunque tiene mucho qué criticar, en estas fotos se puede ver cómo funciona un país que sí va encaminado a ser potencia mundial. Sin límites imbéciles como el 18%. Le parece a uno estar viendo lo que era Estados Unidos hace un siglo.

¿Puede Alguien Ser Socialdemócrata en el Siglo XXI?

Hace tiempos he soñado con escribir un ensayo largo defendiendo mi credo ideológico con el manido título de "¿Por Qué No Soy Socialdemócrata?" Algún día lo haré. Por ahora me detienen dos cosas: 1. falta de tiempo y 2. ya tanta gente ha plagiado el título de Russell que no sé si valga la pena reciclarlo más. Pero bueno, aquí va una de las cosas que incluiré en aquel gran ensayo cuando salga. Es una que no había pensado antes pero que la crisis financiera actual me ha hecho pensar.

Keynes siempre creyó que su objetivo principal era salvar al capitalismo de su autodestrucción. A juicio de los keynesianos, la enseñanza fundamental de la Gran Depresión era que los mercados podían en ocasiones entrar en dinámicas de mal desempeño autoinfligido y que en esos casos ciertas dosis prudentes de acción del Estado podían ser la solución. La fórmula resultaba, en últimas, muy sencilla: superávit fiscal en tiempos de auge y déficit fiscal en tiempos de recesión. De esa manera se podían amortiguar los ciclos económicos preservando el punto central del pacto social capitalista: la propiedad privada sobre los medios de producción. El Estado no entraría a disputar el control de la inversión ni nada por el estilo sino que se limitaría a jugar un papel remedial en tiempos de necesidad, financiado con la prudencia fiscal en las fases expansivas del ciclo.

Hasta ahí, todo bien. Pero en la práctica, el capitalismo keynesiano de la postguerra resultó ser más intervencionista de lo que se hubiera podido creer en sus albores. No estoy seguro de cuál es la causa. Dudo que tuviera que ver con el mismo Keynes quien en realidad no era un entusiasta del "dirigismo económico."

Se me ocurre que parte del asunto tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra todo el mundo, ganadores y perdedores, se embarcaron, por obvias razones, en una movilización de recursos a cargo del Estado sin precedentes. (Está bien, en la Unión Soviética esto venía desde antes, pero la idea es clara.) En tiempos normales, la fórmula keynesiana del pleno empleo era perfectamente compatible con el mercado. Por ejemplo, un subsidio a los salarios del sector privado podría constituir un programa keynesiano de estímulo a la demanda agregada sin afectar para nada la estructura de propiedad del capital. Pero en tiempos de guerra, el Estado termina por asumir un papel central.

Cuando vuelve la paz resulta que sobre el terreno es difícil reducir el papel del Estado. Me gustaría documentar esto bien, pero por ahora se me ocurren algunos factores. No sé si Europa Occidental hubiera podido encajar el shock de desempleo que hubiera representado suprimir de un plumazo toda la inversión en reconstrucción. Estados Unidos, aunque sin la devastación de la guerra, también atravesaba problemas similares. A eso hay que sumarle el efecto democratizador de la guerra, en la medida en volvión incontrovertible (por lo menos en público) la necesidad de atender las necesidades de los que la pelearon. El caso más claro es cómo, gradualmente, el legado de la guerra fue erosionando las bases legitimadoras del sistema de segregación racial en Estados Unidos. En Inglaterra la guerra sentó las bases políticas para la creación del Sistema Nacional de Salud.

Sea por las razones que sea, tras la Segunda Guerra Mundial, las economías capitalistas de Occidente se orientaron por una mezcla de keynesianismo en asuntos fiscales, una presencia significativa del Estado como gestor de recursos y, como legado de las luchas políticas de la pre-guerra, árbitro de las relaciones entre capital y trabajo. ¿Resultado? Treinta años de oro para la socialdemocracia.

A partir de la primera mitad de los 70s el sistema comienza a resquebrajarse. No voy a entrar en detalles pero lo que me importa señalar es que ya para los 90s se ha establecido un vasto consenso en torno a la necesidad de reducir el papel de Estado como gestor de recursos.

Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. La gestión estatal de la economía, aunque no fuera parte del plan original de Keynes, era un excelente complemento político para su doctrina económica. Aunque en teoría suena muy bien la idea de prudencia fiscal en la expansión y déficit fiscal en la recesión, en la práctica es muy difícil implementar esa idea si el Estado es un simple recaudador al que se le puede tomar el pelo sin que pase nada. Es casi imposible crear un pacto político que vuelva sostenible esa doctrina de mitigación del ciclo. En las fases expansivas nadie quiere votar por subir impuestos y acumular superávits.

De ahí el déficit de legitimidad que tiene la actual crisis financiera, un déficit tanto o más grave que los déficits fiscales. Es muy común oír a los voceros de la derecha hacer acto de contrición en estos tiempos diciendo cosas como "Cierto, nos llegó la época de la resaca después de la embriaguez del boom."

¿Nos llegó? ¿A quiénes? ¿Cuál es ese "nosotros"? ¿Todos los ciudadanos se beneficiaron del boom y ahora les toca a todos pagar? Mmmm, no sé. Yo no viví en España en los años del boom, pero mi impresión de observador casual es que para muchas familias el boom no se tradujo en ríos de leche y miel sino simplemente en un contrato un poquito mejor en el sector de la construcción. (Y eso para no hablar de los jóvenes que dejaron de estudiar por eso.) Yo viví en Estados Unidos en los años del boom y nunca tuve la impresión de que los sectores más pobres estaban saliendo definitivamente de la pobreza, acumulando activos, educándose, viajando, dándose gustos. No. Si acaso, pasaban de alquilar una casa a "comprar" otra un poco mejor y ahora sabemos que dicha "compra" era una ficción.

Mientras más subimos en la escala social, más vemos los beneficios del boom. La clase media americana pudo pedir préstamos ofreciendo como garantía su casa (sobrevalorada) para comprar otro carro, unas vacaciones mejores que las del año anterior, de pronto un poquito para la universidad de los hijos, cosas de esas. Nada despreciables, de acuerdo. Pero tampoco una cornucopia inagotable de abundancia. Para ver quiénes sí se beneficiaron en grande del boom, hay que llegar a donde están los más ricos. Allí sí que se hicieron fortunas.

Esto es sabido de todos. Lo que quiero subrayar ahora es que, desde el punto de vista político, tenemos un sistema que hace que la asignación de recursos en tiempos de expansión es fundamentalmente privada pero que, a diferencia del capitalismo victoriano, trata de hacer recaer sobre el sector público el peso de la contracción. Como se ha dicho tantas veces, privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas.

Lo que pasa es que eso no es únicamente perversidad de unos políticos (por supuesto que la hay). Es una propiedad inherente a un sistema en el que el Estado juega un papel puramente remedial: mitigar las peores consecuencias del mercado ("gasto social") pero que no tiene nada qué decir ni qué hacer cuando las cosas van bien. Tiene toda la responsabilidad en la época de las vacas flacas, pero no participa en las decisiones durante la época de las vacas gordas. Ese es el déficit democrático. Por eso la gente no entiende ahora que le hablen de ajustes fiscales dizque para "pagar lo que nos comimos." La inmensa maýoría de la población nunca sintió que tuviera ninguna participación en decidir qué hacer con el boom, a dónde se iban los recursos, cómo se invertían, cuáles eran las perspectivas de valorización de los mismos, etc. Y ahora le pasan la factura de un banquete que no pidió y del que acaso probó unos cuantos bocados.

Para cerrar por ahora, creo que esta es una fisura gravísima en los cimientos de cualquier posible socialdemocracia del siglo XXI. No veo a ningún partido político importante hablando ahora de cómo repensar el papel del Estado en la economía, o, más general, cómo cambiar las relaciones de propiedad, para evitar que el ciclo económico típico de una economía de mercado genere este tipo de déficit de legitimación. Y mientras ese déficit no se resuelva, no veo cómo será viable el pacto socialdemócrata.

Sunday, July 17, 2011

Epistemología y Sociedad

Desde hace años tengo cierta fascinación por las "teorías conspirativas." No presumo de ser experto en ellas aunque sé que hay estudiosos serios al respecto. Lo mío es más que siempre me ha asaltado la inquietud de que ellas esconden una clave epistemológica o sociológica importante que no alcanzo a entender. Pues bien, creo que en estos días he entendido un poco más el asunto, sin haber llegado al fondo de él. Si esto ya es archisabido por los expertos en la materia, me disculpan.

Durante muchísimo tiempo la filosofía occidental partió de la base de que el conocimiento es algo que el individuo se puede apropiar totalmente mediante el uso de la razón. En el esquema de Platón, que tanto influyó sobre los sucesores, la búsqueda del conocimiento comienza por asegurarse un punto fijo (por ejemplo, la geometría euclideana) y luego aplicar sucesivas operaciones racionales, sancionadas por la lógica, para acrecentar la cantidad de conclusiones que pueden ser sabidas en forma apodíctica. A pesar de las enormes diferencias entre Platón, Aristóteles, Descartes y Kant, todos ellos comparten una noción similar. (Aunque Kant ya empieza a tener sus dudas sobre la posibilidad de que un esquema de ese estilo dé cuenta de todo lo que es necesario saber.)

Pero después de Kant ese paradigma se empieza a resquebrajar. Hegel comienza a considerar la posibilidad de que el conocimiento y la racionalidad son productos colectivos. Para Hegel el conocimiento absoluto no es accesible a un único individuo sino que es, como mínimo, algo que si acaso una formación social en su conjunto, con ciertas condiciones específicas, puede llegar a apropiarse.

De esa noción de Hegel vienen dos tradiciones distintas pero no irreconciliables: la tradición marxista sobre la crítica de las ideologías (incluida la religión) y algunos elementos del pragmatismo americano. No soy experto en pragmatismo pero me llama la atención que Dewey siempre se consideró a sí mismo como un hegeliano de izquierda.

La idea central del pragmatismo (hasta donde se me alcanza por mis pocas lecturas del asunto) es que el conocimiento es, ante todo, una actividad colectiva. Por lo tanto, no existe un árbitro del conocimiento inmanente a la conciencia sino que el conocimiento se valida únicamente por su éxito en llevarnos (colectivamente) de A a B.

Por ejemplo, lo que le da su status de conocimiento a la física contemporánea no es que sea resultado de una serie de operaciones lógicas o de que tenga un cuerpo axiomático cierto. De hecho, es muy probable que el cuerpo axiomático de la física esté equivocado, cosa que admiten los mismos físicos. Lo que hace que la física contemporánea sea conocimiento es su éxito. Es decir, no podemos decir que la física es conocimiento válido o inválido. Podemos simplemente decir que la física es un conocimiento que podemos considerar tan válido como nos es posible considerar algo dadas nuestras limitaciones, por el hecho de que la física contemporánea funciona. En este momento estoy escribiendo estas líneas en Madrid y algunos de Uds. las van a leer en otra parte del mundo en unas pantallas de plástico. Esto constituye evidencia de que los computadores funcionan, de que internet funciona, y por lo tanto, constituye evidencia de que algo de cierto debe haber en todas las teorías sobre ondas electromagnéticas que hemos acumulado durante más de un siglo. Probablemente esas teorías tengan problemas con partículas elementales y cosas de esas. Pero por lo pronto es lo mejor que tenemos.

En el párrafo anterior utilicé muy deliberadamente la primera persona del plural. Yo no soy físico. No tengo ni idea de partículas elementales. Pero mi actividad diaria reposa sobre ese conocimiento y lo valida. Maxwell, Planck, Heisenberg, Uds mis lectores y yo, pertenecemos todos a una colectividad que ha ido acumulando evidencias, teorías y prácticas que las validan. El conocimiento es inherentemente colectivo.

Por lo tanto, el conocimiento, para poderse acumular, para podernos llevar de A a B requiere relaciones sociales, fundamentalmente, relaciones de confianza. Yo tengo que poder confiar en todo el conocimiento previo para poder seguir con mi vida. La división del trabajo nos obliga a todos a confiar en que cada uno ha hecho su parte correctamente. De otro modo yo tendría que estar permanentemente revisando los cómputos de Maxwell, Planck, y tantos otros para poder usar mi computador.

Con esto vuelvo al tema inicial. Lo que le da su carácter fascinante a las teorías conspirativas es que sus proponentes aspiran a tener conocimiento cierto sobre algo pero sin aceptar ningún lazo de confianza con nadie. El proponente de una teoría conspirativa duda de cualquier autoridad que los demás consideramos como legítima. Si le mostramos una autopsia de Elvis Presley va a decir que es falsa y que, obviamente, los falsificadores van a tratar de presentarla como verdadera. Si le mostramos las confesiones de Nuremberg sobre el Holocausto, va a decir que son falsas y que, obviamente, las autoridades Aliadas iban a mentir al respecto. Si le mostramos el video de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas va a decir que es un holograma y que, obviamente, todas las cadenas de televisión van a mentir al respecto.

Generalmente toda teoría conspirativa tiene dos puntos flacos. Primero, no existe evidencia sobre la conspiración misma. Segundo, la supuesta conspiración involucra a miles de personas, a veces muy separadas en el tiempo y el espacio, a tal punto que a los demás nos cuesta trabajo creer que todos esos participantes estén de acuerdo. Pero lo curioso es que nuestro conocimiento es un poco así. Nuestro conocimiento es resultado de la actividad de millones de personas, sin necesidad de un plan maestro. Es como si la teoría conspirativa nos ofrece una imagen de nuestro conocimiento reflejada en uno de aquellos espejos curvos de los parques de atracciones; podemos reconocer los rasgos básicos pero distorsionados grotescamente.

Este es el punto en el que el pragmatismo americano y la crítica marxista resultan ser dos lados de la misma moneda. ¿Por qué podemos confiar en el conocimiento generado por millones de personas? Porque esos millones de personas operan dentro de una comunidad, la comunidad científica, que está sujeta a unas reglas, unas tácitas, otras explícitas, que supuestamente permiten la generación de esa confianza. Se trata de reglas que regulan la interferencia del interés personal, o de los prejuicios colectivos, para garantizar, tanto como sea posible, que la producción de conocimiento funcione.

Pero ninguna comunidad humana, constituida por personas reales, va a satisfacer plenamente las condiciones ideales del pragmatismo. Esto es tanto más cierto cuanto más alejados estemos de la simple producción de conocimiento y más cerca nos encontremos de una comunidad regida por relaciones de poder.

La comunidad científica tiene relaciones de poder. Pero, por lo menos en su ideal, los abusos de poder se encuentran bajo control por el imperativo de encontrar la verdad. Digo imperativo en serio. Supuestamente, la búsqueda de la verdad es el criterio último. A manera de metáfora, pensemos en lo que ocurre en grupos humanos donde haya jerarquías pero también imperativos externos de supervivencia. Por ejemplo, una unidad militar, una flota naval, un grupo de exploradores, en fin. Dentro de ese grupo puede que haya relaciones de poder. Pero el ejercicio del poder está subordinado al fin último de la supervivencia. Por eso puede haber motines contra líderes ineptos que pongan en peligro la supervivencia del grupo. Por eso las insubordinaciones solo ocurren en contextos relativamente inocuos.

La comunidad científica ideal funciona en forma un tanto análoga (supuestamente sin latigazos, pero también los hay...). Es decir, existen relaciones de poder pero el legitimador último del poder es el éxito en la búsqueda del conocimiento.

Pero aún si existiera una comunidad científica ideal así, la sociedad como tal no funciona de esa manera. La sociedad como tal no tiene imperativos externos de éxito. La sociedad como tal no desaparece. Por lo tanto, las relaciones de poder no tienen un factor legitimador externo que mantenga a raya sus abusos. En tanto que las ideologías son formas de entender la sociedad pero sin ninguna de las condiciones de generación de una comunidad científica ideal, son vulnerables a todo tipo de contaminación por parte de los intereses particulares, los prejuicios y cosas de esas.

No se me ocurre una conclusión deslumbrante de todo esto. Pero me gusta que por fin me he logrado aclarar a mí mismo por qué es que me dan tanta curiosidad las teorías conspirativas.

¡Felicitaciones Medófilo!

Hace unos días Medófilo Medina (no, no somos parientes) envió una carta abierta a Alfonso Cano. Es una carta excelente por sí misma pero además hace parte de una idea de más largo plazo que viene desde los tiempos de "Colombian@s por la Paz." En aquel entonces la idea de varios que participamos en el asunto era establecer cierta interlocución ciudadana con las FARC. Hay que recordar el contexto: el gobierno Uribe había cerrado todo tipo de mecanismo de interlocución (ni siquiera hablo de diálogo o negociación) y se empeñaba en calificar a todo disidente de auxiliador del terrorismo. Pero en toda guerra es importante que haya mecanismos políticos. Las "cartas abiertas a las FARC" de aquella época eran un intento por crear un mecanismo de ese estilo. Las cosas se fueron diluyendo, cosa que me decepcionó. Pero ahora veo que Medófilo sigue trabajando en esa idea. Excelente. El es la persona idónea para abrir trocha: tiene los quilates intelectuales, conoce a las FARC como pocos, las entiende a la vez que las critica, es civilista y pacifista intachable, es progresista. Desde acá le envío una felicitación. Si este diálogo crece, es algo en lo que todos debemos aportar algo.

Saturday, July 9, 2011

Ahh, Pensar que Estados Unidos Alguna Vez Tuvo Un Presidente Así...

Lectores de este blog saben lo que pienso de FDR (el gran estadista del siglo XX). Ahora viendo como Obama se va rindiendo cada vez más ante el Peor Partido Político del Mundo, Ronald Dworkin nos recuerda este episodio. Definitivamente eran otros tiempos.

Thursday, July 7, 2011

No Entiendo Qué Es un "Evento Crediticio."

A medida que la crisis griega sigue su curso ineluctable hacia la reestructuración (inserten aquí Uds. su propio símil erudito con su tragedia clásica predilecta), nos vamos enterando de más detalles sobre los mecanismos finos del asunto. Una de las cosas que me han llamado la atención es que, según todos los recuentos, lo que puede ocurrir en cualquier momento es: Grecia toma algún paso que no esté previsto en los contratos de los bonos e inmediatamente las agencias calificadoras declaran un "evento crediticio" y comienza el show.

La pregunta que me hago (y no soy el único) es: ¿por qué diablos a estas alturas del partido todavía las agencias calificadoras tienen el poder de declarar cualquier cosa? ¿Por qué diablos los actores relevantes siguen escuchando lo que dicen las agencias calificadoras? Estas son las mismas agencias calificadoras que hasta hace poco estaban diciendo que hipotecas inmobiliarias titularizadas ¡tenían el mismo riesgo que los bonos del Tesoro de Estados Unidos! Por una fracción de la millonada de dólares que se ganaron diciendo eso yo hubiera podido dar un estimativo mejor. Un chimpancé escogiendo timbres al azar hubiera dado un estimativo mejor.

Si hablamos de responsabilidad institucional, esto es de lo peor que hemos visto. Podemos criticar todo lo que queramos a la Iglesia Católica. Pero por lo menos, cuando se descubrieron los manejos oscuros del Cardenal Law en Boston, en materia de cómo tratar con sacerdotes acusados de pedofilia, el Cardenal Law cesó sus funciones. Nadie volvió a prestar atención a sus opiniones sobre nada. Podemos criticar la Administración de Samuel Moreno todo lo que queramos (y lo que se merece), pero nadie está pensando en nombrar a Samuel Moreno como interventor de ninguna obra. En cambio en este caso, las mismas firmas calificadoras siguen encargadas del mismo trabajo. Y los mercados siguen pendientes de ellas. No entiendo.

La Constitución Colombiana Cumple 20 Años. (IV)

Termina su artículo Daniel García-Peña señalando que hoy en día las dos fuerzas políticas más interesadas en una nueva constituyente son la extrema derecha del uribismo (para poder hacer su restauración bonapartista) y la extrema izquierda de las FARC. Eso me puso a pensar porque yo mismo he defendido en algunas ocasiones la posibilidad de ofrecerle a las FARC algunas reformas constitucionales si es preciso para acabar el conflicto armado.

De pronto me toca cambiar de opinión no lo sé. Se me viene a la cabeza la frase de Keynes tan citada en estos días: "Cuando los hechos cambian, yo cambio de parecer. ¿Ud. qué hace?"

Desde hace años he creído que el conflicto armado con las FARC se puede y se debe acabar mediante una vía política que incluya reformas importantes a la economía política del país. Por ejemplo, si yo pudiera hacer reformas constitucionales con una varita mágica, yo incluiría el principio de renta básica en la constitución, para no dejarlo al arbitrio del gobierno de turno. En mi mundo ideal, cada gobierno podría decidir cuánta renta básica garantizar, cómo recaudarla, cómo redistribuirla, pero no podría simplemente burlar el principio general. Si además uno pudiera convencer a las FARC de que eso, junto con otros cambios en materia de recursos naturales y erradicación de droga y cosas de esas, es el mejor acuerdo que van a obtener en los próximos 50 años y, como resultado, las llevara a dejar las armas y volverse partido político, yo estaría de plácemes.

Pero los procesos políticos no se diseñan en un blog y por lo tanto ahora nos encontramos con que el uribismo también le ha cogido el "gustico" (para usar términos de su jefe) a las reformas constitucionales.  De modo que las opciones han cambiado. A mi me atraía la idea de un paquete muy reducido pero audaz de reformas constitucionales que sirvieran para profundizar la democracia y al mismo tiempo asegurar la paz. Ahora en cambio lo que empieza a proponerse desde el uribismo es un proceso constituyente mucho más ambicioso con unos propósitos distintos.

No se me ocurre una forma más ignominiosa de enterrar la Constitución del 91 que dejándola en el medio de los zarpazos de la izquierda armada y la extrema derecha de origen paramilitar. La Constitución es reformable, como ya lo dije. Pero creo que el punto de partida debería ser que ella tiene la primacía, ella tiene más legitimidad que cualquier otro proyecto político. Quien quiera reformarla tiene primero que mostrarle respeto y aceptar que cualquier proceso de reformas es una concesión y que, por eso mismo, debe ser limitado en sus propósitos y alcances y no debe ir a contramano de los principios cardinales del estado social de derecho. Para decirlo en términos prácticos: reforma constitucional, sí, pero pequeña, asamblea constituyente, no.

De hecho, aunque no soy experto en derecho constitucional, me da la impresión de que muchísimas de las cosas que se le podrían ofrecer a las FARC (como las que mencioné atrás) se pueden hacer sin necesidad de una reforma constitucional. Es más asunto de voluntad política.

Ya metidos a pensar en esto, me queda una pregunta suelta: el régimen semi-parlamentario. A mí desde hace mucho me han gustado los regímenes parlamentarios. La inmensa mayoría de las grandes democracias del mundo son regímenes parlamentarios (la excepción más prominente es Estados Unidos).  Esas democracias son más igualitarias, más prósperas, más respetuosas de los derechos individuales que el resto del mundo. No. No soy tan torpe como para no darme cuenta que la prosperidad, la democracia, la igualdad y todas esas maravillas no son resultado del régimen parlamentario. Pero claramente un régimen parlamentario es compatible con ellas.

Entonces, desde hace mucho, es más desde antes del 91, me he preguntado si no sería buena idea adoptar un régimen parlamentario. Como sé que en Colombia eso es imposible, me he preguntado si no sería buena idea una aproximación: un régimen semi-parlamentario, como el de Francia.

Pues resulta que ahora en Colombia son los uribistas los grandes abanderados del régimen semiparlamentario. Uribe, calculan ellos, sería el perfecto Putin y solo sería cuestión de buscarle un Medvedev que le haga el mandado. (Aunque en la vida real el dúo Putin-Medvedev no funciona en forma tan acompasada.)

No sé qué pensar. Pero creo que si uno cree en unos principios constitucionales debe defenderlos independientemente de que gente en la otra orilla ideológica se pueda beneficiar de ellos. Si uno, como yo, es izquierdista y cree que un régimen semi-parlamentario es deseable (por razones que tengo que pensar mejor) no debería dejar de defender esa idea porque coyunturalmente Uribe y su bando puedan sacarle partido. Los principios constitucionales deben ser neutrales ante esta clase de consideraciones. Por ahora dejo ahí. Claramente tengo que pensar mejor algunos aspectos de este asunto.

La Constitución Colombiana Cumple 20 Años. (III)

Sí ya sé: el cumpleaños ya pasó. Pero tratándose de una constitución, no tiene nada malo seguirlo celebrando después de la fecha exacta.

Cuando comencé esta miniserie sobre la Constitución del 91 lo hice motivado por los artículos de economistas, especialmente de corte neoliberal como Carrasquilla y Montenegro. Aún no me he referido, como me lo proponía, al artículo de Carrasquilla. Pero mientras más lo pienso más difícil me queda porque veo que en él Carrasquilla repite uno de sus argumentos centrales y ese argumento nunca lo he podido entender.

Según Carrasquilla, el problema de la desigualdad en Colombia es ante todo, un problema de informalidad. No está mal como punto de partida. Pero yo en mi ingenuidad pensaría que si ese es el problema, la solución es aumentar el alcance de la formalidad, extendiendo las garantías del empleo formal mediante una agresiva regulación de los mercados laborales, precisamente para obligar a los empleadores a ofrecer empleo formal. Yo en mi ingenuidad pensaría que las fuerzas del mercado por sí mismas no crean empleo formal para todos. Algunas personas tienen suficiente capacidad de negociación en el mercado laboral para obtener condiciones maravillosas: vacaciones pagadas, servicio médico, flexibilidad de horario, en fin. Pero no todas tienen esa capacidad porque no todas tienen acceso a títulos de educación superior y cosas de esas. Entonces, a esas personas el mercado por sí solo no les permite contratos estables y de buena calidad. ¿Cómo lo sé? Porque la legislación laboral en Colombia no le prohibe a ningún empleador ofrecer de su bolsillo toda clase de prebendas. Y sin embargo, los que no están obligados, no lo hacen.

Carrasquilla, en cambio, cree que la solución es liberalizar aún más el mercado laboral. Presuntamente existe algún mecanismo oculto, contraintuitivo, que hace que mientras más libre el mercado laboral, mayor va a ser la cobertura de contratos formales. No entiendo. En mi ingenuidad, me parece como si uno dijera: "la escandalosa desigualdad en la tasa de supervivencia al naufragio del Titanic se debe a que había unos cuantos privilegiados que pudieron acceder a botes salvavidas." Cierto. Pero entonces la solución es crear más botes salvavidas. No abolir su instalación. Ingenuo que soy yo.

Luego Carrasquilla arremete contra el Estado del bienestar para la clase media que se ha ido creando a la sombra de la Constitución. Viejo debate. Pero voy a tratar de enfocarlo desde otro ángulo.

Para neoliberales como Carrasquilla, el ideal normativo es el mercado. El problema es que el mercado genera desigualdades que, con el tiempo, pueden llegar a crear problemas de deslegitimidad política. Para eso hay varias posibles soluciones. Primera, represión. El pinochetismo de Hayek se debía en buena medida a que para él esa era la solución más sensata al "problema" del exceso de socialistas que dejó regados el régimen de Allende. Obviamente esta solución es solo para casos extremos. Segunda, predicación. Es decir, si logramos convencer a las masas de que la igualdad no es importante y que los pobres tienen la culpa de su propia condición, el problema de legitimidad del mercado desaparece. Lo que pasa es que esa solución toma mucho tiempo y casi nunca funciona del todo bien, como para evitar tener que apelar a la primera. Entonces, la tercera opción es: redistribución. Tomar las medidas económicas necesarias para aliviar la desigualdad en la medida que sea necesario para mantener la legitimidad del mercado.

Para socialistas como yo el mercado no es un ideal normativo. Es un mecanismo de asignación de recursos con excelentes propiedades y que, sí, contribuye a la autorealización de muchos individuos. Por lo tanto, una sociedad justa tiene que tener mercados. Pero eso no quiere decir que el mercado sea la estrella polar en el firmamento de la justicia en torno a la cual giran los demás cuerpos celestes. Para nosotros el mercado debe coexistir con otros principios. Uno de esos principios es el de la propiedad colectiva sobre la riqueza de la sociedad. Esto implica que todos los ciudadanos deben ser partícipes de los mecanismos de "redistribución." Uso redistribución entre comillas porque desde este punto de vista, no se trata de que exista una distribución originaria, incontaminada (la del mercado) que luego vamos a ensuciar mediante medidas de política pública. Al contrario, desde este punto de vista, la salud pública, la educación pública, todas esas cosas, son de legítima propiedad de todos. Resulta ser que el Estado es el mecanismo para entregarla pero eso no cambia el hecho de que los propietarios son todos los ciudadanos. Por lo tanto, en este esquema es de esperarse que también la clase media sea beneficiaria de subsidios y cosas de esas. Podemos discutir si el actual sistema le está entregando a la clase media más subsidios de los que debería. Pero eso no impugna el principio básico de universalidad.

Lo curioso de este debate es que ni la posición de Carrasquilla ni la mía son directamente relevantes a la hora de evaluar la Constitución del 91. Como bien lo dice hoy Rodolfo Arango (hace años que no lo veo, si lee esto, le mando un saludo), la Constitución colombiana no es ni socialista ni neoliberal: es un acuerdo político básico que, deliberadamente, deja abiertos estos debates para que sea el proceso político el que los decida. Lo que pasa es que en los últimos 20 años las fuerzas alineadas con Carrasquilla han ganado más batallas políticas que las fuerzas de inspiración socialista o social demócrata.

Curiosamente, no han ganado tanto como para dejar a Carrasquilla satisfecho. Eso es normal. Para Carrasquilla siempre habrá demasiada intervención estatal y para mí, a menos que Colombia se convirtiera en una Suecia tropical, siempre habrá demasiada desigualdad.

Cambiando de tema, pero para ir redondeando esta serie sobre la Constitución del 91, hace mucho he pensado una cosa que le leí en estos días a Daniel García-Peña: esa Constitución es resultado de un pacto político, no de una guerra civil ni de una revolución. Hoy en día procesos similares se han ido volviendo relativamente normales en América Latina. Venezuela, Ecuador y Bolivia han tenido profundas reformas constitucionales en los últimos años. Pero que en 1991, a escasos dos años de acabarse la guerra fría, en medio de una escalada de violencia terrorista sin precedentes, el país le hubiera apostado a un ejercicio constitucional de ese estilo es algo de lo cual los colombianos deberíamos estar orgullosos.

Saturday, June 25, 2011

Gracias por el Comentario

No sé quién hizo el comentario a propósito de la "década perdida" de América Latina, pero tiene toda la razón. Los niveles de endeudamiento de la región en aquella época eran menores que los de Europa del Sur hoy. La crisis se desencadenó por la acometida antiinflacionaria de Volcker.

Muy buen punto. Muchas gracias! A propósito, no todas las deudas son creadas iguales. Cuando Argentina colapsó en el 2001, su endeudamiento estaba un poco por encima del 50% del PIB. Bélgica e Italia tuvieron deudas de más del 120% del PIB y nunca les pasó nada.

Friday, June 24, 2011

Sus Nietos les Preguntarán sobre Agosto del 2011.

Si Uds. no saben la fecha exacta de la caída de Roma (455), o la de Constantinopla (1453), o la Batalla de Waterloo (1815), o no tienen muy claros los detalles de la Crisis de Suez (1956), o estaban muy jóvenes cuando se disolvió la Unión Soviética (1991), no se preocupen: tienen la oportunidad de presenciar el próximo mes de Agosto para cuando el profesor de historia de sus nietos (seguramente por video chat desde Bangalore) les asigne a ellos una tarea sobre la decadencia del Imperio Americano.

Debido a tecnicismos jurídicos extraños, el gobierno de Estados Unidos tiene hasta Agosto para negociar con el Congreso un aumento de su límite de endeudamiento. Si no se llega a ningún acuerdo, Estados Unidos va a tener que declarar impago de algunas de sus obligaciones.

La idea de que la más grande superpotencia de la historia se quede sin cómo pagarle a sus acreedores es tan ridícula que hasta ahora esas negociaciones nunca habían tenido problema. Rutinariamente, con algo de teatro, el Congreso terminaba por elevar el nivel de endeudamiento del gobierno.

Pero eso era cuando el sistema político de Estados Unidos estaba dominado por partidos que entendían las obligaciones de manejar una superpotencia mundial. Ahora es distinto. Ahora uno de los partidos, el Partido Republicano, es una mezcla de plutócratas y fundamentalistas, los primeros demasiado obsesionados con enriquecer a sus amos y los segundos demasiado ignorantes para saber qué es lo que pasa, de manera que las negociaciones se están complicando. El Partido Republicano insiste en que es necesario reducir más los impuestos de los millonarios para elevar el nivel de endeudamiento.

Exagero un poco. Aún es probable que se llegue a un acuerdo. Además, si no se llega a un acuerdo, esto no va a significar el colapso de Estados Unidos. Pero sí nos va a ofrecer un espectáculo histórico: la deuda más segura del mundo, el estándar contra el cual se miden todas las demás deudas que existen, el pilar de la confianza de los mercados mundiales, la piedra angular de la prosperidad de la mayor economía del mundo, se va a ver súbitamente golpeada, resquebrajada. Y no por algún desastre natural, ni ninguna guerra mundial sino simplemente por las disfunciones del sistema político norteamericano.

No sé a Uds. pero a mí eso me suena como el principio del fin de una era.

Me La He Guardado Muchos Años: Acerca de la Famosa "Década Perdida"

Por allá a comienzos de los 90s (y esta entrada bien podría ser parte de mi serie sobre la Constitución), uno de los pilares retóricos de las reformas neoliberales era el de la famosa "década perdida" de América Latina. Discurso tras discurso, conferencia tras conferencia, los pontífices de la nueva ortodoxia nos decían que era necesario cambiar de rumbo porque Colombia se estaba rezagando respecto a, por ejemplo, Corea del Sur. En aquella época mi reacción era: "Corea del Sur en sus años de crecimiento vertiginoso era más proteccionista, más intervencionista que Colombia." Pero bien, eso son detalles.

Después, cuando me tocó dictar clases sobre América Latina y tenía que explicarle rápidamente a mis estudiantes el asunto de la década perdida, me di cuenta de que había una forma muy sencilla de entender por qué América Latina dejó de crecer en los 80s. Era un fantástico despliegue de la "cuchilla de Occam." Nada de complejidades teóricas acerca de modelos de crecimiento, residuos de Solow, no convexidades en la función de producción, fallas en la eficiencia asignativa, nada de eso. La explicación más sencilla era:

América Latina dejó de crecer en los años 80 porque sus políticas económicas no estaban dirigidas a crecer sino más bien a pagar la deuda externa. Punto.

Súbitamente todo encaja: ajustes fiscales para reducir la demanda interna y así aumentar el excedente disponible para exportar sumado a maxidevaluaciones para poder transformar ese excedente exportable en la mayor cantidad posible de dólares. Lo curioso es que esa tijera (demanda interna reprimida, tipo de cambio devaluado) ¡era similar (con instrumentos diferentes) a la de Corea del Sur! La diferencia es que Corea del Sur podía utilizó esos instrumentos, y el excedente que generaban, para industrializarse. En cambio, América Latina tenía que pagar sus deudas. Cuando uno está endeudado no le queda plata para invertir. Eso lo entiende cualquier estudiante de pregrado.

Ahora, esta respuesta lleva a otra pregunta: ¿por qué América Latina tenía que pagar tanta deuda externa? Fácil: porque se endeudó, muchas veces con bancos privados y el Fondo Monetario Internacional, en lugar de dejar que los bancos privados sufrieran las consecuencias de sus préstamos irresponsables, salió a "rescatar" a América Latina con paquetes que en realidad eran un rescate a los bancos. Las virtudes del libre mercado se aprecian mucho más cuando alguien lo protege a uno de sus consecuencias.

Listo. Ya lo dije. Me saqué esta piedra que tenía atragantada. ¿Por qué la saco ahora? Por dos razones simples. Una, porque la historia se está repitiendo, ahora en Europa del Sur. Dos, porque hoy me encontré con un artículo de Krugman que le dedica unos rengloncitos a lo mismo. Así que ya comparto mi piedra con un Premio Nobel.

Wednesday, June 22, 2011

La Constitución Colombiana Cumple 20 Años. (II)

Hacer un balance de los 20 años de la Constitución colombiana es muy difícil porque, aparte de la Constitución, también por aquella época de finales de los 80 y comienzo de los 90 el país experimentó muchísimos otros cambios tanto o más profundos. Algunos en su momento no fueron muy visibles y por eso no generaron titulares, pero terminaron teniendo enormes consecuencias.

Aunque en esta columna Santiago Montenegro no se refiere explícitamente a la Constitución, sí es claro que trata de hacer un ajuste de cuentas con todo el proceso de reformas que se inició por aquel entonces, reformas en cuyo diseño él participó y que siempre ha defendido con firmeza. En la columna Montenegro vuelve a adoptar la postura retórica que caracterizó a los reformistas de entonces: la de considerar que sus opositores eran todos ellos unos retrógrados con miedo al futuro y con un apego indebido al modelo económico del pasado. De ahí que termine por decir que en Colombia hasta la izquierda es conservadora. 

Comencemos por el final cuando Montenegro trata de explicar el "conservadurismo" de Colombia. Como él es un historiador muy competente, el párrafo en cuestión comienza con atisbos interesantes:

"¿Por qué Colombia es un país tan conservador? Según algunos, por su configuración geográfica, por el hecho de tener su capital y varios centros urbanos lejos de las costas y conectados con pésimos sistemas de transporte, lo que nos aisló de las grandes transformaciones del mundo y obstaculizó la llegada de inmigrantes y de ideas liberales y revolucionarias.  Según otros, por la debilidad histórica del Estado, por su carencia de rentas que le hubiesen permitido realizar las reformas liberales, que sí se lograron en otras latitudes.  Pero, quizá, el conservadurismo del país se explique mejor por la guerrilla marxista, la cual derechizó al país y eliminó la posibilidad de la consolidación de una izquierda democrática, progresista y cosmopolita."

Lo de la geografía colombiana y la debilidad de su Estado son ideas ya bastante conocidas. No estoy seguro de que Montenegro tenga toda la razón, pero son puntos de debate fructíferos. La última frase, en cambio, no parece escrita por un historiador y economista de la categoría de Montenegro.

Primero, es un poco extraña la yuxtaposición. Los dos primeros factores son de vieja data, parte de la historia de Colombia desde sus orígenes mientras que la guerrilla data de comienzos de los 60. El problema es que Montenegro no nos dice bien cuál es el fenómeno que quiere explicar. Si su objeto de análisis es algún difuso "conservadurismo" de largo plazo, entonces su apelación a la historia del Estado y a la geografía son pertinentes y en cambio lo de la guerrilla sale sobrando por la sencilla razón de que la guerrilla de los 60s no puede ser la causa del conservadurismo de Laureano Gómez en los 40s o de Miguel Antonio Caro hacia 1890. En cambio, si su objeto de análisis es el "conservadurismo" que lleva a muchos a oponerse a las reformas neoliberales, habría que explicar por qué factores perennes como la geografía o la debilidad del Estado son agentes eficaces en los 90s pero no en otros periodos reformistas (como la Revolución en Marcha). Además, resulta un poco rebuscado echarle la culpa a la guerrilla de la oposición de muchas personas que no tuvieron nada que ver con ella. 

Obviamente, las FARC son responsables de muchísimos desastres en el país. Además ya se ha vuelto moneda corriente decir que las FARC son las culpables de que no haya en Colombia una izquierda democrática. Pero ya es hora de controvertir esto.

Las FARC sí han derechizado a la opinión pública. Eso es indudable. Pero ese es un fenómeno relativamente reciente. Montenegro es mayor que yo así que él seguramente se acuerda de que incluso en los 90s la idea de incorporar a la guerrilla a la vida pública mediante un proceso de paz gozaba de cierta aceptación entre la opinión. La retórica eliminacionista anti-FARC solo vino a echar raíces en tiempos de Uribe. 

Es más, la izquierda democrática en Colombia, con todos sus tropiezos, dificultades y errores, existe y está más o menos consolidada. En los últimos años, uno podría decir que la izquierda democrática en Colombia está gravitando alrededor del 12-15% de la votación. Cuando le va relativamente mal, como en el 2010, saca el 10%. Cuando le va bien, como en el 2006, saca el 25%. Eso se parece un poquito a una consolidación. En España, sin FARC, Izquierda Unida se mueve en niveles similares. ¿Qué espera Montenegro? ¿Que la izquierda democrática saque el 40% de la votación? A mi me encantaría, por supuesto. Y sigo creyendo que en algún futuro puede llegar a pasar. Pero dudo que a Montenegro le gustaría tanto. 

¿Estaría mejor la izquierda democrática sin las FARC? Muy probablemente. Pero el nivel en el que está ahora no me parece despreciable, como para decir que en Colombia no existe una izquierda "democrática, progresista y cosmopolita." 

Pero además, el argumento de Montenegro (y no es solo de él) omite dos cosas. Primero, para saber si la izquierda colombiana es débil o no hay que tener un punto de referencia plausible. Segundo, hay que tener en cuenta otros factores.

En cuanto al punto de referencia, no hay que olvidar que partidos de izquierda de dos dígitos son relativamente nuevos en Colombia. El Partido Comunista histórico rara vez pasaba del 5%, incluso antes de las FARC. Para encontrar en la historia de Colombia partidos de izquierda que hayan superado esos umbrales hay que remontarse a los tiempos de la UNIR gaitanista o hacer contabilidad creativa con el MRL. Regionalmente pasa lo mismo. A veces la izquierda da el salto cualitativo, como el PT brasilero o la coalición que vino a formar el PSUV venezolano o el MAS boliviano. Pero lo normal es que antes de esos saltos la izquierda se mantenga en niveles entre el 10% y el 20% de la votación. O sea que lo de Colombia tampoco es tan atípico. Ya mencioné a España, pero hubiera podido mencionar a Francia, o incluso (oh, dolor!) a la decadencia del otrora glorioso Partido Comunista Italiano, tal vez el mejor Partido Comunista del mundo en sus tiempos de apogeo. 

Por otro lado, pasemos a las razones que el argumento de Montenegro olvida. Yo no sé a Uds. pero a mí me da la impresión de que si uno está considerando la posibilidad de hacer activismo político en una organización y luego se entera de que a los miembros de dicha organización los amenazan, los persiguen y los matan, uno empieza a reconsiderar la cosa. No entiendo cómo puede uno pontificar sobre la debilidad de la izquierda democrática en Colombia sin tener en cuenta el exterminio de la Unión Patriótica y todas las persecuciones, tanto oficiales como paramilitares, de las que han sido objeto en los últimos años muchísimas figuras políticas progresistas. Debe ser que resulta más cómodo culpar a las FARC.

Pero bueno, todo esto era apenas la introducción. Ganas mías de divertirme un poco a costa de una frase aislada de Montenegro. El fondo del asunto es el balance de las reformas de los últimos veinte años.

Como ya dije, a Montenegro le extraña que muchos que se declaran de izquierda y progresistas en Colombia se hayan opuesto al neoliberalismo. A él le sorprende porque le parece que en esa actitud estos sectores de izquierda estaban actuando con una inexplicable nostalgia por el pasado, un conservadurismo estrambótico que solo puede explicarse apelando a causas extrañas (la historia, la geografía). Creo que puedo ayudarle a Montenegro un poquito.

Aunque, como dije, Montenegro es mayor que yo, por la época de las primeras reformas neoliberales en Colombia yo estaba mejor ubicado que él para entender este acertijo porque yo estaba más cercano a aquellos izquierdistas cuya conducta él no logra entender. Así que le puedo contar a Montenegro el secreto del asunto. La izquierda colombiana nunca estuvo enamorada de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Le pareció que era un arreglo entre la oligarquía cafetera y los intereses manufactureros para repartirse rentas a expensas del dolor del pueblo colombiano. La izquierda no se cansaba de criticar a Lleras Restrepo como un agente de la burguesía colombiana y cosas de esas.

Lo que pasa es que cuando vienen las reformas neoliberales la izquierda se percata de lo que viene. Si uno es un socialista rabioso como yo, la ISI, con todos sus defectos, tiene una gran ventaja: canaliza las rentas oligopólicas del país a sectores como la industria donde el proletariado puede, mediante su heroica lucha, obligar a la burguesía a compartirlas mediante, digamos, buenos puestos de trabajo, algo de seguridad social, cierto estado del bienestar, etc, etc. No es lo ideal porque uno quiere la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, "de cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades" y cosas de esas. Pero si es lo que se puede, no está mal. 

Siendo así las cosas, la actitud racional es obvia: no perder la ocasión de criticar a los defensores de la ISI como lacayos de los grandes intereses y tratar de sacar la mayor tajada posible de los excedentes que la ISI está concentrando, mientras que tácitamente uno reconoce que, en realidad, todo el esquema es posible gracias a la mismísima ISI. Seguramente Montenegro no estaba intoxicándose con la jerga izquierdista de la época pero yo le puedo contar que eso tenía un nombre: "la burguesía nacional." 

El cuento de la "burguesía nacional" tenía mucha trayectoria en América Latina. Era, por ejemplo, pieza fundamental del peronismo de izquierda en Argentina. En pocas palabras, era el reconocimiento de que resultaba mucho más fácil pelear por las rentas oligopólicas con industriales nacionales, que mal que bien tenían que dejar algo de su capital en el país, en vez de pelear con multinacionales que podían mandar "marines" al primer intento de agitación. (Estoy simplificando muchísimo, la cosa era más complicada.) 

Por eso la izquierda atacaba vociferantemente a la "burguesía nacional" pero sotto voce reconocía que Lleras Restrepo era uno de los estadistas más lúcidos de la segunda mitad del siglo XX y que, en últimas, resultaba mejor tener que vérselas con él y con sus seguidores en vez de lidiar con, por ejemplo, los economistas chilenos y sus secuaces pinochetistas. ¿Ven? ¡No es tan raro!

Luego en los 90s llegan al poder reformistas neoliberales (como Montenegro) que lo primero que hacen es adoptar la postura retórica de la izquierda contra la ISI para luego proponer desmantelarla. Entonces comienzan hablando de privilegios, oligopolios, intereses cerrados y cosas por el estilo para endulzarle el oído a la izquierda. Luego dicen que la solución para acabar con todas esas iniquidades es la liberalización de los mercados. 

Pero ahí está el problema: los izquierdistas nunca hemos creído que el capitalismo de mercado vaya a ser plenamente competitivo. Para nosotros el capitalismo siempre termina concentrando rentas, excedentes, privilegios, poder político y cosas de esas en algunas pocas manos. La pregunta es contra cuáles se puede luchar mejor, a cuáles se las puede presionar más para obligarlas a compartir el poder con los sectores populares. Para los izquierdistas el dilema no es entre una ISI concentradora y un neoliberalismo igualitario sino entre unas élites industriales contra las que se puede luchar en el campo sindical y unas élites cuyo perfil no era para nada claro a comienzo de los 90s por la sencilla razón de que nadie sabía cuáles iban a ser los triunfadores de la apertura comercial. 

A pesar de las incertidumbres, había algunas cosas claras. Primero, se sabía que, a pesar de su retórica igualitaria, el paquete neoliberal iba a debilitar mecanismos de redistribución como las negociaciones salariales (entre otras cosas porque esa retórica atacaba también a la "oligarquía obrera" de los sindicatos), o los impuestos al capital porque se nos decía todo el tiempo que ahora el capital es móvil y se va en cuestión de minutos. Entonces, aún sin saber muy bien qué sectores iban a liderar el nuevo orden económico, era claro que había señales preocupantes para la izquierda. A eso súmenle el hecho de que el café estaba en franco declive como exportación, especialmente a partir de la ruptura del Pacto Cafetero, súmenle el hecho de que Colombia empezaba a volverse cada vez más un exportador de recursos naturales, súmenle el hecho de que la industria colombiana no prometía mucho en cuanto a innovación tecnológica como para que reemplazara las rentas oligopóicas por rentas "schumpeterianas" y verán por qué si uno es un izquierdista en los 90s no va a estar para nada entusiasmado con las reformas neoliberales. Fíjense que esta explicación no acude a factores geográficos, ni históricos ni cosas por el estilo. Es simple cálculo estratégico que, mal que bien, estaba al alcance de cualquier izquierdista con un pequeño grado de sofisticación. Me consta que, por ejemplo, alguien con un simple pregrado de economía de la Universidad de los Andes ya era capaz de ver por dónde iba el agua al molino.

Si los neoliberales de los 90s de verdad hubieran querido hacer alianzas con la izquierda (buen chiste, ya sé, ya sé) en vez de manifestarse perplejos por el rechazo que generaron, habrían incluido otras cosas en su paquete de reformas. Por ejemplo, un acuerdo de renta básica, o un impuesto negativo como el invento del mismísimo Milton Friedman. En fin, algo que indicara que iban a poner en marcha algún mecanismo capaz de distribuir las nuevas rentas oligopólicas de la misma manera como la ISI tenía mecanismos para distribuir las de antes (con todo y sus defectos). Pero no lo hicieron. 

Tuesday, June 21, 2011

Los Conversos

Me entero por internet de que el mundo intelectual americano está conmocionado por un nuevo caso de conversión: el de David Mamet. Mamet es un dramaturgo y libretista muy importante en Estados Unidos. No conozco mucho su trabajo, pero vi una versión en teatro de su Glengarry Glen Ross (y me gustó). Ahora resulta que se convirtió a la facción más estridente del Tea Party, lo cual no deja de causar cierta consternación entre el centro-izquierda norteamericano.

Es un espectáculo familiar. En el mundo hispanoparlante tuvimos el shock de la conversión de Vargas Llosa, por ejemplo. Lo que me sorprende es que a estas conversiones todo el mundo, tanto el converso, como el bando abandonado, como el bando receptor, les concede una enorme importancia estratégica. Como si la validez de las ideas de izquierda o de derecha dependieran de los pergaminos de Vargas Llosa, o de Mamet, o de cualquier otro.

Este es un fenómeno que a mí me llama mucho la atención y hoy solo atinaré a escribir un poco sobre él. En parte debe ser porque veo algo de relevancia autobiográfica. En la universidad muchos compañeros míos se autodefinían como de izquierda. Con el tiempo varios han ido desplazándose al centro (o a la derecha) mientras que yo he seguido en la misma intemperie de siempre. Me moderé a finales de los 90s y me volví a radicalizar (un poquito no más) en los 2000. Varias veces me he preguntado por qué.

Las razones difieren en cada caso. Yo estoy convencido de que muchos de mis amigos cambiaron su visión de mundo por razones totalmente respetables. No por oportunismo, ni por ascensos ni cosas de ese estilo, sino porque al examinar los asuntos de su ideología consideraron que era lo mejor. Los felicito. Pero las conversiones de ellos, o las de notables como Vargas Llosa o Mamet no quieren decir que yo tenga que acompañarlos en ese viaje. Tal vez lo haga más adelante. No tengo ni idea. Pero será por mis propias razones.

Por todo eso me molesta cuando los conversos expresan que "ahora sí son libres." Es un tema muy manido. Mamet no es el primero. Vargas Llosa y tantos otros lo hacen a menudo: salen a decir que su filiación política de izquierda era fruto del dogmatismo hasta que un día se pusieron a reevaluar sus ideas y cayeron en cuenta de su error.

Probablemente si uno es dramaturgo, o novelista (o contratista de Naciones Unidas y chuzador de teléfonos como José Obdulio) esté muy ocupado en su trabajo como para estar evaluando su ideología y tal vez termine aceptando ciegamente planteamientos que le podrían llegar a parecer absurdos. Vargas Llosa o Mamet, supongo, están tan ocupados creando personajes, buscando la palabra adecuada para describir una escena o para captar la emoción precisa, que no tienen tiempo de pensar en tonterías como el funcionamiento del mercado, los determinantes de las relaciones de poder en el sistema político, el proceso histórico de Viet Nam, o de Corea o cosas de ese estilo.

Pero resulta que ese es mi oficio. A mí me pagan por estar informado y estar pensando sobre esas cosas. De modo que yo no puedo darme el lujo de dejar esos temas sin analizar. Así que cuando Vargas Llosa o Mamet se sienten liberados yo no puedo hacer otra cosa que encogerme de hombros. Bien por ellos. Por fin tuvieron tiempo de leer a Hayek. Pero no vengan con el cuento de que todos los izquierdistas somos unos dogmáticos enceguecidos que estamos siempre repitiendo las enseñanzas de nuestra teología. Sí. Tendremos nuestros puntos ciegos, como todo ser humano. Tendremos nuestras "verdades confortables" que rara vez cuestionamos. Pero en lo que a mí respecta, me declaro inocente de esa acusación. No sé a qué clase de sectas pertenecían Vargas Llosa o Mamet o tantos otros. Lo siento por ellos. Yo nunca he pertenecido a sectas y la paso muy bien. A la izquierda, pero muy bien.

Ya Sabemos: Los Fundadores de la Teoría de la Decisión Racional Eran Halcones de la Guerra Fría. Ahora, ¿Podemos Cambiar de Tema?

El New York Times está publicando una serie de artículos sobre filosofía muy valiosos en una serie llamada The Stone. No los leo siempre, pero cuando los leo encuentro algo que vale la pena. Pero el de hoy me molestó. Se trata de una historia intelectual de la teoría de la decisión racional donde se repite por enésima vez que en sus orígenes esta teoría fue un producto de la derecha americana en su intento por ganar la batalla ideológica de la Guerra Fría.

Hasta donde yo sé, pero no voy a tratar de competir con el autor de la columna en conocimiento sobre los hechos ya que él parece estar bien informado, la historia es un poco más compleja. Sí. La teoría de la decisión racional surgió en buena medida en la RAND Corporation. Sí. La RAND Corporation era un bastión de la guerra fría. Pero no todos sus miembros pertenecían a la derecha americana. Kenneth Arrow ha sido toda su vida simpatizante del Partido Demócrata y trabajó en la Administración Kennedy. Veo en Wikipedia la lista de miembros ilustres de la RAND y encuentro criminales de guerra de la derecha americana como Henry Kissinger o Donald Rumsfeld, ex-neoconservadores como Francis Fukuyama, economistas relativamente conservadores como Edmund Phelps, economistas liberal-keynesianos como Paul Samuelson o con algunas simpatías Demócratas como Herbert Simon. No encuentro en esa lista marxistas. (El Paul Baran que aparece ahí no es el de Sweezy-Baran.) En cambio hay ultra-sionistas como Robert Aumann o, sí, anticomunistas rabiosos como John von Neumann.

Hay dos posibles explicaciones a este patrón un tanto caprichoso. Primera: la RAND es un centro visceralmente derechista que a veces contrata a liberales como los que ya mencioné para legitimarse. Segunda: en ocasiones la RAND ha estado involucrada en proyectos científicos que requieren tener a la mejor persona posible en su campo, independientemente de su filiación política. Me inclino por la segunda teoría. Estoy casi seguro que la RAND tenía a von Neumann no para escucharle diatribas anticomunistas y para que fantaseara sobre la posibilidad de bombardear a toda Europa Oriental, sino porque era uno de los grandes matemáticos del siglo XX y los proyectos de la RAND necesitaban grandes matemáticos. De ese modo encaja también la presencia de George Dantzig o de Richard Bellman. (No tengo ni idea sobre la filiación política de estos hombres, pero estoy seguro de que su presencia en la RAND tenía más que ver con sus contribuciones matemáticas que con cualquier otra cosa.)

Pero el punto es que todo esto es irrelevante para entender el papel de la teoría de la decisión racional hoy por hoy. Ya estoy cansado de que la gente me espete anécdotas como estas para mostrar que la teoría de la decisión racional realmente es una herramienta de la derecha. Quienes así piensan se les olvida que una teoría, tan pronto sale de la mente de sus creadores, puede ser apropiada para cualquier fin. Cuando murió en 1831, Hegel era el filósofo más importante de Alemania y se había vuelto significativamente más conservador que en su juventud. Pero eso no impidió que surgiera un grupo que quería apropiarse de las ideas de Hegel para la izquierda: los famosos "hegelianos de izquierda" de donde salió Marx. ¿Qué tal que Marx se hubiera dejado intimidar por quienes le dijeran que Hegel era un filósofo de derecha?

La teoría de juegos fue fundada por matemáticos con convicciones políticas bastante de derecha. Ya mencioné a von Neumann, pero no hay que olvidar que muchos de los episodios esquizoides de Nash tenían que ver con fantasías sobre los comunistas. John Harsanyi salió de Hungría cuando los comunistas llegaron al poder y fue toda su vida un firme anticomunista. ¿Y qué? ¿Por qué eso debe importarle a alguien que quiera utilizar la teoría de juegos como parte de un programa de investigación científica influido por Marx (por ejemplo, el marxismo analítico)?

El marxismo analítico de los 80s está prácticamente muerto. Ninguno de sus fundadores hoy en día está haciendo cosas que empalmen con la tradición intelectual de Marx. A mi juicio esto es lamentable porque me gustaría que muchas de las inquietudes de Marx se siguieran desarrollando con las herramientas de la teoría de juegos. (Esperen que termine el artículo que estoy escribiendo y verán, je, je, je....) Podemos criticar muchas cosas del marxismo analítico. A mí, con el correr del tiempo me parece que sufrió de excesivo antihegelianismo. Algún día les explicaré por qué digo eso. Pero no se puede negar que era un movimiento intelectual que ideológicamente se ubicaba a la izquierda, con objetivos opuestos a los de los fundadores de la teoría de juegos, sin que esto les impidiera apropiarse de dichas herramientas.

Es importante conocer la historia de las corrientes intelectuales porque nos ofrece luces sobre la sociología del conocimiento. Pero no se debe pasar de allí a convertir esa historia en una camisa de fuerza para el pensamiento.