Monday, May 9, 2011

¿Dictaduras Mayoritarias?

Esta es una inquietud que hace mucho tiempo me da vueltas en la cabeza y que casi nunca tengo el pretexto para ponerla por escrito. El momento que he estado esperando para hacerlo es cuando haya alguna noticia sobre Cuba que me sirva de ocasión. Pero en estos días ese frente noticioso no se ha movido mucho. Así que aprovecho otro pretexto: Siria.

De acuerdo, no tengo ni idea sobre Siria. Pero para eso es este blog: para escribir sobre cosas que no sé. Para escribir sobre temas que conozco, más bien trato de publicar en otro lado que para eso me pagan.

Bueno, ahora más en serio: el gobierno sirio ha optado por reprimir muy duramente las protestas que se han levantado en su contra. Al parecer ya ha causado cientos de muertos. Hasta ahí nada raro. Triste sí, deprimente, sí. Pero raro, no. Lo curioso del asunto es que, según varias fuentes, el presidente Bashar al-Assad es bastante popular en Siria. Se dice que si se presentara a unas elecciones competitivas, ganaría sobrado hasta con más del 60% de la votación.

En cierto modo esto se puede parecer a la situación de Cuba hace algunos años. Yo sospecho que el gobierno de los Castro se encuentra ahora muy desprestigiado y sería incapaz de ganar una elección abierta. Pero, por otro lado, también estoy casi seguro de que en sus momentos de gloria, Fidel Castro habría ganado cualquier elección popular que se le pusiera en frente.

Lo mismo es cierto de muchos otros dictadores. Me cuesta trabajo imaginarme que Kim Il Sung hubiera perdido una elección. (Su hijo sí, al parecer. Según algunos informes, el mismo gobierno entiende que Kim Jong Il tiene serísimos problemas de legitimidad. No sé. Ingenuo que soy yo, a mi me parece que eso puede tener algo que ver con una hambruna que mató cerca de un millón de personas...) Con todo y el odio y desprecio que me suscita, creo que Pinochet hubiera ganado algunas elecciones, si las hubiera hecho. (Digamos, antes del colapso económico del 81 o, después de la recuperación del mismo colapso, por ahí en el 86, 87.)

La pregunta entonces es, ¿por qué no llaman a elecciones? La respuesta que se me ocurre es muy sencilla: porque el objetivo de esos regímenes (palabra esdrújula, por favor, con tilde en la "í," estoy cansado de oír a gente muy educada que la pronuncia mal...) no es simplemente ganar elecciones sino poner en marcha políticas que no serían sostenibles con una oposición del 45%.

Supongamos que alguno de los personajes a los que me he referido hubieran hecho una elección y la hubieran ganado. En cualquier país del mundo, en una elección competitiva digna de tal nombre, es decir, con sufragio limpio, con igual acceso a los medios, etc, etc, el ganador obtiene a lo sumo un 65% de la votación. Si obtiene más, es difícil que repita a la próxima semejante paliza. Puede que gane muchas elecciones seguidas, pero su margen de victoria en promedio a lo largo del tiempo difícilmente va a pasar de 20% o 30%. Es decir, con un proceso electoral limpio, el gobierno más popular imaginable tendrá que enfrentarse con el rechazo de un 30% de la población.

Pero hay cosas que Ud. no puede hacer si tiene el 30% de la población en su contra. Si quiere expropiar todas las empresas privadas, hasta las más pequeñas (como Castro en su momento), o si quiere desmantelar todas las protecciones del Estado (como Pinochet en su momento), o si quiere conservar la hegemonía de una minoría religiosa muy pequeña apuntalada por una clase de millonarios creados por el Estado (como la minoría alawi en Siria), mantener viva una oposición del 30%, que tenga las necesarias garantías para crecer en el futuro próximo puede resultar un desastre. Hay transformaciones en el orden social tales que son inviables si el 30% de la sociedad está en capacidad de reagruparse y luchar en su contra con suficiente determinación.

Fíjense que bien puede tratarse de proyectos políticos que gocen del respaldo de las mayorías. Es decir, puede que sean dictaduras mayoritarias. Esto me lleva a un punto que hace mucho vengo pensando: el 50% más uno, típico de las democracias, es un constructo bastante arbitrario.

Un corolarios inquietante: en toda lucha política, todo lo demás constante, los sectores con más poder económico tienen más capacidad de organización. Los propietarios del capital tienen siempre más posibilidades de incidir sobre la opinión pública a través de los medios, tienen una mayor capacidad de "amenaza" con la fuga de activos, tienen más acceso a fuentes de discurso legítimo (como la tecnocracia, la academia) y así sucesivamente. Es clave la cláusula de "todo lo demás constante." Históricamente hay casos de sociedades en las que las clases obreras ha logrado niveles de organización tales que adquieren un status hegemónico dentro del sistema político (Escandinavia) o, por lo menos, son tan fuertes que hay que tomarlas en cuenta en cualquier decisión clave (Alemania, Holanda, Reino Unido).

Pero cuando no es así, el sesgo a favor del capital es evidente. De lo anterior se deduce que la transición a la democracia puede tener cierto signo ideológico. La dictadura de Pinochet, por ejemplo, con su feroz persecución a la clase obrera, dejó despejado el terreno para su agenda ideológica de modo que cuando llegó la hora de entregar el poder, sabía que en lo fundamental, ya se había salido con la suya. (Claro, eso no obvió la necesidad de los senadores vitalicios y todas esas otras reliquias autoritarias que el pinochetismo dejó sembradas en la Constitución chilena.) En palabras de ese otro dictador de derecha (Franco), todo había quedado "atado y bien atado." Irónicamente, Franco no dejó las cosas tan atadas como creía.

En cambio, para una dictadura de izquierda el peligro de que se recomponga el poder de los propietarios del capital no es tan fácil de suprimir. Fidel Castro nunca llegó a sentir que el orden resultante de la Revolución ya estuviera "atado y bien atado", a tal punto de que aguantara una serie de elecciones en las que, digamos, pequeños y grandes empresarios pudieran aliarse en torno a algún partido político. En parte, eso explica el permanente clima de tensión que se vive en dichas dictaduras. Cualquier ganancia de la oposición, cualquier rendija por la que pueda colarse el capital privado, es vista como una amenaza al mismísimo centro neurálgico del régimen. Son dictaduras mucho más férreas, pero a la vez más frágiles.

En esos casos hay una posible "solución" que hemos venido viendo en los últimos años: que el liderazgo político se vaya imbricando con el poder económico. En vez de estar todo el tiempo en estado de máxima alerta contra el posible regreso de los grandes propietarios, el régimen puede convertirse en el gran propietario por excelencia. De esa manera, el régimen puede darse el lujo de abrir gradualmente el sistema, a sabiendas de que ahora puede combinar las ventajas de su protagonismo político con su poder económico para, llegado el caso, ganar elecciones.

Si tengo razón, eso explicaría por qué China se ha vuelto un poco más tolerante en los últimos años. (Sí. Ya sé. Me van a salir con los últimos casos de represión. Déjenme decirles: son terribles pero no son ni la sombra de lo que hubiera ocurrido en tiempos de Mao.) De la misma manera, esto podría ser el cálculo estratégico de Raúl Castro: el sector de empresas del Estado (y del Ejército) puede entrar en alianzas estratégicas con inversionistas extranjeros para volverse suficientemente eficiente y productivo como para mantener a raya la competencia de nuevas élites económicas y, si eso funciona, entonces el monopolio político del Partido no tiene nada que temer. Al parecer, la élite de los gerentes de empresas del Estado de Corea del Norte están haciendo un cálculo similar. Lo curioso es que de estos tres ejemplos solamente China ha podido echar a andar el proceso con buenos resultados. (Al parecer Viet Nam también lo ha logrado.) Pero ni Cuba ni Corea del Norte han podido y esto se ha traducido en enormes sufrimientos para la población tanto en su nivel de vida como en sus libertades políticas.

Otro corolario, aún más inquietante: Si todo lo anterior es cierto, ¿qué implicaciones tiene para quienes nos consideramos socialistas pero que nos parece horrible la trayectoria que han seguido Cuba o Corea del Norte desde sus respectivas revoluciones? Dicho de otra manera, para llamar la atención de quienes no son socialistas: ¿qué implicaciones tiene todo esto para la noción misma de democracia? ¿qué implicaciones tiene el hecho de que haya transformaciones sociales que tal vez beneficien a una gran mayoría pero que sean inalcanzables mediante las fórmulas políticas que actualmente conocemos como democracia?

No tengo ni idea de la respuesta. Es más, algo me dice que es tan desagradable que hasta de pronto es preferible no saberla....

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